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TERRITORIO NEGRO

Territorio Negro: La manada de Manresa: siete hombres y una menor

Siete hombres, entre 19 y 39 años están siendo juzgados en la Audiencia de Barcelona. Seis de ellos por participar en violaciones por turnos de una chica de 14 años. El séptimo, por no hacer nada para evitarlo, o más bien por masturbarse mientras sus compañeros de jauría violaban a la chica. En este territorio negro de hoy, último de la temporada, explicamos qué ocurrió aquella noche en un descampado de Manresa, en la provincia de Barcelona, y qué está ocurriendo ahora en el juicio por aquellos ataques a la chica.

M. Marlasca y L. Rendueles
 |  Madrid | 16/07/2019

Aunque, se ha producido la fatal casualidad de que en medio de este proceso se ha producido otra violación grupal, en el mismo lugar, también en Manresa ¿Qué sabemos de este nuevo caso?

Vayamos al principio, a la primera de las dos violaciones grupales de Manresa que es sobre la que tenemos más información. 29 de octubre de 2016, un grupo de unos veinte jóvenes, casi todos menores de edad, participa hacia las diez de la noche de una especie de botellón que se celebra en una fábrica abandonada, en Manresa, en la provincia de Barcelona

El botellón o la fiesta es cerca de la Fundación Universitaria del Bagés, en un descampado de lo que fue un día una fábrica, en el Cami Torre d'en Viñas. Allí hay un descampado y también un par de casetas, con un sofá y una mesa. Se juntan unos 20 chavales a beber, fumar y escuchar música. Hasta allí llegan hacia las diez de la noche dos chicas, ambas menores de edad. Una de ellas tiene catorce años y medio. Ambas son amigas y llevan dos botellas de whisky y varias latas de Red Bull a la fiesta. Todos beben con digamos generosidad, como suele ocurrir en esas reuniones.

Hasta ahí no parece ocurrir nada anormal. O al menos nada grave. Las dos chicas se van con un amigo a casa de un familiar de ellos, a pedirle permiso para continuar la fiesta, a la que ya han llegado, hacia las once y media de la noche, un grupo de hombres adultos

Hacia las once y media de aquella noche se presentan en el descampado siete hombres. Tienen entre 19 y 39 años. Uno de ellos, Bryan Mendoza, ha tenido relaciones sexuales con esa menor de 14 años la semana anterior. Es su amigo y ella asegura que puede confiar en él. Hacia la una de la madrugada, la chica y su amiga regresan al descampado y la fiesta sigue, aunque, la mayoría de los chavales, de los menores de edad, van yéndose hacia su casa.

Y en esa fábrica abandonada quedan esos siete hombres adultos, alguno de casi 40 años, y unos pocos menores, entre ellos las dos chicas. Entonces se inicia un juego parecido al clásico de la botella

Juegan a la botella, que casualmente cae siempre en dirección a la menor, de 14 años, que va bebiendo y teniendo que besar a algunos de los adultos o beber. Ella contará después que no veía como preparaban los cubatas que le servían constantemente para pagar por el juego. Cree que le echaron algo en la bebida. Todos fuman varios porros de marihuana. El caso es que la joven fue bebiendo cada vez más, llegó un momento en que no podía casi ni andar, según recuerda su amiga, que estaba allí.

Y el tal Bryan va con esa chica, de 14 años y que casi no puede andar, al interior de una caseta que hay en la fábrica. Una caseta en la que hay una mesa y un viejo sofá.

Bryan tiene relaciones sexuales con la chica, la penetra vaginalmente. Al cabo de unos 15 minutos, según la fiscalía y lo que ha contado una amiga de la chica, el hombre sale de la caseta y va a la zona donde están sus seis amigos: enseña un reloj y le dice a uno de sus compañeros de cuadrilla, Walter, al que todos llaman El Argentino: "Va, te toca a ti, 15 minutos cada uno, no tardes"

La chica está tirada en el suelo, casi en coma inducido por el alcohol, según la fiscalía. A la caseta, oscura, entra ese Walter, que también la penetra. Y pasados unos 20 minutos, como cumpliendo esos turnos para agredir a la niña, llegan los otros hombres, en grupo

Y van agrediéndola sexualmente por turnos. Lo hacen, según el relato del fiscal, el cubano Daniel, que deja su ADN en la chica, Maikel Pascual conocido como El Cuba, también cubano; Marco Antonio Reyes, del mismo país y Yordanis de Jesús Campo, al que llaman El Negro. En la escena está también Iván González, un ciudadano español al que llaman El Cuñado. Todos la penetran por turnos menos Ivan que observa todo y se masturba. Tiempo después, hacia las tres y media de aquella madrugada, dos de los acusados, Bryan y Maikel El Cuba, la vuelven a penetrar con los dedos y la obligan a hacerles felaciones.

