El Villarreal se enfrenta a una de las situaciones más delicadas de su reciente historia y ante la toma de las decisiones más importantes de cara al futuro más inmediato. La debacle ante el PSG ha puesto patas arriba a un equipo que ya venía tocado y generando serias dudas tras la reciente derrota liguera ante el Espanyol. Más allá de lo bochornoso de perder un partido por cero goles a seis, las lamentables sensaciones ofrecidas, la tremenda ineptitud mostrada por momentos, fue incluso peor que sufrir la mayor como derrota como locales en la historia del club. Y eso, en el Villarreal, no se suele perdonar.
Lo cierto es que la dirigencia amarilla se encuentra en el peor de los escenarios que quería verse cuando la pasada temporada tomó una decisión tan importante como el cambio en el banquillo. Una apuesta arriesgada que tomaron a sabiendas que podía ser impopular, dado que la no continuidad de Marcelino comportaba cerrar un era que había cumplido con creces los principales objetivos marcados. Y se hizo de forma muy meditada a sabiendas de la importancia de la misma. Y se acabó para apostar por el que todos consideraban que era uno de los técnicos con más futuro en el fútbol español: Iñigo Pérez.
El navarro llegaba al Villarreal tras haber triunfado con un Rayo al que, sin apenas recursos, llevó a Europa y a disputar su primera final continental. Y todo ello con un estilo valiente que le llevó a plantar cara a equipos mucho más grandes y con una filosofía y ambición sobre el terreno de juego que en el Villarreal veían ideal para arrancar un nuevo proyecto a largo plazo. Prueba de esta confianza fue el contrato por tres temporadas que acabó firmando Iñigo.
Una reacción inmediata

Pero muchas veces los proyectos sobre el papel son unos y las realidades sobre el terreno de juego acaban yendo por caminos muy diferentes. Tras un inicio titubeante y pese a experimentar una mejora semanas atrás, los últimos acontecimientos evidencian que el proyecto de Iñigo no arranca y que las sensaciones futbolísticas de las últimas semanas son, cuanto menos, preocupantes.
Tras el varapalo ante el PSG y antes de su comparecencia pública, Iñigo se vio en la noche del martes las caras con la dirigencia amarilla para analizar lo sucedido. “Lo que me preocupa no es mi imagen ni mi futuro, sino el no responder a la confianza depositada en mí”, afirmaba minutos después. El domingo se mide la Getafe en una de esas situaciones que invitan a que la palabra “ultimatum” aparezca ya en los titulares. Y tras el partido llega un parón liguero antes de visitar al Barcelona. Un escenario poco halagüeño para cualquier técnico en entredicho.
Iñigo: Lo que me preocupa no es mi imagen ni mi futuro, sino el no responder a la confianza depositada en mí
En este contexto inesperado, el Villarreal se enfrenta a una de sus decisiones más difíciles. Especialmente si el domingo el equipo no da señales de recuperación más allá del resultado. La más popular es la habitual en el fútbol, la más sencilla y visceral: un cambio en el banquillo, aunque ello signifique descabezar el proyecto por el que tanto se apostó meses atrás. La otra, y quizás la más valiente por impopular en tiempos de crisis, mantener la fe en la que era su apuesta a largo plazo. Y hacerlo siempre y cuando haya respuesta del técnico liderando una reacción, aunque los objetivos de la actual temporada queden en riesgo
En ese casi y a medio plazo, será tiempo de reestructurar una plantilla con algunos recursos que casen mejor con la filosofía futbolística del técnico. Como en su momento y durante dos veranos se hizo con Marcelino (más de 25 fichajes en dos temporadas). Pero para ello, Iñigo deberá ganarse esa confianza, como hizo el asturiano, a base de cambiar unos resultados que, hasta la fecha, no llegan.

