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OPINIÓN

VÍDEO | Monólogo de Alsina: "Una parte de los catalanes ha decidido que contra los sentimientos no caben razones"

Se sienten miembros de la resistencia. Clandestinos organizando la liberación de su pueblo. Les gusta interpretar el papel de perseguidos y hablan en clave. Una clave infantil, con aroma a Piolín y broma infinita.

Carlos Alsina | @carlos__alsina |  Madrid |  Actualizado el 29/09/2017 a las 08:16 horas

Por el whatsapp se han repartido las instrucciones. Los voluntarios que tienen la tarea de que haya colegios abiertos y largas colas. Instrucciones para el concierto del domingo, así lo llaman. En clave. El concierto, claro, es el referéndum. Llevad con vosotros la partitura, dicen, ingeniosos. La más grande que podáis, para poder exhibirla. Recordad que nos quedaremos en el local todo el día, plantados a la entrada del auditorio para que no nos lo puedan cerrar. Y sonriendo todo el tiempo. Venga sonrisas.

Hemos llegado al último viernes de septiembre. El viernes anterior a que algo, aún no sabemos qué será, suceda.

Y estos los hechos que hemos ido constatando en las dos últimas semanas.

• A los partidarios de la autodeterminación por las bravas les basta con proclamar que ellos son los demócratas, los modernos, los buenos.

• A los contrarios al referéndum, por el contrario, parece que les parece obligado justificarse por no coincidir con el pensamiento oficial. Obligado aclarar cuanto antes que ellos no son del PP, que Rajoy les parece un zoquete y que no tienen la bandera de España en casa. Es más, que la exhibición de los símbolos españoles les resulta incómoda. Ondear la estrellada es libertad de expresión. Ondear la española es una provocación, un ejercicio extemporáneo y rancio

• Hay una parte muy numerosa de la sociedad catalana (mayoritaria o no, eso es discutible) que ha decidido abrazar como verdades las mentiras. A sabiendas, sí, a sabiendas de que lo son. Han desdeñado el debate racional porque lo tienen perdido. Es que esto va de sentimientos, nos dicen. Da igual que la mentira lo sea mientras sirva de alimento emocional. Y contra los sentimientos, resígnese, no caben razones. Fin del debate.

Mucho sentimiento no había, es verdad, en las balanzas fiscales cuya publicación exigió Montilla. Ahí lo que había eran números. Cuánto se paga, cuánto se recibe.

Mucho sentimiento no había en el pacto fiscal —nombre catalán del concierto vasco— que exigió Artur Mas. Ahí la única emoción que había era lograr un tratamiento impositivo más favorable. Aportar menos al conjunto y disponer de más para el autogobierno.

La demanda trasversal. Reclamada por la derecha convergente con el aplauso de la izquierda. Lo progresista ahora resulta que es el concierto vasco y los regímenes especiales. Es decir, las diferencias.

Primero fueron los números. Los sentimientos vinieron luego. Se alimentaron luego. Alegando que el Constitucional les había tumbado el Estatuto. Alegando que la transición había sido un compadreo. Alegando que Felipe V era protofranquista y represor policial. Que robó un país que nunca estuvo. La añoranza de lo que nunca fue.

Resígnese. Ya no hay debate.

• Se rasgan las vestiduras porque se recortó el Estatut quienes hicieron campaña en su contra. Esquerra, que pidió el no porque el Estatuto era de Artur Mas, o sea, de derechas. Participó sólo el 49 % de los votantes. El amor por aquel Estatut se ve que ha ido creciendo con los años. De no hacerle demasiado caso a convertirlo en el motor de la protesta.

• Al Tribunal Constitucional se refieren los profetas independentistas como "esos doce señores que hacen política". Pero al solemne gobierno autonómico lo llaman Cataluña, aunque lo formen catorce y hagan anti política.

• El diputado aclamado por la muchachada izquierdista es un tal Rufián,incapaz de distinguir una reflexión de una ocurrencia. Eficaz en lo segundo, virgen aún en lo primero.

• Invocan la separación de poderes los mismos que aplauden a la agitadora Forcadell cuando arenga a los manifestantes ante el Tribunal Superior de Justicia. Vocear contra jueces y fiscales es un ejercicio de exquisito respeto a la autonomía del poder judicial. Pero darle una voz a Forcadell es un intolerable ataque a la autonomía de Cataluña.

