Hace seis décadas, conseguir que una persona sobreviviera gracias al órgano de otra era una proeza médica. Hoy, el reto de los trasplantes va más allá de que la operación salga bien: consiste en lograr que el órgano dure el máximo tiempo posible, evitar el rechazo y reducir la dependencia de los medicamentos inmunosupresores que los pacientes deben tomar durante años, a menudo de por vida.
Ese es el desafío que aborda 'Trasplantes sin rechazo' en Más de uno Carlos Alsina, que se adentra en una de las líneas de investigación más prometedoras del Hospital Universitario La Paz, en Madrid. A través de los testimonios de Nora y Yassine, y de las explicaciones de los doctores Antonio Pérez Martínez y Francisco Hernández Oliveras, el espacio muestra cómo la combinación de un trasplante de órgano con la administración de células madre hematopoyéticas puede ayudar al sistema inmunitario a tolerar el órgano recibido.
La historia tiene una dimensión científica, pero también profundamente humana. Detrás de cada avance hay pacientes que han vivido durante años pendientes de una diálisis, de un nuevo rechazo o de la posibilidad de volver a pasar por el quirófano. Y detrás de cada resultado, un equipo médico que busca transformar la manera de entender el éxito de un trasplante.
De sobrevivir a la operación a conservar el órgano durante décadas
El recorrido histórico que abre las entrevistas recuerda cuánto ha avanzado la medicina. El 23 de julio de 1965, el equipo del doctor Josep Maria Gil-Vernet realizó con éxito el primer trasplante renal en España, en el Hospital Clínico de Barcelona, después de dos años de preparación y experimentación. Dos años más tarde, el 3 de diciembre de 1967, Christiaan Barnard llevó a cabo en Sudáfrica el primer trasplante de corazón humano.
Desde entonces, los trasplantes han salvado innumerables vidas. Sin embargo, el éxito inicial de la intervención no garantiza que el órgano vaya a acompañar al paciente durante toda su vida. Como explica el doctor Antonio Pérez Martínez en la entrevista, cuando se amplía la mirada al largo plazo, el panorama cambia: aproximadamente la mitad de los órganos trasplantados pueden haber tenido que ser sustituidos al cabo de veinte años.
El rechazo es uno de los motivos, pero no el único problema. Los medicamentos inmunosupresores, imprescindibles para evitar que las defensas ataquen al órgano trasplantado, también pueden tener efectos secundarios importantes, entre ellos un mayor riesgo de infecciones y determinados cánceres. Por eso, el objetivo de la investigación no es únicamente evitar que el organismo rechace el injerto, sino conseguir que necesite menos medicación para mantenerlo.
Nora: cuatro décadas de enfermedad y una nueva oportunidad
Nora conoce de primera mano el coste físico y emocional de vivir con una enfermedad renal. Sus primeros síntomas aparecieron cuando tenía ocho años y, a los trece, comenzó la diálisis peritoneal, que aprendió a realizar en casa mientras intentaba mantener una vida lo más parecida posible a la de cualquier niña o adolescente.
Su primer trasplante llegó en 1988, cuando tenía dieciséis años, pero el riñón fue rechazado al cabo de un mes. El segundo, realizado en 1991, también acabó fallando. La noticia supuso un golpe especialmente duro: con veinte años, Nora tuvo que volver a afrontar la diálisis y la incertidumbre sobre su futuro.
La tercera intervención cambió su historia. El riñón trasplantado en 1991 funcionó durante 28 años, hasta que empezó a deteriorarse. Para entonces, los trasplantes anteriores y las transfusiones que había recibido habían generado una elevada cantidad de anticuerpos, lo que dificultaba encontrar un órgano compatible. La opción de recurrir a un donante vivo de su familia abrió una puerta: dos de sus hermanos resultaron compatibles y uno de ellos, Iñaki, lo era plenamente.
El procedimiento parecía encaminado cuando llegó la pandemia y el programa de trasplantes tuvo que paralizarse. A finales de 2020, cuando Nora estaba cerca de necesitar de nuevo diálisis, sus médicos le plantearon una alternativa distinta: combinar el trasplante de riñón de su hermano con una infusión de células madre hematopoyéticas procedentes del mismo donante.
La finalidad era inducir una tolerancia inmunológica, es decir, conseguir que el sistema de defensas de Nora aprendiera a reconocer el órgano como algo que no debía atacar.
La paciente aceptó. Primero recibió el riñón y, cinco días después, comenzó el tratamiento hematológico, que incluyó un proceso para preparar su médula ósea antes de recibir las células de su hermano. El aislamiento durante la pandemia y la dureza física y psicológica del procedimiento hicieron que el camino no fuera sencillo. Sin embargo, el resultado fue esperanzador: no presentó los problemas de rechazo que habían marcado su historia y, con el paso del tiempo, pudo reducir considerablemente la medicación.
Nora explicó a Alsina que había pasado de tomar varios fármacos a mantener un único inmunosupresor en una dosis muy baja, con la esperanza de seguir reduciéndola bajo supervisión médica. Su caso no ha culminado en la retirada completa de la inmunosupresión, pero demuestra el potencial de la estrategia para disminuirla y proteger el injerto.
Yassine: cuando el trasplante afecta a varios órganos
La historia de Yassine muestra la complejidad de los casos en los que una enfermedad obliga a sustituir varios órganos. Cuando tenía quince años, su situación era crítica después de que fracasara un segundo trasplante multivisceral. La intervención que recibió en La Paz incluyó órganos de la cavidad abdominal y se combinó con una estrategia celular destinada a favorecer la tolerancia inmunológica.
