Suelo defender que hay profesiones malditas para aquello del retiro suave y sin polvaredas.
Entre ellas, la de futbolista. Siempre intentando arañar el último contrato. Siempre deseoso del siguiente título. Siempre argumentando que la molestia es pasajera, que el despiste fue por el compañero y que la carrera no dada es por optimizar esfuerzo. ¡Todo controlado!
No es fácil decirte a ti mismo antes del ecuador vital que tu profesión te expulsa. No hay terapia que amortigüe el frenazo.
Los irredentos seguidores de Cristiano Ronaldo no tienen palmas de aplaudir una trayectoria descomunal jalonada de méritos. Abnegación, dedicación y métodos monacales para retrasar lo inevitable. Para detener a la biología y encerrarla en una acorazada de 12 candados.
Pero el ojo futbolero tiene criterio y memoria y lo último del portugués era una propina un tanto usurpada. Te vas a Arabia a sentirte joven, (que es como si Bisbal se afilia a un club de disfónicos), mientras engordas la saca y reservas tu templo corpóreo para tu selección.
Y logras tus pinitos a costa de lastrar el sistema. Lo vimos en el mundial. Roberto Martínez fue humano más que entrenador y el sucesor quiere cruzar sus metas sin una previa condena. Cris, Jorge Jesús quiere matarte poco a poco.
Y tú eres más de final de leyenda con dosis de tragedia. Yo te entiendo.

