Con Lola de la Cruz

Estoy enritá: Los problemas de llamarse como la mitad de murcianos

A Lola de la Cruz casi le recetan anticonceptivos y estuvieron a punto de meterle un dineral en la cuenta, todo por culpa de un nombre y unos apellidos demasiado repetidos. Hoy se enrita con esas coincidencias que rozan lo surrealista

Julián Vigara

Murcia |

Lola de la Cruz

Hay apellidos que pesan más que el propio DNI. Lo sabe bien Lola de la Cruz, que esta semana llega a «Estoy enritá» con una confesión a medio camino entre la disculpa y la carcajada: pide perdón a sus padres, allá donde estén, por haberse desligado como autora de los apellidos «que por nacencia me corresponden». Una decisión profesional, aclara, que no implica renegar de sus orígenes, pero sí abre la puerta a un repertorio de anécdotas que cualquier López, Fernández o González reconocerá al instante.

La colaboradora de Más de uno Murcia reconstruye dos episodios reveladores. El primero, en la consulta de un ginecólogo: la confusión con otra paciente del mismo nombre estuvo a punto de terminar con una receta de anticonceptivos para una mujer que, en sus propias palabras, ya está «a punto de entrar en la senectud». El segundo, con la llamada de un banco que le exigía justificar el origen de unos ingresos sospechosamente abultados en su cuenta. Por unos segundos, Lola se vio heredera de un tarambana ultramarino. Apenas medio minuto después, de vuelta al suelo, «La agraciada era otra Lola».

La sección abre también un guiño cómplice a la redacción. Julián Vigara recuerda el caso de una compañera de Onda Cero Murcia obligada a comparecer en el juzgado por una homonimia que no le pertenecía, con la guinda de un funcionario que llegó a tomarle por lista. La conclusión, en boca de la propia Lola, es de las que se quedan, «no hay mejor herencia que el trabajo y la diligencia».

Como cada martes, la sección cierra con un puñado de «palabricas» murcianas. Esta semana llegan algunas «facílicas» ─ ir 'flechado', tener 'flojera', estar 'flojo de muelle' ─ y un repaso al vocabulario panocho para nombrar las ventosidades sin sonrojo: 'bufa', 'pava', 'pelfa', 'yema' o 'follón'. Sin olvidar el refrán que cierra el bloque y que merece quedar grabado: «Con dos cuescos y una bufa, queda la cama como una estufa».