En Caye Caulker todo funciona a otro ritmo. Su lema, “Go Slow”, también se traslada a las barbacoas. A media tarde se encienden las brasas y las parrillas aparecen en las calles de arena.

“Go Slow” también alrededor de la mesa
Sobre ellas se preparan langostas abiertas por la mitad, con mantequilla, ajo, lima y un toque de chile. El escenario lo completan el mar a pocos metros, la música, las familias y las iguanas que se mueven por los alrededores. Víctor Herranz resume así esa manera informal de disfrutar de la gastronomía: “Belice se entiende así: sin demasiada ceremonia, con los dedos manchados de salsa picante, con una cerveza fría cerca, música reggae, niños correteando por la arena y ese humo de barbacoa volando.”

Langosta, arroz, frijoles y plátano frito
En febrero, la langosta se encontraba todavía al final de su temporada. En las parrillas se sirve sin demasiados artificios y puede llegar acompañada de arroz con frijoles, plátano frito, ensalada de col y tortillas calientes. “La langosta fue una de las grandes protagonistas.”
Pero el menú beliceño no termina ahí. También aparece la conch, el gran caracol del Caribe, preparada en ceviches, frituras o guisos. A ello se suma el pollo marinado con especias, cítricos, ajo y hierbas, cocinado lentamente hasta conseguir una piel tostada y un interior jugoso.

Una mezcla de culturas frente al Caribe
La experiencia gastronómica refleja también la diversidad cultural de Belice. En el país conviven las herencias maya, garífuna, kriol y mestiza. Para Víctor Herranz, esa combinación de personas, comida y paisaje convierte el destino en: “una postal viva.”
Y la imagen que conserva del viaje reúne buena parte de todo ello: el parrillero junto a las brasas, la gente bailando y comiendo langosta, la playa, el agua turquesa, la arena, una cerveza en la mano y el atardecer sobre el Caribe. “Feliz de estar vivo y en el Caribe.”

