El periodista y escritor Juan Echenique nos ha explicado hoy en Onda Cero que los Sanfermines, tal y como hoy se conocen, comenzaron a configurarse a finales del siglo XVI. Aunque la devoción al santo es anterior, fue en 1591 cuando la festividad pasó definitivamente de octubre a julio para hacerla coincidir con las ferias y los festejos taurinos, una decisión que dio origen al modelo de celebración que ha llegado hasta nuestros días. De hecho, recuerda que el 7 de julio no responde a un acontecimiento especialmente significativo en la vida de San Fermín, sino al calendario elegido entonces.
El escritor también repasa el origen de la devoción al patrón de Navarra, vinculada a la llegada de unas reliquias traídas por el obispo Pedro de Artajona a finales del siglo XII, hecho que impulsó el culto popular al santo.
Entre las curiosidades más llamativas destaca la historia del chupinazo. Aunque hoy constituye el acto que marca oficialmente el inicio de las fiestas, su origen es relativamente reciente. Los primeros cohetes comenzaron a lanzarse en la Plaza del Castillo en la década de 1920 coincidiendo con el repique de campanas, y fue en 1931 cuando Juanito Echepare impulsó el lanzamiento de un cohete como anuncio oficial de las fiestas.
En cuanto a la vestimenta blanca con pañuelo rojo Echenique ha explicado que esta costumbre nació en los años treinta gracias a la Peña La Veleta, cuyos miembros decidieron vestir de blanco para diferenciarse de los carniceros, habituales corredores del encierro, que utilizaban blusas negras. La iniciativa de Juan Marquina terminó extendiéndose hasta convertirse en la imagen universal de los Sanfermines.
También ha recordado que las mujeres tuvieron prohibido correr el encierro durante décadas y destaca cómo algunas costumbres surgidas de forma espontánea o incluso como pequeñas travesuras acabaron incorporándose al programa oficial. Es el caso del Riau-Riau, que comenzó como una gamberrada popular y terminó siendo uno de los actos más queridos de las fiestas.
Echenique confiesa que una de las cuestiones que más le sorprendió durante sus investigaciones fue comprobar la extraordinaria antigüedad de muchas tradiciones sanfermineras. Aunque las fiestas originales duraban únicamente cuatro días, ya incluían procesiones, actos religiosos y festejos taurinos muy similares a los actuales.
Para el autor, la fortaleza de San Fermín reside precisamente en esa capacidad para conservar su esencia mientras incorpora nuevas costumbres que, con el paso del tiempo, terminan convirtiéndose en auténticos símbolos de identidad compartida por pamploneses y visitantes de todo el mundo.
