OPINIÓN

VÍDEO del monólogo de Carlos Alsina en Más de uno 07/03/2019

En la cuenta atrás. Dos semanas para que llegue la primavera, seis para la Semana Santa, siete para las elecciones generales. Y entre medias —qué nervios, señora—, diecisiete días para que vuelva Pablo.

Carlos Alsina | @carlos__alsina

Madrid | 07.03.2019 08:23

Vuelve el hombre y Podemos lo publicita como si hubiera estado en el Kalahari. Que vuelve, que vuelve. De regreso del permiso de paternidad más comentado, publicitado y celebrado de todos los tiempos. Vuelve, vuelve. De Galapagar a Atocha, tampoco parece que sea el viaje de Ulises. Pablo en su Domingo de Ramos, que será sábado, aclamado por las multitudes moradas como si fuera no tanto Cristo como Brian.

Vuelve, vuelve. Y la gente dice: ah, ¿pero es que se había ido? Por eso, y en contra de la opinión general, hay que defender esta mañana el cartel que le han hecho al profeta reencontrándose con su pueblo (y con Carmen Lomana). Por dos razones:

• Una, que es la única manera de que el personal caiga en la cuenta de que Iglesias estaba ausente. Ha perdido tanto músculo mediático este partido que nadie se percata ya de si Pablo está en activo. Con lo que hemos sido, cariño.

• Y dos, porque el cartel retrata fielmente la idea, y la imagen, que tienen de Pablo Iglesias (y de Podemos) no sus adversarios sino los suyos. Los propios, Pablo.

La nueva política morada siempre se inspiró en las series de televisión y ahí sigue: promocionando la nueva temporada del hiperliderazgo Pablo Iglesias, masculino, por supuesto. Y singular. Este 'Juego de tronos' en el que sólo queda Pablo interpretando ya todos los papeles: el de Tyrion, el de John Nieve y el de la Khalessi. Y el de Cersei, también Cersei.

En la semana en que las mujeres reclaman su sitio, Podemos promociona el retorno de su macho alfa. El interés que despierta esta pareja es innegable. El lunes va Irene Montero y hace saber a la parroquia de Podemos que pronto tendrán una secretaria general. No porque lo diga ella, que ejerce (aunque no lo sea) de vicesecretaria. Sino porque es el signo de los tiempos.

Dos días después lanza Podemos la campaña promocional del regreso del hombre. Vuelve Pablo. Mire, si no fuera porque viven bajo el mismo techo galapagueño un pensaría que que él, el hombre, se ha sentido —criatura— amenazado en su trono de hierro.

Es tiempo de mujeres. Es tiempo de hombres candidatos. Es tiempo de propaganda.

Aquí tienen a Ortega Smith, subcomandante de Vox, haciéndose en Bruselas un Broncano.

Se salto la sesión del Supremo de ayer el abogado Ortega Smith porque la campaña tiene preferencia, también para él. Se plantó en Bruselas como si hubiera cruzado el Mediterráneo, superando tempestades, para plantarle cara al turco.

La nostalgia de lo que uno nunca vivió. La añoranza de un Lepanto. Esto de aventurar qué habría sido de la historia si la historia no hubiera sido como fue es un brindis al sol que sirve para inflamarse uno mismo el pecho pero que carece de cualquier rigor político. Pero aquí está el subcomandante para advertirnos de que el turco sigue ahí. El turco y el sirio y el afgano, enviándonos legiones de durmientes para invadirnos.

Le escuece a Vox, como le escocía a Podemos hace cinco años, que se le caracterice como partido euroescéptico. A ellos, que son la encarnación de las esencias y los principios europeos, eso dicen. Aman Europa, claro que sí. Pero detestan, aquí viene la palabra comodín, la burocracia. Que es como llaman los euroescépticos a la cesión de soberanía para tener políticas comunes de los veintisiete países. O veintiocho, porque el Reino Unido aún no se ha ido.

El viernes pasado lo dijo en este programa. Soraya Rodríguez. Que su discrepancia de fondo con Pedro Sánchez se llama separatistas.