• Un consejero del gobierno autonómico admite que violentaron las normas en el Parlament. Otro dice que es la policía nacional la que anda buscando bronca. La señora Forcadell vomita que no son Cataluña los votantes del PP y de Ciudadanos. El presidente autonómico la respalda porque su compromiso con el mandato popular no conoce límites.

Y se chotean. Se ríen. Se lo pasan bomba.

• De Felipe V ya no hace falta decir más porque Rafael Casanova nunca fue Mel Gibson. Ni en Braveheart ni El Patriota, por más que TV3 practique el proselitismo en sesión continua.

• De Podemos tampoco. O de Ada Colau. Están con el referéndum, simpatizan con el nacionalismo y le ponen la alfombra roja a la independencia. El que saca una bandera de España ante un acto de Podemos es un nazi que tiene secuestrado a Monedero y no merece el honor de que a lo suyo se le llame escrache. Los manifestantes que cercan una sede oficial y revientan las lunas de los vehículos policiales son admirables hijos de la furia que ha sembrado el PP, y así todo.

• Hacen un mundo —qué escándalo— de cien personas que despiden con banderas a la Guardia Civil pero celebran que cien mil piten el himno, y al rey, en un estadio de fútbol. La doble vara de medir de la ofensa. El desafecto que siempre es culpa de los otros. La viga en el ojo propio. El desafecto que siembran.

Y se ríen. Se lo pasan pipa. Y hacen guasa.

• Comentaristas catalanes nos reprochan a los demás desconocimiento de su tierra. No entendéis los sentimientos que mueven a la gente, nos dicen. Mientras satanizan cada día en sus crónicas eso que llaman Madrid, mientras hacen caricatura de una España carca y casposa que sólo existe en su fábula maniquea, mientras rehusan dedicar un segundo a entender los sentimientos del resto de la sociedad española.

La independencia de un territorio, qué le vamos a hacer, nunca podrá ser cuestión que afecte sólo a ese territorio. La cuestión es española porque es de todos. Los estatutos de autonomía han de pasar todos por el Congreso de los Diputados porque la última palabra no la tienen los habitantes de esa comunidad autónoma, sino la sociedad española. De la misma manera, la autodeterminación, si algún día existiera en España, sería porque así lo decidieran los ciudadanos, todos ellos iguales, no la mayoría de los ciudadanos de una comunidad autónoma.

• Los catalanes, hoy, no tienen derecho a decidir dónde empieza y dónde termina España. Tienen derecho a anhelar poder hacerlo, pero no a convertir ese anhelo en un hecho consumado a costa de arrebatar ese derecho a quienes sí lo tienen, que son, somos, todos los ciudadanos españoles. Los habitantes de una parte no tenemos derecho a decidir sobre cualquier cosa. Hay cosas que sólo pueden decidirse entre todo. Que sólo decide el todo.

El gobierno de Rajoy, es verdad, equivocó el diagnóstico. Y sobre todo, equivocó el pronóstico. Ha terminado pasando todo lo que nos dijeron que nunca sucedería. La candidatura conjunta de Junts pel Sí, el programa electoral independentista, la cabeza de Artur Mas entregada en sacrificio a la CUP, el rodillo parlamentario con una presidenta de bochorno, las leyes contra la Constitución, la insumisión, la convocatoria de referéndum y el plan para declarar la independencia.

Junqueras no era el hombre bueno que echaría el freno a tiempo para salvar su carrera futura como president. El anuncio de más inversiones públicas se despreció como el mero cumplimiento de una obligación postergada. La operación diálogo fue un entretenimiento de estrategas tuertos. El PDeCAT nunca dio signo público de tener un sector moderado. No aparecieron los sensatos que iban a levantar del asiento al piloto descerebrado que es Puigdemont. No entraron en escena los pragmáticos popes de la clase media convergente a enfriar la pulsión independentista y hacer entrar en razón a tanto subalterno de la CUP. Al contrario, fue la CUP la que los desplazó a todos de la escena, reducidos los popes a la condición de prebostes de otra época que molestan porque no se enteran.

Y así hemos llegado a la víspera del fin de semana. El domingo es primero de octubre.

Miren, cabe ser equidistante —es muy legítimo— entre quienes anhelan poder independizarse algún día y quienes anhelan que ningún territorio pueda nunca independizarse de España.

Pero no es éste el asunto que ahora tenemos entre manos.

El asunto es que de un lado está la defensa de la legalidad democrática y del otro el intento de tumbarla. Y ahí no cabe la equidistancia.

La forma de defender la legalidad democrática este domingo es no participar en esta farsa.