Hasta los años 90 del siglo pasado, hablar de sida y de VIH era un tabú. Se trataba de una enfermedad que se asociaba a homosexuales y a personas con cierto libertinaje, sin tener en cuenta otro tipo de posibles contagios. Era una enfermedad que se vivía en silencio y normalmente se asociaba a hombres. Pero fueron también muchas las mujeres que tuvieron VIH y sobre ellas gira la segunda novela de la abogada y escritora aragonesa Marta Borraz. Se titula “Las Leopardas” y le ha valido el Premio Tusquets 2026.
Las leopardas son “un grupo de mujeres que vivieron su juventud entre finales de los 70 y mediados de los 90 compartiendo el trágico destino de haberse contagiado de VIH. A raíz de esta circunstancia se van conectando entre sí, se generan relaciones de amistad y no sólo entre mujeres contagiadas de sida sino también a su entorno: a sus hermanas, a su madre, sus sobrinas, sus amigas. Es una red de mujeres que cuidan las unas de las otras”, cuenta Marta Borraz.
La historia que aparece en Las Leopardas y su protagonista, Clara, está basada en una historia muy cercana a Marta Borraz, la de su tía Paloma. Falleció cuando la escritora tenía 15 años, en 1996 y tanto su enfermedad como su muerte le impactaron porque "tanto mis primos como yo la vivimos en plena adolescencia", en el despertar sexual y siempre con el aviso de “cuidado con lo que hacéis porque mira que le pasó a la tía Paloma”. Una historia que ha tardado en contar 30 años porque no sabía cómo contarla, “a pesar de la dureza de su historia y la de las otras mujeres, quería reflejar muy bien su personalidad, y que fuera un personaje vital, luminoso, divertido, y para eso he necesitado, a lo mejor, cierta madurez. Yo ahora tengo 45 años, soy mayor que cuando ella murió, ella murió con 38, y ya me han pasado cosas como para entender cómo se podía sentir ella”.
Esta novela es todo un homenaje a Paloma, una mujer que, a pesar de su enfermedad tuvo la generosidad y el sacrificio de participar en estudios clínicos en Barcelona que ayudaron a que más adelante se pudiera encontrar tratamientos contra el sida. “En aquel momento se encontraron esa enfermedad, no tenían información, muchos caían en la heroína, y su sacrificio personal, de tanta gente joven que se murió en esos años, ha servido para que las siguientes generaciones vayamos con más cuidado, que vivamos esa libertad sexual y que podamos salir, divertirnos y sentirnos libres, pero hemos ido con un poco más de cabeza”, explica Borraz.