A sus 21 años, Yassine contó en Más de uno que se encontraba mucho mejor y que la operación le había permitido seguir adelante con su vida. También reconoció que, antes de la intervención, vivía con la incertidumbre de no saber qué podía sucederle.
Su caso ilustra por qué los investigadores consideran especialmente importante avanzar en este terreno. En los trasplantes multiviscerales, el objetivo no es recuperar la función de un solo órgano, sino restablecer la de un conjunto de órganos esenciales para la vida. La experiencia de La Paz apunta a que la combinación de trasplante y terapia celular puede abrir nuevas posibilidades también en situaciones de gran complejidad.
Educar al sistema inmunitario para que no rechace
El doctor Francisco Hernández Oliveras explicó durante la entrevista que prefiere hablar de "educar" al sistema inmunitario antes que de engañarlo. Las defensas del organismo están preparadas para distinguir lo propio de lo ajeno y combatir aquello que consideran una amenaza. La investigación pretende aprovechar la capacidad de adaptación de ese sistema para que aprenda a tolerar el órgano trasplantado.
Las células madre hematopoyéticas son células capaces de generar las distintas poblaciones celulares de la sangre, incluidas células implicadas en la respuesta inmunitaria. Al introducir células del donante en el receptor, los investigadores buscan crear una convivencia inmunológica que favorezca la aceptación del injerto.
El proceso puede generar temporalmente una situación conocida como quimerismo, en la que coexisten células procedentes del donante y del receptor. Según explicó Hernández Oliveras, la proporción de células del donante y el tiempo durante el que permanecen pueden influir en las posibilidades de alcanzar esa tolerancia.
La técnica requiere una coordinación estrecha entre equipos que tradicionalmente han trabajado por separado: los responsables del trasplante de órganos y los especialistas en hematología y terapia celular. También exige procedimientos complejos de obtención, selección y preparación de las células, especialmente cuando proceden de un donante fallecido. ç
En estos casos, además, es necesario explicar a la familia donante que la intervención puede incluir la extracción de médula ósea, además de los órganos.
La investigación no parte de cero. Los médicos recuperan una idea que lleva décadas estudiándose y que se inspira, en parte, en fenómenos de tolerancia observados en la naturaleza. Durante años, el trasplante de órganos sólidos y el trasplante de médula ósea evolucionaron por caminos diferentes. Las complicaciones de los trasplantes intestinales y multiviscerales han contribuido a acercar ambos campos, impulsando nuevas formas de colaboración.
Medir la tolerancia, además de conseguirla
Uno de los avances que destacó el equipo de La Paz es la posibilidad de identificar una firma genética asociada a la tolerancia inmunológica. No basta con observar que un órgano funciona o que el paciente no presenta síntomas de rechazo: también es importante disponer de herramientas que permitan evaluar qué está ocurriendo en su sistema inmunitario.
Según explicó Hernández Oliveras, la identificación de esa firma genética permite valorar con mayor precisión si se ha producido el proceso de tolerancia buscado. El equipo considera que este conocimiento puede ayudar a determinar cuándo es posible reducir la inmunosupresión con mayor seguridad.
Esa precisión resulta fundamental porque el objetivo último es minimizar los riesgos sin poner en peligro el órgano trasplantado. Aunque la estrategia ofrece resultados alentadores, no significa que todos los pacientes puedan abandonar la medicación ni que el rechazo haya dejado de ser una posibilidad en el conjunto de los trasplantes. Como señaló el propio especialista, la inmunosupresión sigue siendo necesaria durante el proceso y puede mantenerse durante uno o dos años, o más, según las circunstancias clínicas.
En el caso de Nora, el resultado ha permitido reducir la medicación de forma notable, pero ella misma reconoce que la retirada completa no se ha conseguido. La prioridad sigue siendo preservar el riñón de su hermano, que considera un auténtico tesoro.
Una medicina que mira más allá del quirófano
La conversación de Carlos Alsina con los investigadores y los pacientes deja una idea central: el éxito de un trasplante no debería medirse únicamente por la intervención quirúrgica ni por la recuperación inmediata. También hay que preguntarse cuánto tiempo funcionará el órgano, qué calidad de vida tendrá el paciente y qué consecuencias puede acarrear la medicación necesaria para evitar el rechazo.
La experiencia del Hospital La Paz representa un paso hacia una medicina más personalizada, que busca adaptar la respuesta inmunitaria del paciente y reducir los efectos adversos de los tratamientos prolongados. Los resultados descritos son prometedores, aunque la técnica continúa siendo compleja y no permite garantizar una tolerancia definitiva en todos los casos.
Nora y Yassine ponen rostro a ese avance. Sus historias recuerdan que detrás de cada investigación hay años de enfermedad, decisiones difíciles, familias dispuestas a donar y profesionales que trabajan para ampliar las posibilidades de la medicina.
Desde los primeros trasplantes renales de los años sesenta hasta las terapias celulares actuales, el camino ha sido largo. El siguiente gran paso podría consistir en lograr que el organismo no se limite a convivir con el órgano recibido, sino que aprenda a aceptarlo. Esa es la promesa —todavía en desarrollo, pero ya con resultados esperanzadores— de los trasplantes sin rechazo.

