opinión

Acampados en la Puerta del Sol

Por Javier Arias Artacho, profesor y escritor

Luis Méndez

La Ribera |

Javier Arias Artacho
Javier Arias Artacho

No es sencillo el problema de la vivienda y, por tanto, tampoco su solución. Lo que sí es una realidad fácilmente contrastable es que la situación ha empeorado desde 2018 y que este gobierno no ha acertado con las fórmulas para revertir su deterioro. Insisto en que no se trata de soluciones fáciles y veremos si los próximos inquilinos de la Moncloa son capaces de mitigarlo y con qué fórmulas. Habrá que verlo y juzgarlo en el futuro. Lo que es evidente es que Pedro Sánchez no lo ha conseguido y los resultados, al parecer, se reflejan en la indignación de los jóvenes acampados en la Puerta del Sol de Madrid. Sin embargo, en ese totum revolutum de pancartas y reclamaciones de un claro signo político, estos nuevos indignados no parecen responsabilizar al actual gobierno de la situación, sino más bien a la especulación, a la derecha y a todo aquello que huela a libertad de mercado. En esa mescolanza de ideales indignados con algunos tics antisistema, no parecen señalar a los actuales dirigentes como los responsables de la situación, sino como la llave de una solución que, a modo de ver de una inmensa mayoría de españoles, se trataría de echar más leña al fuego.

El escenario que ha planteado el presidente durante los últimos años no solo no ha dinamizado la creación de nuevas viviendas, sino que ha consentido la okupación, dificultado los desalojos y ha facilitado que el propietario se vea en serias dificultades si un inquilino no le paga. El miedo y las reticencias para poner una propiedad en alquiler no ha sumado para que bajaran los precios, sino todo lo contrario. Es algo tan sencillo como comprender lo que es la ley de la oferta y la demanda: a más demanda y menos oferta los precios suben. Los precios de la vivienda se han elevado y quien puede poner una propiedad en alquiler se retrae. Nuestro modelo democrático y de libertades de mercado permite que un pequeño ahorrador que quiera emprender pueda mejorar su vida con esfuerzo. Al mismo tiempo, nuestro modelo de estado social y subsidiario también garantiza una amplia red social que ayuda y protege al ciudadano cuando lo necesita. Para mí es el equilibrio perfecto entre el esfuerzo, la libertad y la solidaridad social que debe contener todo nuestro sistema. Para mí este es el socialismo bien entendido y, en este sentido, creo que la inmensa mayoría de nuestro país es “socialista”.

Sin embargo, ahí tenemos a los jóvenes en la Puerta del Sol, al parecer sin oficio ni beneficio, exigiendo al mismo gobierno que ha dirigido el timón hasta ahora, y que no ha sabido atajar el problema, que expropie y oprima aún más a los arrendatarios para que, en lugar de animarlos a poner sus viviendas en el mercado, se repriman aún más. Es por ello que el presidente no ha podido sacar adelante sus decretos improvisados para contentar a este colectivo, más que minoritario desde mi punto de vista. Contentar a los suyos con parches que agudizaban la situación estaba fuera de la realidad, pero no del bendito relato. ¡Ese relato! Ese santo grial que es oxígeno para masas de votantes radicales que solo buscan un relato, el que sea, para creérselo y tener una justificación moral para volver ellos. ¿Y cuál es el relato? Yo quiero, pero ellos no me dejan.

Y por supuesto Maricarmen ayuda a este relato. Me refiero a una exfuncionaria del estado, con una pensión generosa y que ha disfrutado de la democracia, del estado de bienestar y de las oportunidades para invertir y progresar o, más bien, para contentarse con sus ingresos y disfrutar de la vida, que no está mal. Sin embargo, Maricarmen, dentro de este sistema de derechos y garantías, debía abandonar su vivienda porque, después de diferentes sentencias, había quedado demostrado que el alquiler de sus padres en 1956 no podía perpetuar la obligación del propietario para que su hija alquilase para siempre una propiedad situada en un barrio exclusivo de Madrid y con un arrendamiento de 500 euros fuera de mercado. El desalojo de Maricarmen lo entiende la mayoría de la ciudadanía, sobre todo porque ha tenido múltiples posibilidades de adquirir o alquilar otras propiedades en otros muchos lugares. Sin embargo, Maricarmen responde al perfil perfecto para el relato, con sus 87 años y después de haberle hecho un pulso al Estado durante los últimos 20 años para que ella fuera diferente a los demás. Maricarmen, esa cortina de humo idónea para seguir perpetuando no mejoras sociales, sino una ideología que no respeta la convivencia y la libertad que es buena cuando nos beneficia, pero no tanto cuando nos perjudica.

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