Ana Laguna descubrió desde niña que la danza era mucho más que una afición. “Yo necesitaba esto tanto que no me puse en cuestión si quiero o no quiero ser bailarina. Yo solamente lo único que necesitaba bailar”, recuerda. Sus primeros pasos estuvieron ligados a María de Ávila, quien, al comprobar las dificultades económicas de su familia, decidió ofrecerle una beca para que pudiera formarse. Aquella maestra no solo le enseñó ballet, sino que le abrió las puertas a “toda una universidad de las artes”, acercándola también a la pintura y a la música.
La bailarina tuvo que marcharse de España para desarrollar su carrera profesional, siguiendo el consejo de María de Ávila, que le advirtió de que en aquel momento no había oportunidades suficientes para dedicarse profesionalmente a la danza. Décadas después, Laguna considera que la situación ha mejorado, pero mantiene una visión crítica sobre el apoyo que recibe esta disciplina. Y añade que la danza continúa siendo “una de las artes que menos importancia se les da”.
“En España todavía no hemos, o no han apoyado la danza como se debe de apoyar”
Uno de los grandes retos que tiene la su mundo es acercar la danza a los más jóvenes. La bailarina considera que debería tener una mayor presencia en la educación, especialmente en un momento en el que los niños pasan cada vez más tiempo delante de las pantallas. Para ella, no se trata necesariamente de enseñar ballet clásico, sino de proporcionar espacios en los que los niños puedan escuchar música, moverse y expresarse con su cuerpo.
A lo largo de su trayectoria, Laguna asegura no tener una obra favorita porque cada pieza ha supuesto una experiencia diferente. “De todo. Yo es que no tengo preferencia por una pieza u otra”, ha añadido. Para ella, interpretar va más allá de la danza, significa expresar encima de un escenario sus emociones y acomodar su cuerpo a la música. Una filosofía que resume con una llamada al optimismo: “Hay que seguir soñando, soñando con la vida, soñando positivamente”.
