Esta noche soñé que despertaba.
Y se me había metido el carnero en casa. Me habían alertado los gritos de los vecinos, que decían: ‘¡La cabra, Alsina, la cabra!’ No creas que no saben distinguir una cabra de un carnero, por supuesto que saben, tenemos largas conversaciones los domingos sobre ganado ovino, pero era la forma rápida de avisarme de que no era un carnero cualquiera el que se estaba zampando mis plantas, sino el carnero legionario (colega de novios de la muerte, poca broma). ¡Baraka, Baraka’, le grité (sé que se llama Baraka porque se lo escuché contar a Arancha Martín hace un año), ‘Baraka, suelta el potos que no te va a sentar…’ Pero ya no había potos. ‘El ficus no, Baraka, el ficus no que es de plástico’, pero ya no había ficus. Sentí que me iba a dejar la casa como la de Amón, que sólo tiene un cactus. Resiliente, eso sí, aguanta como un campeón aunque no se le haga ni caso.
A mí, más que la deforestación de mi salón, lo que me preocupaba es que el carnero llegara tarde al desfile y se perdiera los aplausos. Como no sé de qué pie cojea políticamente, probé con la psicología inversa: ‘Baraka, que te vas a perder los abucheos al presidente’. Oye, ni se inmutó. Dije: ‘A ver si el carnero es sanchista sobrevenido, como Marlaska’. Pero, entonces, giró la cabeza y me miró con un gesto de severidad que maldita la hora en que hice la broma. Yo, la verdad, no recordaba si un carnero embiste, pero por si acaso me parapeté tras un poster del almirante López Calderón que tengo en casa. El almirante es el JEMAD, que significa jefe del Estado Mayor de la Defensa y es un cargo que la mayor parte de la gente ni sabe qué es ni nunca se ha interesado. Mejor, eso es que en el Ejército también hay normalidad democrática. El caso es que el carnero legionario vio al JEMAD y se le endulzó la mirada. Créetelo. Hasta hizo como un sonido de amor al prójimo. Y eso que López Calderón es marino y Baraka no se sube a un barco ni cumpliendo órdenes.
‘Baraka’, le insistí, ‘que vas a llegar tarde y me va a culpar a mí la ministra’. Ahí me pareció que sonrió el muy cabra. Yo imagino a Margarita enfadada y confieso que me tiemblan las piernas. No soy el único, creo. Hasta en el presidente percibo un no sé qué. Como de no acercarse mucho para evitar riesgos. El resto de ministros, sin embargo, a quien temen en estado de cólera es al presidente, o eso me contó una vez una persona que decía tener acceso directísimo a todos los secretos de la Moncloa y que es posible que sólo fabulara, lo que en periodismo se conoce como una fuente bien informada.
Conseguí que el carnero me hiciera caso y se dejara poner la correa de la perra. Puede que le quedara un poco justa, pero es lo que yo le dije: ‘Baraka, hace destacar tu hermoso cuello’. Al desfile llegamos por los pelos. Mis vecinos abrieron paso retirando los cubos de basura y un joven que nos notó apurados nos prestó su patinete. Como yo no había conducido un patinete nunca le cedí al carnero el volante. O el manillar. Como se llame. Él demostró una resolución conduciendo, un talento para coger las curvas y una habilidad para el derrape que estaban los policías municipales maravillados. ‘En la legión nos preparan para todo’, creí entender que me decía. ‘¿Ahora sabes hablar?’, le dije. ‘Ahora y antes, haberme preguntado’.
Aparcó el patinete marcha atrás a la primera y se fue a buscar a su unidad al trote. Nada más perderle de vista sentí que ya le añoraba. En la grada de autoridades estaban ya mezclados las ministras, los barones y los dos líderes de la oposición, que ya iban a todos los actos en pareja (y cogidos de la mano) para que el pueblo se habituara. Hasta un beso se dieron. A Sánchez lo abucheaba un señor con voz de pito: ‘Fuera de aquí’, le decía, ‘que tú ni has hecho la mili, traidor a la patria’. El señor se confundía porque quienes no hicieron la mili son Abascal, Feijoo y Margarita. Como yo, vamos. Y quien sí la hizo, una cosa corta e indolora, fue Sánchez. Que ejerció de soldado cuando ni él era sanchista. Y que desfilaba siempre de los primeros porque es el privilegio de los altos. La discriminación de los bajitos nunca le conmovió, me temo. Me lo temo yo y se lo teme Martínez Almeida. Que no se entere el profesor Rodríguez Braun, pero a los altos soldados que desfilan en cabeza se los llama gastadores.
Estaba yo calculando estaturas de la gente cuando llegaron los reyes, el señor con voz de pito cesó en su abucheo y sonaron, alto y claro, los aplausos. Leonor se conducía con un aire marcial tal que sólo su madre conseguía ganarle. Pensé para mí que igual es la reina quien, a estas alturas, tiene más mili.

