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OPINIÓN

VÍDEO del monólogo de Carlos Alsina en Más de uno 18/12/2018

Hace un año estábamos despidiendo una campaña electoral inédita en Cataluña. Hoy estamos superando la última meta volante antes del juicio.

Ondacero.es |  Madrid |  18/12/2018

Hace un año los catalanes se preparaban para acudir por primera vez a unas elecciones autonómicas que no había convocado el presidente de la Generalitat sino el presidente del gobierno de España. La autonomía estaba intervenida, todo el gobierno catalán había sido destituido, el artículo 155 se había aplicado por primera vez en la historia, Junqueras ya estaba en prisión preventiva, Puigdemont ya se había escaqueado y los partidos independentistas habían tragado con concurrir a aquellos comicios por más que dijeran que eran una provocación y un abuso.

Un año después, el Tribunal Supremo ventila hoy la última cuestión antes de empezar a juzgar los hechos que desencadenaron todo aquello y los actos de quienes, desde el poder, incurrieron presuntamente en actividades delictivas. Será en enero cuando veamos trasladar a Junqueras y los otros procesados desde las cárceles catalanas hasta Madrid, con huelga de hambre o sin ella. Será en enero —aún no está fijada la fecha— cuando empiece el desfile de testigos y especialistas por el estrado. Hoy quienes acuden son sólo los abogados. Abogados de las defensas, fiscales, la abogacía del Estado (diluida por la ministra Delgado) y la acusación popular, o sea, el abogado de Vox. Al partido de Abascal se le va a juntar su estado de gracia demoscópico (las encuestas le sonríen de pronto) con el fabuloso escaparate que para él van a ser las primeras sesiones de este juicio. Las primeras porque serán ésas las que más expectación levanten.

Vox sabe que el motivo principal que está llevando a miles de votantes a simpatizar con sus siglas es la cuestión catalana (el trío Puigdemont-Torra-Rufián es una máquina imparable de generar votantes de Vox) y no va a dejar pasar la ocasión de hacer bandera de este procedimiento judicial. Alimentando la idea de que nunca habría habido juicio de no ser por ellos.

Lo que hoy van a sostener las defensas es lo ya conocido: que el juicio no debería celebrarlo el Supremo sino el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña. Es una formalidad que hay que pasar porque no hay un solo motivo serio que pueda llevar al Supremo a plantearse a estas alturas que el juicio se celebre en otro foro que no sea éste. Será un tribunal de jueces del Supremo quien juzgue lo que pasó y será Manuel Marchena quien lo presida.

Hace un año nos estábamos preguntando si el independentismo, dividido, perdería la mayoría absoluta en el Parlamento de Cataluña. Hoy estamos preguntándonos si el independentismo, dividido, calentará la calle el viernes para montarle a Pedro Sánchez un buen pollo.

Ayer el presidente del gobierno, en charleta con periodistas en Moncloa (hubo copa navideña) incidió en esto de la división del independentismo, vieja esperanza de los gobiernos españoles para hacerse creer a sí mismos que será esa divergencia lo que acabe por enfriar para siempre el proceso. El souflé que diría Pasqual Maragall. El souflé que iba a bajar pero resulta que no dejó de subir. Con la ayuda del PSC, abrazando con alborozo aquel caballo de troya llamado el derecho a decidir.

El presidente Sánchez les explicaba a los periodistas lo relevante que es esta disparidad de criterios entre los puigdemones y los de Esquerra cuando pronunció una frase coloquial que hoy aparece en grande y entrecomillada en unos cuantos medios. No había micrófonos, no había cámaras, no hay documento ni sonoro ni gráfico de esa frase. Porque no pretendía el presidente hacer una declaración, sino cambiar impresiones. La frase dice: “No se ponen de acuerdo ni para hacer una huelga de hambre”. Que tampoco es una opinión, es la constatación de un hecho. Si acaso se le puede reprochar al presidente que le dé importancia a esa falta de acuerdo, en la huelga de hambre o en lo que sea. Pero, como le ocurre siempre a Sánchez, su frase la ha agarrado al vuelo el independentismo militante para rasgarse las vestiduras alegando que el presidente se toma a broma el sacrificio de los reclusos preventivos que, porque ellos quieren, no comen.

Le ha faltado tiempo a Puigdemont, el fantasma de las Navidades pasadas, para decir que Sánchez ha tenido la indecencia de reirse. “Aquest home es molt poc seriós”, ha escrito. Traducido: que Sánchez es muy poco serio. Que es un diagnóstico que no hace sólo Puigdemont, es verdad, pero hombre, que lo haga Puigdemont. A quién le va a hablar este ciudadano de seriedad. El prófugo, el que daba entrevistas paseando por un bosque, el que se ha montado en Waterloo una mansión gratis total desde donde se aparece en plasma gigante a sus feligreses para colocarles sus sermones. Tenemos al de Waterloo exigiendo seriedad y a su peón Torra exigiendo valentía. Ver para creer, señora.

Está dividido el independentismo, sí que lo está. Pero ya lo estaba cuando Puigdemont llegó a la presidencia de la manita de Artur Mas e inició un matrimonio de convivencia, mal avenido, con Oriol Junqueras. Ya estaban a tortas cuando gobernaban juntos y acabaron, chic to chic, proclamando la independencia de Cataluña.

Quince días después del sorpresón electoral en Andalucía, Moreno Bonilla lamenta que el acuerdo con Ciudadanos no fragüe más deprisa. Él querría llegar al final de la próxima semana, cuando se constituirá la mesa del Parlamento, con un programa de gobierno y un reparto de consejerías ya cerrado. La versión oficial dice que ayer la negociación se atascó. Sin que termine de entenderse qué justifica ese atasco dado que no ha pasado nada que ninguno de los partidos no supiera que iba a pasar.

Ciudadanos cumple con su guión de poner cara de acelga ante cualquier negociación con Vox y el PP andaluz cumple con el suyo de tener contento a Vox para que haga posible la investidura de Moreno Bonilla. La versión oficial dice que a Marín le ha indignado sobremanera enterarse por la prensa de que Moreno ya se ha visto con Vox (tampoco parece que esté tan indignado Marín como se dice) y que va a insistir en que sea el PSOE quien se abstenga para hacer posible el cambio.

Más que negociación lo que está habiendo entre estos dos actores es escenificación. Tienen dicho que es una negociación y está obligados a que parezca muy difícil, con enormes obstáculos, y muy dura. Puede que sea verdad que se ha atascado, pero antes de que termine el año le habrán metido la ventosa y habrán resuelto el atasco. Por la cuenta que les trae a ambos.