'La épica'
✍ PorRomán Pérez González
Tratar de fortalecer las dinámicas es parte del trabajo de un entrenador; de un director de un grupo en general, hacer ver las cosas que se hacen bien, reforzarlas, crear confianzas, hacer un vínculo, agarrarte a ese clavo ardiendo y cerrar un poco los ojos, pero también es insistir en errores, aprender de ellos, repetir y repetir hasta que todo encaje. No siempre sale, pero a veces la fórmula cuadra.
En la Literatura de la Edad Media se emplea de manera concienzuda, queriendo, la figura del héroe épico, aquel hombre valeroso, invencible, guapo, que es capaz de derrotar a todos y a todo lo que se ponga delante de él. Se trataba de una figura que tuvo infinitos adeptos en su época y que Miguel de Cervantes inmortalizó caricaturizándolo. Hoy en día el espíritu de la épica sigue navegando entre nosotros cuando se trata de dar un discurso vacío, envueltos en un celofán precioso, pero que no profundiza, no avanza, no tienen nada si miras un poco sobre ellos; son los discursos monedas de chocolate, de lejos son una cosa y de cerca, la nada.
En esos discursos navega la UD, un equipo que ha perdido su identidad, su seña y por el camino va tratando de recomponerse, de sobrevivir a las adversidades que aprietan a cualquier equipo: lesiones, sanciones, infortunios que siempre son un clavo ardiendo cómodo sobre el que agarrarse para no ver la realidad: la UD no juega a nada. El partido de Pelmard fue horroroso; el de Bajcetic, interesante, estuvo bien, pero la idea con la que arrancas el encuentro no puede durar 15 minutos cada semana, lo que tarde el rival en dominarte o en hacerte un gol.
Cada semana así desde que la UD no consigue adelantarse en el marcador. El arrebato épico, el tirar de épica, no puede ser una costumbre, una constante porque entonces se corre el riesgo de convertirse en una caricatura, en una pantomima que se entretiene jugando con fuego.
