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OPINIÓN | VÍDEO

Monólogo de Alsina: "El día que Puigdemont pueda mirarse al espejo sabrá que entregó Cataluña a unos radicales desnortados"

No hay épica. No hay proezas. No hay héroes. No hay gesta. No habrá epopeya que cante las hazañas del caballero Puigdemont. Si nunca hubo dragón, mucho menos va a haber San Jorge. No hay gloria y no hay liberación. Lo único que queda es drama.

Carlos Alsina | @carlos__alsina | Madrid
| 26/10/2017

Lo que esta tarde pretende empezar a escribir el rodillo independentista que ha hundido el crédito del histórico Parlamento de Cataluña es la traca final de un gigantesco despropósito.

Proclamar mañana la República Independiente Catalana. Proclamar una falsedad. Una marca hueca. Proclamar la nada. La república fantasma. El agotador juego de manos de la factoría Junqueras-Puigdemont. El último. Tanto jugar con fuego reduce tu sustancia política a una mera brasa. De tanto darla.

Un gobierno autonómico en demolición, consumido por su propia incoherencia, empuja las instituciones catalanas al vacío arrastrando a toda Cataluña consigo en la estruendosa caída.

En vísperas de la traca final, el gobierno catalán —y sus adherencias la Agitación Nacional Catalana y Òmnium Gutural— ofrecieron una prueba tras otra de hasta qué punto son una jaula de grillos cuya única salida digna es marcharse todos a casa. Explotó la empanada ideológica cuya único engrudo es la independencia. Convertido el Palau en la casa de tocame Roque, los de Esquerra tiraban de Puigdemont para que declarase la República hoy mismo, los del PDeCAT le enfriaban para que aguante hasta mañana (24 horas más de margen, a ver si eso sirve de algo) y los herederos de los Jordis se hacían valer porque ellos ta tienen a la gente avisada para celebrar en la calle el nacimiento de la República fantasma. Y en medio, Puigdemont. Noqueado, sobrepasado, pero con ganas de martirologio.

Un despropósito todo.

A Carles Puigdemont, no es un secreto, le viene grande el cargo. Le viene grande la situación. Le viene enorme el cristo que ha montado.Y, ahora se ha demostrado también, le viene grande el debate parlamentario. El debate democrático.

Este cristo lo ha montado , es verdad, jaleado por un grupo de aventureros y exaltados que está encantado de que sea este hombre, cegado de mesianismo, quien se exponga a ser detenido por rebelión, juzgado y encarcelado. Ya encargarán a los niños en las escuelas que le escriban tiernas cartas carcelarias.

Y este cristo lo ha montado, es verdad, con el silencio comprensivo de la mitad de Cataluña, que hace tiempo que decidió tragar con cualquier despropósito que ideara Junts pel sí sólo porque a la tierra prometida creían haberle encontrado un atajo. Todo valía con tal de tocarle las narices al Estado.

El ciudadano Puigdemont añadió ayer una más a su muy dañina colección de mentiras. Dijo que no acude al Senado porque no perderá el tiempo con aquellos que han decidido arrasar el autogobierno de Cataluña. El mismo ciudadano que el lunes por la noche —¡el lunes!— se ofrecía a acudir.

Alguna vez podría probar el todavía president a decirle la verdad a sus gobernados. Iba a haber acudido al Senado, iba a haber encarado el trance de tener enfrente un público en su mayoría crítico, iba a haber estado en Madrid esta tarde pero le reventó en las manos la bomba de relojería que siempre fue su gobierno de conveniencia. Y más aún, las organizaciones que no siendo gobierno le han venido a él marcando el paso: los antitodo de la CUP y los agitadores de la ANC y de Òmnium, ebrios de movilización, enganchados a un protagonismo que se resisten a ceder y escocidos ante la posibilidad de volver a ser sólo coros y danzas. Agentes útiles pero actores de reparto.

No perderé el tiempo yendo al Senado, ha dicho, mintiendo, Puigdemont.

Escribiendo, así —en twitter por supuesto, éste es un presidente tuitero a la manera del frívolo Trump— la prueba del nulo respeto que siempre tuvo por los procedimentos democráticos. El ciudadano Puigdemont es reincidente. Despreció cuantas invitaciones tuvo para explicarse ante los representantes de todos los ciudadanos españoles. No sólo ahora. Lo ha hecho siempre.

Se lo recordé a ustedes el martes:

Puigdemont no ha ido nunca a las Cortes porque no ha querido.

No ha ido al Congreso porque no le aceptaron la exigencia de que los diputados no votaran.

No ha ido a la Conferencia de Presidentes autonómicos porque él se considera distinto, y superior, al resto de los gobernantes autonómicos.

• No ha ido, por supuesto, a ninguna recepción organizada por el Rey, ni ahora que está tan defraudado con él (por defender el Estado) ni cuando presumía, en privado, de la sintonía personal que había labrado.

El Senado es la representación de los territorios de España. Es ahí donde están las personas a las que los ciudadanos han votado y las personas que representan, atención, a los Parlamentos autonómicos. De manera que no. Puigdemont no ha despreciado a Rajoy, o al PP, Puigdemont ha despreciado a los ciudadanos. Incluidos los catalanes a los que representan los veinticuatro senadores catalanes, ocho de ellos designados por el Parlamento de Cataluña.

Y detrás de su pobre excusa de hombre achicado se esconde también el miedo escénico.

El complejo de un gobernante que jamás acreditó un talento especial para la actividad parlamentaria. Un gobernante que procura jugar siempre en casa, en su zona de confort. Todo el día grabando declaraciones leídas ante una cámara en el Palau. Alérgico a las ruedas de prensa con medios críticos. Cerrado a dar entrevistas a la mayoría de los medios nacionales. Un gobernante opaco a cuyo lado hasta parece transparente Rajoy, el del plasma.

"No perderé tiempo yendo al Senado", ha dicho, mintiendo, Puigdemont.

El día que la ola se lo trague y pueda mirarse, en prisión, en Girona o en Perpignan, al espejo de la Historia comprobará que fue él quien arrasó las instituciones catalanas.

Comprobará hasta qué punto entregó la autonomía de Cataluña, y la suya propia, a un grupo de radicales desnortados.

Diga alguna la verdad, president: usted no va al Senado porque su ejército de caminantes blancos no le ha dejado.