MÁS DE UNO

El sueño de Alsina: "Puigdemont buscaba el efecto sorpresa y quería cruzar la frontera de incógnito"

El director del tramo magazine de Más de uno expone esta experiencia onírica donde el expresident de la Generalitat decidía retornar a España sin que nadie le viera.

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Carlos Alsina

Madrid |

Carlos Alsina en el estreno de la temporada 2026-2027 de Onda Cero/ Gabriel García Aguilar

Esta noche soñé……que despertaba.

Y estaban encendidas todas las luces de las casas. Escuchaba el sonido de los televisores, también prendidos. Y de los transistores, que ofrecían programaciones especiales. Las redacciones periodísticas estaban en vela aguardando a que, en cualquier instante, se produjera la noticia. El pueblo, desvelado, aguardaba con ellas. Entendí que el país entero se encontraba en vigilia porque el profeta podía aparecérsele en cualquier momento y por cualquier frontera. Nadie quería perderse el desenlace, en vivo, de la primera temporada del serial político en que se había convertido España.

La temporada había empezado con un presidente en funciones prometiéndole al profeta que podría caminar de nuevo libremente por las calles e iba a terminar justo así, con el profeta callejeando el barrio gótico camino de la plaza de Sant Jaume. Ni a Iván le habría salido un guion más Redondo. Preámbulo, corrupción y desenlace.

En la radio contaban que Puigdemont buscaba el efecto sorpresa y quería cruzar la frontera de incógnito. Una vecina de Waterloo que entraba por Facetime en el programa de Cristina aseguraba que el ex líder ex carismático se peinaba ahora para atrás y con gomina, que vestía camisa por fuera del pantalón y calzaba náuticos, prolongaba las eses e imitaba el tono de Tamara, o sea, que se había hecho pijo a petición de la patronal catalana.

—Perdón, la burguesía.

Los comentaristas políticos siempre mentaban a la burguesía catalana para explicarlo todo, obligando a los espectadores a preguntarse si es que no hay más burguesía en España: no hay burgueses en Valencia, o en la Castellana. No hay burgueses ni en Burgos.

A los programas de madrugada de la radio llamaban oyentes que creían haberle visto. Unos le habían reconocido por las gafas, otros por el acento, otros por la matraca. Se le había visto entrando por Irún, bajándose del Ave en Sants, en medio de un finger en Barajas. Un oyente de Santander creyó verle desembarcar del ferry. Y una oyente de Ceuta llamó alarmada porque había entrado nadando por el Tarajal y la guardia civil lo había devuelto en caliente sin preguntarle al juez Llarena ni nada.

Describían los avistamientos como si en lugar de a un caudillo fracasado hubieran visto un ovni.

—Un ovni es lo que fue —le escuché a una tertuliana de Zaragoza—, un ovni que deslumbró con su luz a cientos de miles de personas.

—Aquí el que no se deslumbra es porque no quiere —pensé para mí.

—Los deslumbró y los cegó —añadió ella.

Como acababan de darle el premio nobel a unos neurocientíficos que estudian cómo controlar el cerebro con haces de luz, brotaron por todos los programas expertos que analizaban si a Puigdemont, además de la amnistía, deberían darle una beca en el instituto Karolinska.

Los programas aburrían la espera recordando que el Constitucional había ordenaba al Supremo amnistiar la malversación y que toda la vida a la malversación se llamó corrupción. Me pregunté si sería un mensaje bien recibido por la población en vísperas de una campaña electoral: ordenar amnistiar la corrupción en cumplimiento de la ley que redactó el gobierno.

Se me apareció Ábalos en sueños llorándole a Pedro su desdicha:

—¡Qué tiene Puigdemont que no tenga yo, si corruptos fuimos ambos!

Ya entrada la mañana se supo que había cruzado la frontera, por Prats de Molló, como si alguien recordara a estas alturas a Maciá, escondido en el coche de un mosso de esquadra.

—¡Pero si ya no necesita usted esconderse! —le gritó un paisano poco partidario.

—Ya —dijo él—, pero es la costumbre.

La primera visita en España se la hizo a Jordi Pujol, porque entre malversadores y evasores nos entendemos, como dijo el ex president al ex president. La segunda visita se la hizo a Cerdán, por los viejos tiempos. Y la tercera, a Salvador Illa, que de tanto hacer de tripas corazón había reducido su dieta a una ensalada de sapos y acababa de firmar el plan de ampliación de sus propias tragaderas.

A Sánchez no estaba previsto que Puigdemont le visitara porque, como dijo la ministra portavoz:

—Ya pa qué, si en la diputación no pinta nada.

El recibimiento popular en Barcelona fue tirando a frío. Turull y Miriam Nogueras contrataron a unos actores en paro para que se fingieran 'puigemonters' y le frieran a selfies, pero él se percató del engaño cuando uno que hacía de hombre de la calle le llamó Juan Carlos, en lugar de Carles, porque le habían contado que el prófugo había regresado y le había confundido con el rey emérito.

No sólo le llamó Juan Carlos. También le dijo, con estilo muy zafio:

—Anda que la Corina, vaya pieza.

Al terminar el día, Puigdemont ya se había cansado de sí mismo. Y fue entonces cuando empezó a entender a los catalanes.