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OPINIÓN

Monólogo de Alsina: "El deseo de comunicarnos es lo más sano que ha traído consigo la epidemia"

Diario de la pandemia. 27 de marzo. Ya queda un día menos para dejar todo esto atrás.

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Carlos Alsina
  Madrid | 27/03/2020

Nunca habíamos recibido tantas cartas en el programa.

Ni tantas notas de voz.

Ni tantas llamadas.

Ni tanto de todo.

No sé cómo le irá a la radio después de esta crisis. Pero sé que el deseo de comunicarnos es lo más sano que ha traído consigo la epidemia.

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· Manuel es enfermero. Enfermero aturdido, triste, pero entregado a su trabajo. ‘No soy un héroe’, me dice, ‘sólo un padre de dos criaturas y marido de la mujer más bonita del mundo’. A ninguno de los tres puede abrazar estos días. Porque teme traerse el virus consigo cuando vuelve a casa. ‘No hay nada que me produzca más miedo que el que puedan enfermar ellos, mi esposa, con una enfermedad crónica autoinmune; el niño, que va a cumplir cuatro años; la niña, que tiene... ¡dieciséis días!’ Tres más que la cuarentena y mucho más guapa.

· Laurent me escribe para contar que está deseando volver. Al tajo. Lleva confinado en casa desde diez días antes que nosotros. El 4 de marzo le tocó aislamiento porque había tenido contacto con una persona que dio positivo. En el hospital, porque Laurent es médico. Ha pasado por los síntomas que ya nos resultan familiares a todos, la fiebre, la tos, el dolor muscular, y ahora que se encuentra ya bien está deseando volver al hospital a relevar a compañeros agotados. Se hizo la prueba el día 17 para ver si ya ha eliminado el virus. Estamos a 27 y aún no tiene resultado. ‘Lamento, me dice, ‘que a los políticos les resulte tan accesible el test y que al personal sanitario nos tengan días esperando. Siento la impotencia de no poder sumar en esta ayuda tan necesaria’.

· A Herminia la escuché ayer en Más de Uno Cantabria. Habló con ella mi compañero Javier Barbero. Herminia es cuidadora de la residencia de Las Caldas. E igual que sus veinticuatro compañeros decidió quedarse a dormir en el centro cuando se detectaron los primeros casos para evitar llevarse el virus a casa. Ahora les han habilitado el polideportivo Los Corrales para que puedan dormir y asearse.

Son cuidadores de mayores, no curadores. No son médicos.

· Ismael quiere ser policía nacional. Tiene 25 años y prepara oposiciones. Además de los libros tiene que pasar las pruebas físicas. Me descubre (porque yo nunca me he interesado por cuánto tiene que correr un agente) que un kilómetro han de hacerlo en menos de tres minutos veinticuatro segundos. (Yo en el colegio debía de tardar como treinta y tres minutos, menos mal que no tuve vocación policial). Total, que Ismael se las ve y se las desea estos días para seguir entrenando. Se le ocurrió lo de subir escaleras corriendo desde el bajo hasta el cuarto pero un amable vecino le recordó la prohibición de usar las zonas comunes. Oye, si vas para policía qué menos que cumplir tú las normas que habrás de hacer cumplir algún día. Así que cambió las escaleras por series de velocidad en el pasillo. Lo que Ismael quiere agradecer es la paciencia de su vecina de abajo, que es señora mayor fina de oído. Y también, animar a los opositores que están como él: ‘lo importante es lo importante, ya recuperaremos la forma física’, dice. Y yo pienso que es un fastidio que para recuperar la forma física primero hayas de haberla tenido.

· Alejandro tiene 39 años. Padre separado que vive solo. Una burbuja de tranquilidad, me dice, que está deseando romper cuando le toca quedarse con la niña, que se llama Alegra. Admite que él fue uno de tantos a los que el virus no impresionó mucho al principio. Aquello que se decía de que era como una gripe y se superaba. Todo ha cambiado porque recibió una llamada de su madre. Para preguntarle con delicadeza: ‘¿Has hablado estos días con tía Luci?’ Ese momento en que adivinas lo que ha pasado. Fue a mirar el guasap y su tía llevaba sin conectarse 36 horas. Vivía en un piso alto con vistas en el barrio de Triana. Profesora de historia prejubilada. Se murió sola, en su cama. ‘Sé que esto ocurre cientos de veces al día, pero es ahora cuando a tantas familias como la mía que no saben, no sabemos, dónde meter nuestro dolor’.