El viernes confirmó que no repetiría (o no intentaría siquiera repetir) como candidata socialista al Congreso y ayer lo que anunció es que abandona el partido. No es una figura cualquiera la señora Rodríguez. Fue portavoz parlamentaria en la etapa de Pérez Rubalcaba. Una de las colaboradoras más relevantes que tuvo aquel secretario general que hoy prefiere no decir gran cosa sobre cómo (y hacia dónde) ha cambiado su partido.

A Sorara Rodríguez le preguntó anoche Juan Ramón Lucas si va a fichar por Ciudadanos.

No es un secreto que Albert Rivera anda buscando políticos con pedigrí de izquierdas para contrarrestar la idea de que, al pactar con el PP y con Vox en Andalucía, se ha derechizado.

Andalucía es la única región que le ha salido respondona a Pedro Sánchez en su afán por colocar ministros en las listas. Desde Ferraz se ha hecho saber a las direcciones provinciales que la ministra Montero será numero uno por Sevilla, que Marlaska lo será por Cádiz, que Planas tiene que ir por Córdoba y Guirao por Almería. Pero mira tú por donde en las votaciones de los militantes todos los ministros han quedado en posiciones muy discretas. Que es la manera que tiene el aparato susanista de decirle a Sánchez que empiece a negociar nombres y puestos porque el ordeno y mando de Madrid en el PSOE andaluz no funciona. Lo de Susana y Pedro es como lo de Cuéntame. No termina nunca.

No saldrán. No pasarán. Esto es lo que gritaban los cientos de personas que cercaron el edificio de la consejería de Economía catalana en 2017 cuando una comisión judicial se encontraba dentro revisando papeles para llevárselos al juzgado. Había llegado a primera hora la secretaria judicial, con los detenidos y la guardia civil, para proceder como se procede en estos casos. Registro, documentación y de regreso al despacho del juez. Pero aquel no fue un caso como los demás. Porque en la puerta se apostó cada vez más gente, con los Jordis dirigiéndose a la multitud y diciendo en un momento esto de saldrán cuando nosotros queramos.

Éste era el clima en el exterior que desde dentro del edificio pudo sentir, y ver, la secretaria judicial que ayer declaró como testigo.

En vista de la situación, y del temor (no sólo de la secretaria judicial, sino de los guardias que iban con ella) de que al salir por la puerta fuera identificada y corriera peligro, se baraja que dos Mossos d'Esquadra la protejan hasta el metro o abrir un pasillo entre la multitud con voluntarios reclutados por Jordi Sánchez. Pero ninguna de las dos opciones le parecen lo bastante seguras a esta mujer, para ella y para la documentación sensible que tiene que llevar consigo. De modo que ella llama al juez y es el juez el que insta a Trapero a que una solución que sí sea segura.

Y es ahí donde se abre camino el plan de sacarla por la azotea del edificio, que comunica a través de una terraza con el teatro Coliseum. Ya se ocupó TV3 de mostrar hace semanas cómo es esa terraza y cómo los dos efidificios están separados por un muro de un metro y medio de alto que esta mujer, con los Mossos, tuvo que saltar. Y por supuesto sacó TV3 a una señora de allí que explicaba que cualquiera con una escalerita puede hacerlo. Hasta yo, decía.

Una vez más, lo que se juzga en el Supremo no es si la secretaria judicial (cuya fotografía se apresuraron a difundir ayer en las redes activistas independentistas, para ficharla, para señalarla) tuvo que esforzarse mucho o poco para saltar el muro de esa terraza, sino por qué la Guardia Civil y los Mossos d'Esquadra tuvieron que plantearse varias formas de sacarla de allí o protegida o camuflada para que los pacíficos manifestantes no la identificaran. Lo que tendrá que valorar el tribunal es si el clima que se vivió en aquella manifestación, y que llevó a los guardias y a los mossos a descartar que esta mujer saliera tranquilamente por la puerta por lo que le pudiera pasar, constituye un episodio violento.