Los molinos forman parte de uno de los patrimonios más singulares y menos conocidos de la huerta de Murcia. En Universo Maite, el espacio de divulgación de Confitería Maite dedicado durante este mes de marzo a la arquitectura y al patrimonio huertano, Pedro Jesús Fernández, presidente de la Asociación para la Conservación y Estudio de los Molinos, ha reivindicado el valor histórico, técnico y social del legado molinológico e industrial del municipio.
Durante la entrevista en Onda Cero Murcia, Fernández explicó que este patrimonio va mucho más allá de los molinos harineros. Según detalló, en la huerta murciana todavía se conservan más de 30 molinos hidráulicos sobre las acequias y algunos también en el río Segura, además de otros elementos asociados a la red tradicional de aprovechamiento del agua, como acueductos, norias, ceñas, almazaras o antiguas fábricas de pólvora. Un conjunto que, a su juicio, posee un enorme valor etnográfico e histórico y que, sin embargo, sigue siendo en gran medida desconocido.
El presidente de la Asociación para la Conservación y Estudio de los Molinos recordó que la evolución de estos ingenios está estrechamente ligada al desarrollo del territorio. Desde los primeros molinos de mano y los mecanismos movidos por animales, Murcia dio paso a una red de ingenios accionados por agua que definieron durante siglos la actividad económica de la huerta. A ello se suma la singularidad regional de los molinos de viento del Campo de Cartagena y del Campo de Murcia, caracterizados por la presencia de la vela latina, una seña diferencial frente a otros modelos peninsulares.
En Universo Maite, Pedro Jesús Fernández describió también cómo era un molino murciano típico, edificios de pequeñas dimensiones, normalmente de dos plantas, levantados sobre una acequia y dotados de dos o tres pares de piedras de molienda movidas por la fuerza del agua. No solo servían para transformar cereal en harina, sino también para moler pimentón o participar en otros procesos productivos vinculados al aceite, al vino o incluso a la fabricación de pólvora. En ese sentido, subrayó que estos espacios fueron durante mucho tiempo auténticos centros de trabajo, de innovación técnica y de vida económica.
En la entrevista que realiza Julián Vigara, también aborda la transformación que trajeron la industrialización y la llegada de nuevos materiales y fuentes de energía. Fernández explicó que algunos molinos fueron electrificados y dejaron de depender exclusivamente de la fuerza hidráulica, mientras que otros llegaron a convertirse en pequeñas fábricas de luz, anticipando lo que hoy serían minicentrales hidroeléctricas. También señaló cómo elementos tradicionales de madera, como algunas ceñas, fueron sustituidos con el tiempo por estructuras metálicas, especialmente entre finales del siglo XIX y principios del XX.
El experto reconoció que Murciaha perdido mucho, pero al mismo tiempo defendió que aún conserva elementos de enorme relevancia. Entre ellos destacó los Molinos del Río, en pleno centro de la ciudad, a los que definió como uno de los conjuntos arquitectónicos más importantes de Europa dentro de este ámbito. Aunque admitió que la parte museística presenta cierto deterioro, sostuvo que ese uso todavía puede recuperarse y seguir siendo una referencia para la divulgación del patrimonio hidráulico e industrial murciano.
Fernández enmarcó además el caso murciano dentro de un contexto más amplio, conectado con otras regiones de España, con Portugal e incluso con América. Recordó que en los congresos internacionales de molinología organizados por ACEM participan investigadores y especialistas de países como México, Colombia o Venezuela, y citó incluso estudios recientes sobre la fábrica de la pólvora de Murcia en relación con instalaciones similares levantadas por los españoles en territorio mexicano. A su juicio, existe un legado común que une a Murcia con otros puntos del mundo y que merece ser preservado para las generaciones futuras.
A la hora de elegir una historia de molino especialmente representativa de la huerta de Murcia, Pedro Jesús Fernández se decantó por el Molino Oliver, en Aljucer. Lo hizo no solo por su relevancia histórica, al haber sido durante siglos un punto esencial en la distribución del agua tras la Contraparada, sino también por su valor simbólico actual. Lo definió como un emblema de la lucha ciudadana en defensa del patrimonio de la huerta, un lugar que representa la oposición social a la desaparición de molinos, al derribo de elementos históricos y al entubamiento de acequias.