· Ayer apunté que cada alta es una victoria y cada abuelo que se salva es una victoria. Si pudiera te contaría cada día la historia de cada uno de ellos. Elena, que es periodista de TVE y ama el cine, me hace llegar la de su amigo Ángel. Bueno, la de la madre de su amigo Ángel. En las historias, como en las películas, es importante no confundirse de protagonista. A Julia, que tiene 83 años y problemas respiratorios desde hace tiempo, le diagnosticaron el coronavirus hace diez días. Ha estado en la UCI una semana, luego la pasaron a planta y ayer por la tarde le dieron el alta. Lo que más me gusta de esta historia es que los enfermeros, cada mañana, le cantaban a Julia una canción. Desafinando, supongo, que es como canta la gente corriente. Me imagino la escena y pienso, Elena, que es como de película italiana.

· A Juan, que trabaja en Madrid, le llamaron ayer para decirle que han ingresado a su hermana en Jaén. Y que anteayer había estado visitando a la madre, que vive sola. A él le preocupa ahora quién se hace cargo de mamá. Antes iba una señora a cuidarla, pero también está infectada. Cuántos hijos de madres solas y mayores viven en ciudades distintas y llaman cada día para dar conversación y comprobar, discretamente, si acaso tosen, si les duele algo, si tienen compra hecha, si se interesan por ellas los vecinos. Y como dice Esther, ‘aprender a interpretar el tono del hola y el adiós para saber si anímicamente, mamá resiste’.

· Tiene razón Jesús, que reclama respeto a los padres y madres que salen un rato a la calle con los hijos que tiene TEA. Y que no ve bien que tengan que recurrir a signo exterior alguno para que los gritones de los balcones les dejen tranquilos. Son familias con necesidades especiales que tienen autorización para hacer lo que están haciendo. A mí nadie me pide que lleve un micrófono en la mano para justificar que salgo de mi casa porque tengo que venir a la radio. Esto de vocear desde la ventana cuando alguien pasa por la calle tiene poco que ver con el civismo y mucho con el vicio de pensar mal del otro. El civismo mal entendido es una plaga. La plaga que nos faltaba.

· Carlos me habla de su hija, residente de tercer año en un hospital de Vitoria. Me habla de cómo ella, con sus compañeros médicos, está metiendo horas y rompiéndose el lomo para cubrir la ausencia de colegas que están en casa, en aislamiento. Y cómo cuando regresa a casa por la mañana, después de una guardia, aún tiene que aguantar alguna frase ofensiva que brota de alguna ventana. Así de tristes somos, me dice. Aplaudimos a los médicos por la tarde y los insultamos, por pura ignorancia, por la mañana. Hay gente más papista que el papa.

· Escucho al ministro Illa, como cada día. Ayer le tocó admitir el fiasco de los 9.000 test comprados al distribuidor español de una empresa china. Se esfuerza en presentarlo no como una pifia sino como el buen trabajo de verificar la calidad del producto antes de generalizarlo.

El mercado loco en un mundo boca abajo. Si nueve mil test no sirven y el pedido total era de 640.000, concluyo que los otros 631.000 en realidad aún no habían llegado. Y que siguen faltando, por tanto, todos los test anunciados.

· No sé si a ti te pasa, pero yo cada vez que recibo una mala noticia estos días, agradezco que alguien rompa la decepción pariendo una broma. Me llegó ésta al guasap: ‘Hoy me he hecho el test del gobierno y me ha salido niña’.

· Leo un tuit de Al Rojo Vivo. Han entrevistado a Irene Montero y ella ha dicho que se manifestaron el 8-M siguiendo el criterio de las autoridades.

Al leerlo pienso en poesía: ¿y tú me lo preguntas, Rubén Darío? Las autoridades eres tú. La autoridad sanitaria en España es el gobierno de España.

