Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar, recoger datos estadísticos y mostrarle publicidad relevante. Si continúa navegando, está aceptando su uso. Puede obtener más información o cambiar la configuración en política de cookies.

Disfruta de la app de Onda Cero en tu móvil.

OPINIÓN

Monólogo de Alsina: "Moderen su euforia los Casado, Rivera y Abascal, las elecciones no significa que no va a seguir gobernando Sánchez"

Lo que se acaba es la legislatura. Nada menos que eso, pero sólo eso. Todo lo demás, sigue.

Carlos Alsina | @carlos__alsina |  Madrid |  14/02/2019

play

Se acaba una legislatura que ha sido una montaña rusa llena de giros inesperados y vuelcos imprevistos. Pero no se acaba (o no tiene por qué acabarse) el gobierno de Pedro Sánchez. Y no se acaban ni los desafíos ni los problemas que España sigue teniendo. Incluida la cuestión catalana y el empeño independentista en forzar al resto de España a aceptar la autodeterminación.

Moderen su euforia los Casado y los Rivera porque una cosa es que haya elecciones inminentes y otra que eso signifique que ya no va a seguir gobernando el PSOE. Es verdad que Tezanos ha arruinado el crédito del CIS —es verdad—, pero en todas las encuestas de intención de voto que se vienen publicando desde hace meses el PSOE aparece como partido ganador de las elecciones. Y que el poder le ha sentado bien electoralmente: hace un año el socialismo parecía desahuciado, relegado a pelear con Podemos por la hegemonía de la izquierda, y hoy está liderando los sondeos. De manera que lo que Pedro Sánchez no consiguió ni en 2015 ni en 2016 sí puede conseguirlo dentro de dos meses. Y puede conseguir también forjar una mayoría parlamentaria de verdad, suficiente y cohesionada en torno a un programa de gobierno, que le permita desplegar un proyecto para cuatro años.

La avería principal que ha sufrido este gobierno —y se ve con claridad ahora que sabemos a dónde ha llegado— es haber surgido de un subidón de temperatura (el calor del momento) que no tenía plan de acción para el día siguiente. La moción de censura coronó a un presidente que no había llegado a negociar un compromiso de estabilidad con los partidos que le auparon y que sólo alcanzó a alcanzarlo luego con Unidos Podemos. Porque para descabalgar a Rajoy, minado por los casos de corrupción de su partido con el colofón de la sentencia de la Gürtel, no necesitaron pactar nada los partidos. Todos estaban deseando hacerlo. Para lo que vino después tampoco habían pactado nada. No hubo programa de gobierno y no ha habido mayoría parlamentaria cimentada.

Nunca sabremos qué habría ocurrido de haber convocado estas elecciones el minuto después de ganar la moción de censura —cuanto antes, como él mismo dijo—, pero cabe pensar que habría llegado a esas urnas el PSOE y su secretario general con mejor cartel, y menos rotos, que después de estos ocho meses de vaivenes y contradicciones. Ahora pondrá a prueba el presidente-candidato este mensaje que ya es su primer argumento de campaña: él representa el centro moderado y dialogante. A un lado tiene a las derechas, así, en plural, sin matices entre su antiguo aliado Rivera, Casado y Abascal; al otro lado a los independentistas intransigentes que exigieron la autodeterminación para sostenerle. Así que él ha hecho lo que ha podido. Ha subido el salario mínimo, ha recuperado la sanidad universal, ha exhumado a Franco (esto lo tiene aún pendiente), pero sus 84 diputados (o los 155 que suma con Podemos) no dan para más. Ya difundió anoche el departamento de autopromoción de la Moncloa un resumen de lo que sí ha hecho el gobierno y lo que no le han dejado hacer. Ésa va a ser la campaña electoral.

Si compartirán los votantes ese resumen de lo que ha sucedido lo sabremos cuando se cierren las urnas. Renunciar a seguir gobernando a base de decretos neutraliza la acusación de la oposición de que el presidente se agarra al cargo a cualquier precio. Atribuir el naufragio al abandono de sus antiguos socios neutraliza la acusación de estar pagándoles a Junqueras y Puigdemont las letras de la hipoteca. Y poner las urnas desactiva, porque queda cumplida, la reclamación de los manifestantes del domingo en Colón. Ya están aquí las elecciones que pedían.

Ahora la oposición tendrá que afinar con los argumentos. No parece posible afirmar, en rigor, que Sánchez haya rendido el Estado al golpismo o haya vendido los derechos de nadie. En su negociación con Puigdemont y Junqueras a través de personas interpuestas ha habido confusión, cálculos equivocados y una inquietante frivolidad en la forma de conducirla y en la forma de exponerla a la opinión pública. Nunca sabremos tampoco qué habría sucedido si Iceta no hubiera desvelado la semana pasada el asunto del relator y si Calvo no hubiera fracasado en su intento de hacerlo pasar por una menudencia. Ha existido una mezcla nociva entre la negociación presupuestaria y la negociación de la cuestión catalana, metiendo en el pack de manera irresponsable a la abogacía del Estado. Y todo ello le ha sido reprochado a Sánchez desde dentro de su propio partido. Pero de ahí a decir que se ha plegado a las exigencias de Torra va un trecho que no es posible recorrer sin distorsionar interesadamente los hechos.

Las elecciones serán en diez semanas.

Si las gana Sánchez y si Sánchez gobierna, ya no podrán seguir llamándole okupa.

Vino a ser el turno de réplica de la fiscalía a los abogados defensores en el juicio del Supremo. El fiscal Zaragoza negando que él sea el inquisidor que quema independentistas en la hoguera por ser independentistas. No es su ideología lo que se juzga, son sus acciones y sus hechos. Esto que comentamos el martes aquí: Junqueras, Forcadell, Turull llevaban años haciendo política independentista sin que nadie iniciara contra ellos acción penal alguna. Lo que cambia es que en octubre de 2017 intentaron tumbar el orden constitucional.

Esto mismo que ayer surgió también en la entrevista en este programa a Joaquim Torra. Que si fuera su ideología de lo que se le acusa, si fuera delito haber participado en el referéndum ilícito, él mismo tendría que estar procesado. Y no lo está.

No es verdad que esté procesado todo el independentismo. Y de hecho, Joaquim Torra se ha cuidado, desde que es presidente, de no firmar un solo papel que pudiera comprometerle. Ni él ni Roger Torrent han dado un solo paso que pudiera causarles problemas judiciales. Porque ambos saben cuál es la diferencia entre hacer un discurso y cometer un delito. Justo eso es lo que les reprochan la CUP y la Asamblea Nacional Catalana: que mucho hablar pero poco arriesgar. Y que por eso no ha dado un solo paso para, como diría él mismo, hacer efectiva la República Catalana. Bien claro lo admitió ayer: en Cataluña lo que está en vigor es el Estatut y la Constitución española. A pesar de Puigdemont y a pesar de Oriol Junqueras.