En muchos pequeños pueblos de Castilla, donde ya no quedan tiendas, farmacias ni bancos, la llegada semanal de un vendedor ambulante se ha convertido en mucho más que una compra. Para muchos vecinos, sobre todo personas mayores, es también una visita esperada y una forma de seguir conectados con el exterior. Lorenzo Jiménez lleva casi 40 años recorriendo carreteras secundarias con un pequeño camión cargado de productos básicos. Heredó el oficio de su padre y empezó a trabajar con solo 18 años. En su vehículo lleva alimentos, productos de droguería y artículos de primera necesidad para abastecer a municipios cada vez más despoblados. Él mismo resume así su labor: “Tengo un camioncito pequeño que le tengo muy bien preparado con todo tipo de comestibles y droguería, y me voy por ahí a vender a los pueblos, a estos pequeños pueblos de Castilla que cada vez se están quedando sin gente”.
La despoblación ha transformado por completo su trabajo. Lorenzo recuerda que antes los veranos eran una época fuerte, porque las familias regresaban durante semanas a los pueblos. Ahora, en cambio, muchos solo vuelven unos días, coincidiendo con las fiestas. “Antes los veranos eran muy buenos”, explica, pero ahora “solo viene la gente a la semana de las fiestas”. Esa caída de población hace que cada vez sea más difícil mantener las rutas.
Entra, tómate un café conmigo, cuéntame, oye, qué tal
Aun así, Lorenzo sigue visitando pueblos donde apenas quedan unas pocas casas abiertas. Su trabajo ya no consiste solo en vender pan, leche o productos de limpieza. En invierno, cuando dispone de más tiempo, también se sienta a conversar con los vecinos. “Entra, tómate un café conmigo, cuéntame, oye, qué tal”, recuerda que le dicen en algunos pueblos.
Esa cercanía forma parte esencial del oficio. Después de toda una vida trabajando en las mismas rutas, Lorenzo conoce a sus clientes y ellos también lo conocen a él. “Sabemos de qué pie cojea cada uno y ellos igual de mí”, afirma. Desde los 18 años apenas ha dejado de trabajar, salvo una semana de vacaciones en septiembre con su mujer.
Nos une más la amistad que lo que vayas a ganar
El problema es que el futuro del oficio es incierto. La falta de relevo generacional, el envejecimiento de la población y la escasa rentabilidad de algunas rutas amenazan la continuidad de este servicio. Lorenzo reconoce que hay recorridos que ya no compensan económicamente, especialmente en invierno. Sin embargo, sigue haciéndolos por fidelidad a sus clientes: “No los dejo porque son de toda la vida”. En algunas rutas, admite, “nos une más la amistad que lo que vayas a ganar”.
En una España rural donde cada vez desaparecen más servicios, los vendedores ambulantes siguen cumpliendo una función esencial. Llevan productos básicos, pero también compañía, conversación y una presencia regular en lugares donde la soledad pesa tanto como la falta de comercios.
Por eso, cuando el camión de Lorenzo llega a un pueblo, no solo llega la compra. Llega alguien que pregunta, escucha y mantiene vivo un vínculo que ninguna gran superficie puede sustituir.
