Madrugo para hablarte de un partido entre dos equipos aficionados, el Atlético Unión Güimar, de Tenerife, y el Sporting Hortaleza, de Madrid. Era el partido de vuelta -en la ida ganaron los madrileños 1-0- y el que ganara entraba en el sorteo para jugar la primera eliminatoria de la Copa del Rey con un equipo de Primera División: Betis, Sevilla, Rayo o Getafe.
Hasta ahí todo bien. Entendemos que lo que está en juego es importante para ellos y que haya cierta tensión por la clasificación.
El partido se jugaba en Güimar, que está a una media hora en coche al sur de Santa Cruz de Tenerife. El autobús del equipo visitante fue recibido a pedradas por un grupo de violentos, que durante la semana ya amenazaron a sus rivales en redes sociales y también a sus parejas. Con una sensación de inseguridad alarmante, porque denuncian que algunos de ellos portaban un machete incluso.
El Sporting Hortaleza se negó a jugar. Los aficionados y familiares que viajaron ni siquiera se acercaron al campo y se quedaron en el hotel.
Es verdad que varios miembros de la Guardia Civil se desplazaron para controlar todo y el árbitro reflejó en el acta que la seguridad, con su presencia, estaba garantizada, pero jugar no es una obligación y eso de que el show debe continuar no es aplicable.
Estamos hablando de equipos de divisiones provinciales. Aficionados que hoy darán clase en un colegio, conducirán un taxi, atenderán un comercio, servirán un café, se subirán a un andamio o irán a la facultad a estudiar. Entiendo que se planten y no pasen por el aro. No podemos normalizar el insulto ni la amenaza, a pesar de que ahora un Comité les dé el partido por perdido.
Si hay sentido común, el partido se jugará en un campo neutral. Si no, dará la impresión de que los violentos han conseguido lo que buscaban: que el miedo se imponga.

