Por Román Pérez González
‘La realidad y el deseo’ es un libro edificio que va construyendo Luis Cernuda durante toda su vida; en él dibuja las diferencias entre la búsqueda de la belleza en el deseo y el muro contra el que choca, la realidad. El poeta escribe esta obra que va puliendo cada vez, que se va convirtiendo en su manera de estar en el mundo.
La semana había sido diferente, el aguijón de la remontada express había picado y la UD llegaba al partido con la posibilidad lejana de dar un machetazo en sus opciones de jugar en Primera el año que viene, pero la realidad de un equipo que ha tenido la misma fórmula amarrategui todo el año pudo con ese deseo. El Zaragoza vino aquí moribundo y cuando el partido empezaba a romper a sudar ya se llevaron el cogotazo mortal con el gol del Cádiz y ahí surge un fenómeno que sólo se da en estas semanas: el partido sigue, pero en el aire, en el ambiente, en las sensaciones de uno de los equipos hay un sesgo distinto y todo lo que era algarabía, inmediatez, infinitud, de repente pasa a ser intrascendencia.
La UD, por su parte, necesitaba ganar y se adelantó al borde del descanso con un gol de Jesé tras aprovechar un balón al larguero. Tenía el botín y, como siempre, creyó que ya con ese gol tenía el objetivo y la segunda parte decidió sestear, no ya obsesionada por el resultado, sino como ya es habitual, dejando que el partido se fuera muriendo poco a poco, pero dándole vida a un rival que ya estaba en Primera REEF porque el Cádiz siguió marcando para ganar finalmente por 3–0.
En los minutos finales pudo llegar el 2–1 o el 1–2 perfectamente, pero el partido fue un calco de lo que ya hemos visto este año y que, es cierto, muchas veces ha salido bien, pero que supone jugar con fuego. Los cambios siguen siendo un debe del equipo; los cambiados siempre son los mismos, los desequilibrantes, Miyashiro, Pedrola ahora como antes era Ale García, jugadores de banda para dar entrada a siempre los mismos jugadores que un día responden y otro no, pero siempre suponen un dado lanzado al aire.
La UD, el fútbol en general, vive en una hipertrofia emocional y si la semana pasada esto era pura alucinación colectiva que podría resumirse en dos minutos mágicos y mucho tedio en medio, antes y después esta semana podríamos decir que estamos en la mismísima línea del abismo, con las playeras húmedas, las piernas cansadas y gravilla suelta.
Todo es cuestión de perspectiva, pero el equipo no ha dado muchos motivos para creer; puede hacerlo, sí, puede perder, por supuesto. Lo que sí tenemos claro es que salvo dos chispazos locos ante el Racing en casa y ante el Almería allí, el resto de duelo de este nivel hemos vuelto magullados. La realidad y el deseo, ya digo.
