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OPINIÓN

VÍDEO del monólogo de Carlos Alsina en Más de uno 05/10/2018

En Twitter deben de estar encantados. Con el presidente Sánchez. Entre los gobernados hay división de opiniones sobre cómo gobierna, pero como tuitero hay que reconocer que tiene una actividad muy asidua.

Carlos Alsina | @carlos__alsina |  Madrid |  05/10/2018

Desde que volvió de los Estados Unidos no ha parado de tuitear. Todos los días alguna píldora. Mucha autopromoción de sus reuniones, mucho retuit de los vídeos de sus ministros, fotos de sus actividades, felicitaciones a deportistas que ganan títulos y alguna declaración oficial sobre la cuestión catalana que, para ser oficial, lo parece menos en los 280 caracteres.

"Autogobierno y convivencia", escribió el martes, después de que Torra se le pusiera bravo. "El Parlament es la casa donde hablan y se escucha a todos los catalanes", escribió anoche, después de que los puigdemones intentaran burlar la suspensión de sus diputados y nuevo-tono-Torrent suspendiera otra vez la actividad parlamentaria hasta nueva orden. "El Parlament es para hablar", tuiteó el presidente, así, como diciendo. Y sin que nadie pueda acusarle de tensar, tensionar, crispar, provocar, hinchar o inflamar el conflicto. Porque Pedro Sánchez ya lo llama así, el conflicto. En sus telegramas diarios en el twitter.

Hombre, presidente, tuitear es muy ágil y muy moderno y muy descansado (y todo lo que usted quiera), pero una rueda de prensa de vez en cuando tampoco estorba, ¿verdad?

Ya sabemos que la puñeta de la rueda de prensa —alabada sea Isabel Celaá— es que, a diferencia del tuit, te pueden repreguntar los periodistas, pero es parte de las obligaciones de presidente de gobierno. Dar la cara ante los medios de comunicación y responder a las preguntas por muy improcedentes y condenatorias que te parezcan (como se lo parecen a la ministra portavoz cada viernes). Menos atrincherarse en el twitter y más aparecer en las ruedas de prensa. Que ha dado usted en sólo una en España en cuatro meses. ¡Una! No vaya a parecer que hemos pasado del presidente del plasma, Rajoy, al presidente virtual, Sánchez. Tuitero y sólo tuitero. Publicista, en lugar de gobernante.

Cómo estará la cosa en la política catalana que la portavoz de Podemos, Albiach, y el portavoz del PP, Albiol, ya cantan un estribillo parecido. Albiach y Albiol, tienen nombre de pareja artística. Si Podemos, y Ciudadanos, y el PSC, y el PP diagnosticaron ayer una misma avería en el gobierno autonómico —la incapacidad de gobernar, el kramer contra kramer de los dos partidos que lo integran, el colapso del bloque independentista— si diagnosticaron igual es porque dejaron poco lugar a dudas Esquerra Republicana y los puigdemones.

No les voy a aburrir contándoles otra vez lo de la suspensión de sus funciones de los diputados procesados y el pasteleo que intentó colar ayer el equipo de Puigdemont para que parezca que acatan la orden del juez Llarena pero sin hacerlo del todo. Lo esencial de la película de enredo que se vivió ayer en el matrimonio a palos es que Esquerra está por no meterse en líos judiciales, asumir lo que hay e intentar estar a buenas con el gobierno del tuitero Sánchezmientras que los puigdemones están en desobedecer la instrucción judicial e ir al choque con el Estado perousando la cabeza de Roger Torrent de parachoques. Que se choque él para que sea él el siguiente en recibir una querella. Torrent, que es de Esquerra. Como lo es Junqueras, a punto de cumplir un año de preventiva mientras Puigdemont sigue dándose autohomenajes en sus excursiones europeas.

El diagnóstico es transparente: la paciencia que se ha agotado, en contra de lo que predica Torra, no es la de los catalanes (que igual también). La paciencia que se ha agotado, con él y con Puigdemont, es la de Junqueras. Lo que pasa es que aún no da dado el paso de decir abiertamente que este gobierno, con este presidente de pega y su creador teledirigiéndole desde Waterloo, nunca va a poder servir para lo que Esquerra quería que sirviera: gobernar de verdad cuatro años, mantener viva (sin pasarse) la llama de los agravios y los presos, e intentar ir ganando para la causa un procentaje suficiente de catalanes para que en las próximas elecciones en lugar del 48% el independentismo tenga el 52%. Ésa era la hoja de ruta de Esquerra y eso es lo que ya ha visto que mientras esté enredando Puigdemont no va a salir adelante. Por mucho que en Madrid ya no gobierne Rajoy sino el empático Sánchez.

En tres horas se anuncia el Nobel de la Paz de este año y nadie sabe, todavía, quien se lo lleva. Por no saber, ni siquiera se sabe quiénes son los doscientos aspirantes cuya candidatura ha sido presentada por organizaciones o particulares. Así que si usted se pregunta si va en serio lo de que pueden darle el premio a Puigdemont pues mire: cualquiera sabe. En las apuestas hay muchos nombres que es posible que no haya propuesto nadie. Y teniendo un acuerdo de paz entre las dos Coreas (o sea, a los dos presidentes coreanos), teniendo una activista yazidí que logró escapar de las garras de Daesh, teniendo al eterno candidato Denis Mukwege, el ginecólogo congoleño, mucha sorpresa sería que el ganador del Nobel fuera Puigdemont.

Pero como son cinco señores elegidos por el Parlamento de Noruega los que le dan el premio a quien les parece oportuno, hasta las once por lo menos ni canten victoria los groupies de Puigdemont ni canten derrota los escandalizados con la mera posibilidad de que alguien se plantee darle un premio al huido. Y él, mientras, a seguir soñando con recibir la llamada.

De momento lo que encajó ayer el independentismo fue el revés en el Tribunal Europeo de Derechos Humanos: Estrasburgo rechaza la primera denuncia que recibió contra el Estado español por las sanciones que impuso el Tribunal Constitucional a las personas que integraban la junta electoral aquella (falsa junta electoral) que se inventó Puigdemont para lo del primero de octubre. Sentencia Estrasburgo que el Constitucional español no violó derecho humano alguno y no incurrió en ninguna discriminación. La señora demandante fue advertida de las consecuencias de participar en la desobediencia y, por tanto, siempre supo lo que se jugaba.