Madrugo para contarte que sigue la campaña por el Balón de Oro, al estilo de las municipales que nos contarás tú en unos meses. En esta, Lamine Yamal y Kylian Mbappé se están empleando a fondo. No tanto como Óscar Puente y Miguel Tellado porque, de momento, se respetan, pero sí se reconocen, cada uno a sí mismo, como los potenciales ganadores.
No estábamos acostumbrados a este goteo de declaraciones entre futbolistas que pretenden rascar cada voto indeciso que esté perdido en alguno de los países con periodistas designados para elegir. Messi y Cristiano nunca lo hicieron o nunca necesitaron hacerlo. Eran otros tiempos y llegaban a la entrega del galardón en París conscientes de quién lo había merecido ese año o si tenían opciones reales de ganarlo. Sorprendió que fuera para el argentino el de 2010 y no para Xavi o Iniesta, Modric trincó el de 2018... pero poco más.
La explicación de la excesiva exposición de Lamine y Mbappé es que, realmente, ninguno hizo una temporada redonda, ninguno es el indiscutible merecedor del Balón de Oro. De hecho, con los mismos argumentos, podrían optar al premio Harry Kane o Dembelé, también Fabián Ruiz y ojo con el propio Messi, que se quedó a las puertas de su segunda Copa del Mundo.
No me acostumbro, Rafa. Y no quiero parecer antiguo, pero no sé si las campañas serán realmente efectivas. Es como un sprint desesperado por no perder ninguna oportunidad pensando en que cualquier voto va a decidir el resultado final. ¿Pactarían sentarse juntos en el teatro de París si el ganador es Harry Kane?
Empieza a empachar la ingestión de tanto azúcar por adulación propia.
