El sábado pasado nos preguntábamos a esta misma hora si había alguna otra opción razonable al adelanto de las elecciones. El lunes ya supimos que no, que esa era la salida a una situación parlamentaria insostenible.
Si no se puede gobernar, hay que preguntarle a la gente quién quiere que lo haga, si los mismos con mayoría reforzada —es lo que pidió el presidente— o los que llevan tres años exigiendo que el árbitro pite el fin del encuentro.
Cabría esperar mucha alegría de los partidos que aspiran a gobernar. Por fin la olla a presión ha encontrado la válvula, pero será una alegría introspectiva porque, de puertas afuera, parecen más irritados que nunca.
En esas estábamos cuando llegó la noticia: Maricarmen no volvería jamás a la casa de la que la sacaron, reventando la puerta y en camilla. No tenía 40, 50 o 60 años. Tenía 87 años. 87. ¿Cuánta vida tenía por delante sin no hubiera sido por la tortura del desahucio a esa edad y en sus condiciones? ¿Le quedaban unos meses? ¿Un año? ¿Dos?
No lo sabemos nunca, pero está claro que el telón no tardaría en bajar. 87 años, insisto. Es ley de vida. Entonces, ¿cuánto hubiera dejado de ganar en total Urbagestión dejándola morir en paz en su casa? ¿3.000 euros? ¿5.000? ¿10.000? ¿Cuánto vale la muerte tranquila de una anciana en su casa?
¿Y los que ni siquiera tenían nada que ganar y se ensañaron igualmente con Maricarmen, entre ellos, algunos colegas de profesión?
Perdonen, pero solo tengo preguntas hoy. Sobre todo esta: ¿Cuándo volverá a dar vergüenza ser cruel y mala persona?