Los siete hombres dirán luego, lo han hecho ya en el juicio, que la relación fue consentida o que ni siquiera hubo relación sexual. La víctima declaró ante el tribunal protegida por un biombo y desde otra sala de la que estaban los acusados.

La chica tiene ahora 17 años. Contó que no recordaba casi nada, dijo que tenía "flashes" en los que veía a muchos hombres masturbándose en la caseta mientras otros la violaban. La escena debía ser tremenda, los flashes hacen referencia también a que todo estaba oscuro y que los hombres usaban linternas y los teléfonos móviles para iluminar lo que estaba ocurriendo dentro de la caseta.

Piensa que le echaron algo en la bebida y recuerda que estaba aterrorizada porque sus agresores sacaron una pistola que se iban pasando de mano en mano y hacían como que la cargaban mientras la violaban. Hizo felaciones a dos de los hombres y recuerda a uno de ellos, del que dice que llevaba gafas, encima de ella, penetrándola. Identificó a cuatro de sus atacantes, fue honrada y dijo que no recuerda que los otros dos acusados la violaran, que fue su amiga, la que estaba con ella en aquel botellón, la que se lo dijo.

Porque una amiga, también menor de edad, fue testigo de lo que pasó. ¿Qué ha contado ella ante el tribunal? La amiga declaró llorando que entró en la caseta y vio el cuadro terrible que allí había. Contó "les tuve que decir que me la llevaba, la duchaba y le daba una pastilla porque la querían tirar a un río". Esta chica explicó que en la fábrica había dos casetas. En la primera estaban casi todos, con bebidas y un sofá, también con música. Que su amiga se fue voluntariamente a la otra caseta con Bryan y que al cabo de una hora este llegó y enseñó el reloj con lo de los 15 minutos cada uno. Ella entró luego en la caseta y vio a su amiga en el suelo con uno de los acusados penetrándola, algunos otros masturbándose, salió de la caseta y pidió ayuda. Entonces, ella también vio la pistola.

La amiga de la víctima dice que uno de los acusados, Marco Antonio, le puso la pistola en la boca y la amenazó: "no cuentes nada de lo que ha pasado. Yo sé el camino que cogen tus hermanas pequeñas para ir a la escuela". La joven añadió que aquella madrugada "estaba cagada y todavía lo estoy". Y confesó que había mentido dos veces en sus declaraciones anteriores, donde había dicho que no había visto prácticamente nada, porque estaba amenazada.

Y hay un tercer testigo, un chico de 15 años que estaba en aquel botellón, que también vio la pistola. Este chaval dice que Bryan le ofreció participar en las violaciones a la chica, que seguía tumbada en la caseta, casi inconsciente. Quieres ir con ella un rato?, le propuso. Él entró en la caseta y vio a Maikel penetrando a la chica, luego salió. Ha dicho que la chica estaba como "en coma inducido" y que pudo escucharla decir casi sin fuerzas "para, que me duele". El fiscal asegura que Marco, el acusado, sacó la pistola, hizo el gesto de cargarla y anunció a los pocos que quedaban allí: "si alguien decis algo, tendreis problemas con vuestras familias".

Bien, la chica termina tirada e inconsciente. Su amiga se la lleva a casa.

Los días siguientes la chica no recuerda casi nada. Su amiga le explica lo que ha ocurrido. Ella toma la píldora del día después y el 2 de noviembre va a una comisaría de los Mossos y denuncia lo que le han hecho. La llevan al hospital Sant Joan de Deu, en Manresa, donde la examinan. Encuentran algunos golpes, lesiones en el pecho, la pierna, el codo... pero ninguna lesión grave en la vagina, algo que por otra parte no excluye la violación en ningún caso.

En cuanto a las drogas, los análisis de orina que le hicieron encontraron restos de cannabis, pero no de otras sustancias que pudieran haberle echado en la bebida. Hay algunas de esas drogas que no dejan casi rastro y ella, la víctima, denunció las agresiones tres días después de sufrirlas.

Los forenses sí encuentran en la ropa de la chica restos de ADN de uno de los agresores, Daniel. Los siete hombres son detenidos y acusados. Daniel pasa 20 meses en la cárcel hasta que empieza el juicio que se está celebrando en la Audiencia de Barcelona.

En aquellos días ocurren otras cosas importantes. Cinco menores aseguran haber recibido llamadas o mensajes de Bryan en los que les amenazaba si decían algo. La propia víctima asegura que recibió una llamada de su agresor en la que le decía:"te los tiraste a todos, eres una puta". Por esas llamadas, el tal Bryan, digamos el que inició todo, está acusado de obstrucción a la justicia.