Yo no creo que la causa de lo que hoy nos pasa fueran las manifestaciones del 8 de marzo. No es posible saber dónde estaríamos hoy de no haberse manifestado nadie aquel día. La simplificación es moneda común entre políticos y propagandistas. Pero es un hecho que juntar miles de personas en la calle cuando hay un virus exténdiendose ya por Europa, con miles de contagiados en Lombardía y con Francia desaconsejando las reuniones de más de cinco mil personas es, como poco, una imprudencia. Sobre todo cuando ya estaban los gobiernos recomendándonos que evitásemos el contacto físico y mantuviéramos la distancia. Predicas la distancia social y llenas de ministros apelmazados la cabecera de una marcha.

Me sigo preguntando por qué cuesta tanto admitir que uno, o una, se equivocó.

Yo no espero gobernantes infalibles, espero gobernantes sinceros. Si dices ‘todos cometemos errores’ tienes que tener el coraje de concretar cuáles han sido los tuyos. Hago memoria y no recuerdo que la ministra haya mencionado nunca alguno. No me parece un gesto de coraje atribuir la responsabilidad de todo a una autoridad médica indefinida a la que nunca ponen nombre, ni cara, ni cargo.

A Echenique, de profesión científico, le leo que las manifestaciones no han tenido ninguna repercusión medible en la expansión del virus. La palabra clave aquí es medible. Repercusión sí que tienen, lo que pasa es que nadie ha podido medirla. Si no hay evidencia científica de que una aglomeración de miles de personas contribuya a extender una epidemia, perdón por la pregunta, Pablo, e Irene, pero entonces, ¿por qué nos tienen confinados? Manifestémonos y echémosle la culpa a la autoridad sanitaria. No hay científico que recomiende una manifestación en días de epidemia. Y no puedo estar más de acuerdo con esto que dijo Irene: ‘Que ya está bien de hacer partidismo con todo’. Amén. La lección bien entendida empieza por una misma.

· En la capital de melón, que con permiso de Villaconejos es Membrilla, en Ciudad Real, vive Enrique. Es autónomo, como tres millones de españoles. Pero él debe de ser un tipo curioso porque tiene dieciséis amigos todos de la misma edad: la de Cristo, 33 años. Los diecisiete tienen grupo de guasap. Ninguno, salvo él, es muy de escuchar la radio. El fútbol, si acaso, que es un deporte que se existía antes. Pero Enrique se ha empeñado en colgar en el guasap cada día este Diario de la Pandemia y ahora se han abonado todos a escucharlo. ‘Abonado’ es una forma de hablar porque el diario, como toda la radio, es gratis. Lo que más les gusta es cómo acaba. O sea, el Facciamo.

· José, que es el padre de Lena, no vive en Membrilla sino en su casa. Como todos estos días. Dos semanas ya de teletrabajo y pendiente todo el tiempo de la niña, porque es muy pequeña. Diez meses tiene, unos ojos gigantes, azules, y el pelo... yo creo que pelirrojo. (Lo sé porque me ha enviado una foto). Lena se pega unas siestas que ya las quisiera yo para mí, y cuando está despierta hace lo que estoy haciendo yo ahora, hablar solo. José, que tiene la radio puesta, había notado que cada vez que cambia la voz que suena, Lena se da cuenta y gira la cabeza. Eso le hizo sospechar que su hija de diez meses podía estar sufriendo un proceso de transformación de bebé a secas en bebé oyente de radio. Así que la ha estado observando. Y ayer tuvo la prueba definitiva. Porque cuando Fernando Ónega dijo...

...Lena respondió ‘hola’. José se quedó perplejo, no tanto porque una niña de diez meses hable, como porque salude con tanta familiaridad a Fernando. Que ayer, como sabe Lena, tuvo un rato difícil porque en su casa sonaban psifcofonías y él no sabía apagarlas.

Me imagino a nuestra oyente diminuta, Lena, abriendo aún más sus ojos gigantes y pasándoselo como una enana.

· Esto del Facciamo es como un canto de autoayuda que, a pesar de su orquestación primaria, va conquistando las almas más sensibles. Álvaro Urquijo es músico, es alma y es sensible. Mira lo que me ha mandado.

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