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OPINIÓN

Monólogo de Alsina: "El pacto de Rajoy y Sánchez es dejar hacer al monaguillo Torra pero teniéndole avisado de otro 155"

El episodio podría titularse "Pedro cogió su corbata". Pedro es Pedro Sánchez. Un señor alto que dirige el Partido Socialista y al que las encuestas, es verdad, no le están dando mucho aire. Pero él dirige el principal partido de la oposición. En abierta competencia antes con Pablo Iglesias y ahora, si usted quiere, con Albert Rivera (está más disputado el liderazgo de la oposición que la presidencia del gobierno). Quien más diputados tiene después de Rajoy es Sánchez. Y eso, mientras no haya nuevas elecciones, convierten a este señor alto en un dirigente político importante.

Carlos Alsina | @carlos__alsina |  Madrid |  16/05/2018

Corbata cada vez gasta menos Pedro Sánchez porque es una prenda en desuso y porque él entiende que a su imagen de joven cercano le convienen más los vaqueros y la camisa burdeos que el traje. Por eso el hecho de que ayer se trajeara y se encorbatara da idea de que su visita a la Moncloa no era un compromiso más que resolver cuanto antes. No es ésa la idea que el líder socialista quería transmitir ayer. Bien al contrario, el mensaje era que esto tiene relevancia máxima. ¿El qué? Cataluña, por supuesto. El nuevo presidente de Cataluña, séptimo desde el restablecimiento democrático del autogobierno y sus instituciones. El radical Torra, que mira por encima del hombro a los españoles y a los catalanes que hablan español y se sienten catalamente españoles. El integrista, dijo ayer Iceta en este programa.

El ascenso del integrista Torra al sillón vacante de presidente de la Generalidad, aupado por el procesado Puigdemont desde su sillón de orejas de Berlín, reunió en la Moncloa a estos dos hombres trajeados: Rajoy, presidente ocupado en salvar, mal que bien, las metas volantes que le separan de 2020; y Pedro Sánchez, aspirante escarmentado del coqueteo con la plurinacionalidad —aquello de cuántas naciones hay en la nación española— y persuadido de que la mayoría de sus votantes aplaude la firmeza del Estado frente a las operaciones puigdemoníacas para sabotear la legalidad democrática.

Quién le habría dicho a Rajoy, aquella noche de campaña electoral en que maldijo a Sánchez por llamarle indecente, que a la vuelta de dos años encontraría en él a su más fiel aliado en la aplicación, levantamiento y, si fuera oportuno, nueva aplicación del articulo 155. Porque a eso se reduce el pacto, ayer, de las corbatas: en dejar hacer, de momento, al monaguillo Torra y tenerle avisado de que el 155, igual que se aplicó una vez, puede volver a aplicarse. El PSOE como aliado y como aval para la política de esperar y ver del presidente.

Ayer la imagen era el mensaje: la sintonía total. Que lo sepa el nuevo, Quim Torra, que lo sepa su creador, Carles I de Alemania. Y que lo sepa Rivera, que —si nada cambia— mañana se plantará en la Moncloa con cara de acelga y para recriminarle a Rajoy que le esté dando oxígeno a Puigdemont y a su avatar, que haya buscado el burladero de la investidura de un presidente cualquiera para meter el 155 en el cajón y pagarle, así, al lendakari Urkullu la última deuda que con él había contraído.

Las curvas a la Moncloa llegan mañana. Las malas vibraciones. Cuando Rajoy le reproche a Rivera su doble cara y Rivera le reproche a Rajoy su costumbre de dejar sin resolver todos los problemas. "¿Cómo estás, aprovechategui?", le dirá Rajoy a Rivera.

"¿Cómo estás tú, amiguito del PNV?", le dirá Rivera a Rajoy. Y a seguir en la carrera por el voto mientras el serial vuelve por donde solía.

En el episodio de ayer hubo guerra de spoilers.

Si el nuevo personaje, QuimDeMont, adelantó a los espectadores que resucitará todos los argumentos paralelos que fracasaron en la temporada anterior.

El personaje fijo Sánchez anticipó que no va haber presupuesto para pagar las pretensiones del nuevo.

Porque el tema primero en el que se anuncia el choque es el dinero. La pasta que necesita gestionar a su antojo el avatar de Puigdemont para poder mantener en pie esto que llama Generalitat en el exilio.

La pretensión de Torra es que la manutención del de Berlín y su miniyo Toni Comín, el de Bruselas, la paguen los contribuyentes. Recuérdese que en el caso de que Comín quede libre por decisión de un juez belga o de que su maestro quede libre por decisión de tres jueces alemanes, seguirán viviendo en la mansión de Waterloo porque el día que pongan un pie en España, van para el juzgado de Llarena y, de allí, a la prisión preventiva. Vivir sin trabajar en Bélgica, y con mansión de alquiler, cuesta una pasta.

El objetivo es que todos estos pseudo organismos que pretende crear QuimDeMont —el Consejo de la República, la Asamblea de Electos, el Departamento Patriótico de Viajes y Vacaciones— los pague el pueblo soberano.

La escena de pareja fue el minuto más visto del episodio de ayer. Torra y Puigdemot alternandose, con el micrófono, en el escenario. Con el foco iluminando a uno mientras el otro permanecía en penumbra. Sintiendo Quim que bailaba por primera vez. Junto a ti, oh, oh. La escenografía, tan sobria. La coreografía, tan inexistente. La escena de amor. Independentista.

Flotando en su nube el presidente Torra. Este señor que habla como si ya viviese en un estado distinto al nuestro. Y que para convencernos de que él tiene amigos españoles —qué tolerante— se siente obligado a explicar antes que la empresa en la que trabajaba tenía delegación en Madrid. Porque en Cataluña, entiéndame, encontrar españoles no es posible.

Aquí está el séptimo presidente de Cataluña desde el restablecimiento del autogobierno dispuesto a viajar a Madrid para verse con Rajoy e intentar que trague con la autodeterminación y el referéndum.

Uno de los cuentitos que con más éxito ha colocado el independentismo es éste de que van por el presidente número 131 de la Generalitat de Cataluña. Como si fuera lo mismo el gobierno autonómico de hoy y la oficina de recaudación de impuestos del rey Jaime. Como si tuviera algo que ver la presidencia de la Generalitat de hoy con el obispo Berenguer de Cruilles de hace seis siglos y medio. Si acaso, y puestos a buscar coincidencias entre el abad de Sant Feliu y este vicario de Berlín, aquel era gerundense y muy partidario de la Inquisición. Gustaba de discriminar a los devotos de la fe verdadera de los herejes. Un poco como QuimDeMont con los catalanes independentistas, los pata negra, y los españoles en Cataluña, que son los otros.