En un juicio siempre hay que escuchar las dos versiones. ¿Qué dicen los acusados?

Aseguran que son inocentes. Bryan admitió que conocía a la chica y que había hablado con ella en la fiesta aquella madrugada. Dijo que ella se le insinuó y que él la rechazó. También, que ella le llamó para disculparse por haberle acusado de violación. Según su versión, una amiga de la chica llegó a la zona donde él y su cuadrilla estaban bebiendo y gritó que la estaban violando. Dice que fueron allí y comprobaron que estaba bien. Otro acusado, Yordanis, afirmó que la víctima les dijo que estaba bien y volvió a entrar en la caseta. Dice que escuchó a dos chicos, menores de edad, hablar de que se la habían tirado.

En cuanto a la pistola, Marco Antonio, el que supuestamente la enseñaba, lo negó. Hasta Daniel, que dejó su semen en el pantalón de la chica, negó haber tenido siquiera relaciones con ella.

Y en un caso de abusos sexuales o de violaciones, siempre hay que escuchar también a los peritos, a los psicólogos que han tratado a la víctima. ¿Qué dicen ellos?

Las forenses, psicólogas y psiquiatras que han visto y tratado a la chica afirman que sufre un trastorno ansioso depresivo, que siente rechazo de su entorno y pavor de salir a la calle y encontrarse con sus agresores. La chica, que ahora tiene 17 años, sigue yendo a terapia y tiene, y esto es significativo, "pavor a que no la crean" y a que sus agresores no sean castigados, según los forenses. Todos han coincidido en que ella "no fabula", y definen su relato como creíble y coherente. Padece un trastorno adaptativo compatible absolutamente con las secuelas de una violación múltiple, aseguran.

Porque después de las agresiones llega la vida diaria, un calvario también. Muchas víctimas se culpabilizan de lo que les han hecho. La chica explicó a la psicóloga que estaba "desbordada". Tenía crisis de ansiedad y sentía vergüenza, pensaba que en su instituto le hacían el vacío porque todos sabían lo que había ocurrido en aquella fábrica abandonada. Mejoró con la terapia, pero cuando supo que el juicio iba a empezar, recayó y tuvo tristeza y miedo de salir a la calle.

Es una chica que había crecido en un entorno difícil, digamos. Estaba bajo la tutela de la Generalitat, y se había criado con su abuela por diferentes problemas de sus padres. Su entorno familiar fue siempre "complejo" según ellos. Vivió durante su infancia y adolescencia con la abuela. Tiene una personalidad impulsiva y cuando ocurrió todo ya consumía tóxicos como alcohol y drogas blandas. Padecía también un trastorno alimenticio. Los peritos la definen como una menor "vulnerable".

Con todas estas pruebas y testimonios, los abogados de los acusados piden su absolución, los de la víctima piden condenas entre 15 y 20 años por agresiones sexuales y la fiscalía solo pide y digo solo conscientemente condenas por abusos sexuales.

La clave está en una palabra, intimidación. Es la misma que fue interpretada de diferente forma por según qué jueces en el caso de la víctima de las agresiones sexuales de La Manada. El Tribunal Supremo ha dictaminado que no hace falta que exista un arma como una pistola o una navaja, ni siquiera una amenaza de muerte expresada en voz alta para que haya intimidación. Puede ser una intimidación ambiental, es decir, que la víctima no pueda evitar ser sometida porque está en una situación de inferioridad manifiesta ante un grupo de hombres, como ocurrió en aquel portal de Pamplona.

En este caso, además, hay testimonios que hablan de una pistola de fogueo, lo que avalaría la idea de las agresiones sexuales y no de abusos. Dos de los acusados, Bryan y Maikel, están acusados de abusos continuados, porque la atacaron dos veces aquella madrugada; el resto, de abusos sexuales. Es bastante probable que la fiscalía cambie su argumentación al final del juicio. Aunque no lo haga, el tribunal, teniendo en cuenta lo que acaba de dictaminar el Supremo, puede aumentar la pena y hacer caso a lo que pide la acusación particular. Que en aquella caseta hubo intimidación parece evidente. Y según la ley española, si hay intimidación hay agresión sexual, lo que todos entendemos como violación.

Y ese hombre que no hizo nada, o más bien sí que hizo, porque estuvo mirando como sus amigos agredían a una chica de 14 años y acabó masturbándose allí mismo. ¿Qué condena puede caerle?

De momento, puede ser condenado a una multa. Y esa es otra parte digamos difícil de entender. Este hombre, a quien llaman El Cuñado, está acusado de un delito de omisión del deber de socorro del deber de impedir delitos. El fiscal pide para él una condena de 18 meses de prisión, de forma que lo más posible es que acabe pagando una multa de 4.320 euros y siga en libertad.