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OPINIÓN

Monólogo de Alsina: "La curva de la confusión y del descrédito"

Carlos Alsina reflexiona en su monólogo sobre la relación entre el gobierno de España y el gobierno regional de Madrid.

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Carlos Alsina
   | 28/09/2020

La primera curva que deberían doblegar es la de la confusión. La curva creciente del desconcierto. Y de la desconfianza, porque este juego que se traen el gobierno de España y el gobierno regional de Madrid (este juego que se traen desde mayo) sólo está consiguiendo multiplicar las dudas, el recelo y el desasosiego.

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Si vive usted en cualquier otro lugar de España estará ya harto de que le hablemos cada mañana de lo que se hace o se deja de hacer en Madrid. Le pido un poco de paciencia. Lo más probable es que mañana estemos hablando de quién gobierna una comunidad autónoma sin presidente, o sea, Cataluña.

Anoche, en El Objetivo de La Sexta, le planteó esta reflexión el actor José María Pou al ministro de Sanidad.

A Pou le pasa lo que a muchos ciudadanos: las autoridades han conseguido, tacita a tacita, que la confusión lo invada todo. Y que no se entienda ya casi nada. Ni los datos de fallecidos y contagiados; ni los criterios para aplicar restricciones; ni las declaraciones que ellos mismos hacen, siempre con su dosis justa de descrédito al adversario.

Ha declarado la ministra de Exteriores, González Laya, que otros gobiernos europeos le preguntan al nuestro qué estamos haciendo para contener la segunda ola. No es un mérito, es sólo que tenemos más contagios que nadie y en menos tiempo. Dice la ministra que somos como el canario de la mina. El pajarito que usaban los mineros para anticiparse al grisú. Qué imagen tan desafortunada, para cualquiera que sepa cómo acaba el canario.

Hoy al canario le invade la melancolía. Al recordar aquello que, entre todos, dijimos en abril y mayo. No sólo que salíamos más fuertes, que eso sólo se atrevió a decirlo el gobierno.

Sino aquello de que la experiencia, dramática, que habíamos sufrido iba a cambiarlo todo. Un antes y un después, ¿se acuerda? Nada iba a ser igual. Saldríamos mejores. Más solidarios, más generosos, más comprometidos. Más enterados de lo que de verdad importa. Todos íbamos a tener más claras las prioridades: menos autodeterminaciones, menos territorios por aquí, territorios por allá, menos grescas y más inversión en sanidad, y en educación, y en contratos fijos para transportistas, y tenderos y reponedores. Más protegernos a nosotros mismos.

Qué queda hoy de todo aquello.

Nos las prometimos tan felices en julio, la desescalada, la libertad recuperada, y cuando llegó agosto empezó la lluvia fina de nuevos contagios. Los síntomas de que todo empeoraba. Las autoridades, todas ellas, hicieron suyo el salmo responsorial: ‘nada que ver con lo de marzo, oiga por dios, no compare’. Después de agosto llegó septiembre. Con los números cada vez más afilados. Y con septiembre llegó la bronca entre administraciones por la vuelta al cole. Que si la culpa de la incertidumbre general es tuya, que no, que es tuya. Y el salmo responsorial seguía sonando: nada que ver con marzo, oiga por dios, no compare. Si alguien se atrevía a decir que transmisión comunitaria significa que la epidemia está descontrolada le caía una colleja, por alarmista, por sembrador del miedo, por espantar a los clientes de las tiendas, y los restaurantes, y los teatros. Y por negarle a los gobernantes el aplauso. Ya nos habían dicho que teníamos que aprender a convivir con el virus. Ya se ocupaban ellos de tenernos bien cogobernados.

Todo en orden. Los gobiernos autonómicos, con más recursos que nunca, iban haciendo su trabajo. No estaba el gobierno para decirles cómo hacerlo, ni para establecer baremos, ni para tutelarlos, que óigame bien, ya son mayores. Y de pronto, la tormenta. De una semana para otra al gobierno central le cambió la cara y, con la cara, el discurso. Madrid, Madrid, Madrid. Los números que antes sólo se observaban con distancia ---nada que ver con marzo--- se volvieron lanzas. Semanas muy duras, riesgo elevado, epidemia descontrolada. La sospecha de que al gobierno madrileño le cuesta más que a ninguno limitar la actividad. Lo tiene dicho su presidenta: somos liberales, nos resistimos a prohibirle nada a la gente. Cómo gobernar la epidemia en la región más complicada de todas cuando aún estás aprendiendo el oficio. El gobierno madrileño y su cruzada contra el sanchismo. El gobierno central y su animadversión, no disimulada, al ayusismo. Y ahí siguen. Nos hicieron perder el tiempo a todos con una reunión sobreactuada en un bosque de banderas. La verdad de la colaboración se ha visto luego: el gobierno central aplaude que Madrid restringa los movimientos en 45 áreas sanitarias. Lo aplaude tanto que quiere que se restrinjan en todas. Todo Madrid. Invoca el criterio de la ciencia. El gobierno regional madrileño agradece la recomendación pero no la sigue. Sostiene que cuanto menores sean las restricciones, menor será el impacto en los ingresos de los comercios y el empleo de las personas. Invoca el criterio de la ciencia. Y ahí siguen.

Ambas partes dicen contar con el aval de los expertos. Para el ministro el experto por excelencia es Simón. Para el gobierno autonómico lo es si viceconsejero de Sanidad y su directora de salud pública. Y así todo.

Ecos del viernes en Barcelona.

Al término del acto de graduación de los nuevos jueces, y como éstos gritaran viva el rey, el ministro Campo le susurró a Lesmes que se habían pasado tres montañas. Luego dijo que no reconocía su voz en esa grabación, que es la forma de admitir que era él porque si no has sido tú dices ‘yo no lo he dicho’.

Alberto Garzón es el ministro comunista que vela por la calidad del consumo en una economía capitalista. El viernes escribió un tuit al enterarse de que el rey había llamado a Lesmes para dolerse por no haber podido estar en la entrega de los despachos a los nuevos jueces.

‘La posición de una monarquía hereditaria que maniobra contra el gobierno democráticamente elegido incumpliendo la Constitución mientras es aplaudida por la extrema derecha es sencillamente insostenible’. El tuit lo tiene todo. El viejo truco de referirse a la monarquía como hereditaria (en efecto, la monarquía por definición, y salvo para Amadeo de Saboya, es hereditaria) para contraponerla al gobierno democráticamente elegido. Yo soy legítimo, tú no. La afirmación de que el rey ha maniobrado contra el gobierno, faltan diez minutos para que le acuse de intentar su derrocamiento. La identificación del rey con la extrema derecha, como si al rey ya sólo le quedara el apoyo de los españoles más recalcitrantes. Y la sentencia: insostenible.

Hay nostálgicos de 1931 que no pudieron vivir aquello, porque no habían nacido, y sueñan con repetir ahora la experiencia. De tumbar la monarquía.

Intentan construir un caso contra el rey. Por ir contra la Constitución. Lo que pasa es que en el año 31 el rey Alfonso había dado motivos sobrados para ser repudiado por los constitucionalistas porque cerró las Cortes ocho años y amparó una dictadura militar, mientras que en 2020 no parece que se pueda acusar al rey Felipe de haber prostituído la democracia parlamentaria. Más bien ahora lo que ocurre es que el rey es visto por buena parte de la sociedad como el político más sólido de su generación y la siguiente. Y así como en el 31 fue el comportamiento del gobierno y la corona lo que convirtió a los monárquicos en republicanos, en 2020 es el comportamiento del gobierno y de la corona lo que puede convertir en monárquicos a los republicanos.