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OPINIÓN

Monólogo de Alsina: "Iglesias sigue sin explicar ni a los suyos ni a nadie por qué en tres años su partido ha caído en picado"

Es la frase de la mañana. Que lo de Rafa Nadal no es de este mundo.

Carlos Alsina
  Madrid | 10/06/2019

Da igual como llegue a la final. Da igual que haya tenido un año de lesiones, de bajones, de dudas. Al final siempre llega París —siempre queda París— yla tierra es suya.

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Campeón en la competición y campeón en la cortesía. Qué decir del vencedor a perpetuidad de Roland Garros cuya primera palabra después de recoger el trofeo es para reconocer las virtudes de su rival, Dominic Thiem, y dar por hecho que el futuro del tenis pasa por él.

Veinticinco años tiene el derrotado ayer en París. Treinta y tres tiene Nadal. Ganó su primer Roland Garros recién cumplidos los diecinueve. Gobernaba España Rodríguez Zapatero (apenas llevaba un año gobernando). Reinaba Juan Carlos de Borbón (indiscutido y reverenciado). El rey le dijo a Rafa que su felicidad era doble: por el triunfo en París y porque acababa de nacer Irene, la hija de Cristina e Iñaki Urdangarín. Cómo fue cambiando la historia.

Y cómo no acordarse hoy, que Rafa vuelve a reinar, cómo no acordarse con ternura, de aquel diputado autonómico de Podemos en Madrid que describió su tenis, hace un año, como ‘soporífero, hipermusculado y pasabolas’. Nadal sigue arriba y el diputado López —Isidro López— ya ha dejado de serlo. Su legado en la Asamblea de Madrid, como puede usted imaginar, lo conoce —por su brillantez y su relevancia— hasta el último de los madrileños. O sea, que sale usted a la calle en Madrid y nadie sabe quién es Isidro López.

Y tampoco recuerda nadie qué fue lo que encendió, contra Nadal, a la lumbrera de Podemos. El pecado del tenista había sido opinar a favor de que hubiera elecciones generales, qué cosas. Estábamos hace un año en el debate aquel sobre si Pedro Sánchez, al presentar su moción de censura, se había comprometido a convocar las elecciones cuanto antes, no a gobernar como pudiera. Luego, ya sabemos lo que vino. Sánchez tiró de decretos leyes, gobernó con los Presupuestos de Rajoy (que son los que siguen vigentes, por cierto), pactó con Podemos unos nuevos que nunca vieron la luz y acabó convocando las elecciones un año después de lo que sugirió Rafa Nadal. Y hoy se siente Sánchez como si él también fuera un coleccionista de títulos y de victorias. Alimentando su propia leyenda de líder político resucitado.

Mañana empieza su segunda ronda de contactos con los otros líderes. La segunda, porque hace un mes ya hizo una. Aquella le fue criticada por quienes creyeron ver una aspiración borbónica (o sea, que actuaba como si él fuera el rey); ésta ya no se la podrá criticar nadie porque tiene el encargo regio de intentar formar gobierno.

En la lista de convocados sólo aparecen tres líderes políticos, los tres que están, en número de escaños, por delante de Vox y de Esquerra Republicana, que son los dos siguientes con los que Sánchez, por ahora, no quiere hablar de nada. Con Vox no tiene previsto tener nada de que hablar nunca y con Esquerra, si le hiciera falta el contacto contacto, tiraría de su compadre Iglesias, curtido en la labor de celestinaje.

Se encontrará Sánchez mañana con un Iglesias aferrado el raca raca del gobierno de coalición y pasándole factura por los incumplimientos pasados.

La hoja de ruta de Podemos (la única hoja de ruta tras el triple tortazo electoral) es conseguir ministerios. O hay carteras para los morados o no hay cartera para Sánchez. Por más que diga el presidente que o le invisten a él o hay elecciones.

Todo el análisis que hizo Iglesias el sábado, en la remodelación de su Ejecutiva aún más a imagen y semejanza de sí mismo, se resume en esto: en las municipales y europeas ha ido todo fatal, a diferencia de las generales, donde su carisma y su liderazgo marcó la diferencia.

Queda clara la cosa, ¿verdad? Las elecciones en las que los candidatos eran otros compañeros de su mismo partido han sido un fracaso. Pero las generales, en las que el candidato era él, fueron de menos a más. De menos a más significa que antes tenían setenta escaños y ahora tienen cuarenta. Extraña forma de remontar. Ah, ya, que le ganó a las encuestas. Pero sigue sin explicar Iglesias ni a los suyos ni a nadie por qué en tres años su partido ha caído en picado, en las encuestas y en la urnas, en los dos sitios.

Mientras Sánchez esté recibiendo gente mañana en la Moncloa, en Madrid y en Murcia se estará eligiendo al presidente del Parlamento autonómico. Primer fruto de los pactos entre partidos. En Madrid, a la andaluza, la presidencia será para Ciudadanos, con los votos del PP y de Vox. Ignacio Aguado, el delegado de Rivera en Madrid, se tragó ayer el sapo de hacer lo que pensó que no tendría que hacer: reunirse, de tú a tú, con Vox. Encuentro muy poco publicitado por los naranjas, ¿verdad?, que supone rendirse a la evidencia de que Abascal está en su derecho a reclamar que se le trate como a un partido aceptable cuando se van a aceptar de mil amores sus votos. Tanto para formar gobierno regional, de Díaz Ayuso con Aguado, como para elegir alcalde o alcaldesa, ya veremos si en Madrid es Almeida o es Villacís, que debe de estar haciéndole hueco en su agenda al capitán Smith, bienaventurados sean los de Vox porque el cerrojo tiene tres llaves y si falta una, sigue cerrada la puerta.

Este pulso lo ha ganado Abascal y lo ha perdido Rivera. Tocar poder tenía un precio.

Manuel Valls ha cuestionado que esto sea la normalidad democrática de la hace discurso ahora Ciudadanos. Para Valls esto es normalizar a un partido de extrema derecha. Cada día que pasa es un día menos para la ruptura total entre Valls y Rivera. En Barcelona, el próximo sábado, Ada Colau será elegida alcaldesa con los votos del PSC y de Valls, que dice hablar por los seis concejales de su plataforma, incluidos los tres que militan en Ciudadanos.

Colau,que no ganó las elecciones, obtendrá la renovación en su cargo gracias al apoyo de dos formaciones que están contra la autodeterminación y apoyaron el 155. Aceptará la alcaldesa, también de mil amores, este respaldo con tal de impe-dir que Maragall, el independentista, le arrebate el bastón municipal. Pacta Colau con los constitucionalistas su supervivencia política.