Déjenme que les cuente una historia, que es muy corta, ya verán. Sí, a eso voy. Una frase para la historia. Chusca la frase, chusca la historia. Un guardia civil bigotudo que, pistola en mano, ordena que se estén quietos trescientos diputados que no se habían movido.
Este hombre fracasado, relegado por la Historia a parodia de sí mismo, que se murió ayer cuarenta y cinco años después de haber asaltado las Cortes haciendo creer que actuaba en nombre del rey -su único rey, en verdad, era Milans- y decidido a salvar España, la España eterna, del vacío de poder que él y sus cofrades esgrimían como coartada. Ayer se murió Tejero, ahora sí.
Descrito por su devota esposa aquella tarde del golpe como un pobre desgraciao, tonto y ni siquiera útil, al que habían dejao tirao como una colilla. Por supuesto, ni Tejero era tonto, ni se dejó embarcar, ingenuo de él, en la embestida contra la democracia pensando que era el rey al que servía.
El cuentito de que todo respondía a un plan del capitán general de las Fuerzas Armadas para reconducir el régimen democrático confiando el timón al sabio Armada en comunión con los partidos políticos al frente de un gobierno de concentración empezaron a difundirlo recién fracasado el golpe los golpistas, en burda maniobra para intoxicar a la opinión pública y procurarse alivio cara al juicio por rebelión al que sabían que, naufragada la embestida, serían sometidos. No era esa la historia que les iba a contar.
Es la historia de una avería. Sospechosa, por supuesto. Seis horas antes de que el Tejero irrumpiera en el Congreso se estropeó el circuito cerrado de televisión de que disponía, para su seguridad, el edificio. Se requirió la presencia de los técnicos para resolver la avería, pero estos, tras examinar el problema, se declararon incapaces de arreglarlo enseguida. Abandonaron el palacio a las seis y diez minutos de la tarde. Diez minutos después el teniente coronel tomó el control del Hemiciclo.
En los periódicos de los días siguientes se mencionó este episodio de la avería como uno de los puntos oscuros de aquel día. Se preguntaban los diarios cómo pudo ser ocupado el Congreso tan fácilmente y si aquella avería fue, en realidad, un sabotaje; y si aquellos técnicos eran, quizá, falsos técnicos, agentes encubiertos dedicados a abrir camino. Y si en Dallas, cuando mataron a Kennedy, había un señor que llevaba abierto un paraguas como mensaje en clave, seguro, para los tropecientos conspiradores que integraban un complot multitudinario.
En aquel tiempo, los circuitos de televisión se averiaban bastante y nunca llegó a establecerse que el sistema hubiera sido saboteado. Pero bastó la coincidencia para alimentar, por supuesto, la teoría de que alguien había facilitado el asalto desde dentro. La conspiranoia se basa siempre en lo mismo: refutar la versión oficial por el hecho de serlo y convertir en sospechosa cualquier circunstancia.
Habrá, por ejemplo, quien sostenga que no puede ser casualidad que Tejero se haya muerto justo el día que se desclasificaron los papeles sobre su acción criminal. Para ser todo una cortina de humo del gobierno, como sostiene el PP, Tejero ha debido de echarle una mano final a Sánchez, redondeando el levantamiento del velo con su postración definitiva.
Ahora que se ha revelado que en los papeles no había revelación que mereciera tal nombre, habrá que quitarse el sombrero ante el trabajo de la prensa en aquel año 81. Todo lo sustancial, todo lo llamativo, todo lo interesante del 23F lo averiguaron y publicaron los periodistas en los días posteriores al golpe. Trabajaron sus fuentes, contrastaron sus datos, publicaron lo que entonces sí fueron revelaciones. Y algunos, como Pepe Oneto, hasta escribieron libros a la carrera que hoy siguen siendo el mejor testimonio del momento.
Sólo habían pasado tres semanas del golpe cuando el ministro de Defensa, Alberto Oliart, presentó en el Congreso el informe del Gobierno a las Cortes. Era aquel un tiempo extraño en el que el gobierno se sentía obligado a rendir cuentas ante la sociedad representada en el Congreso.
Pero aquel fue uno de los plenos más extraños que se han celebrado en los últimos cuarenta y cinco años. Porque se declaró secreto. ¡El pleno! Se obligó a los diputados a guardar sigilo total -pleno sigilo- sobre lo que allí se contara. Se evacuó a los periodistas para que no pudieran saber qué había averiguado el Gobierno.
Fue allí donde Oliart informó de cómo el golpe iba a haber sido en primavera; que la coartada era el vacío de poder, o sea, la ineptitud de Suárez ante el terrorismo; que es la dimisión de Suárez la que arruina la coartada y precipita la chapuza que desencadena Milans, con Tejero como asaltante y con Armada haciéndose querer, en el ministerio y ante la corona, como solución a una crisis que él mismo ha alimentado; cómo el 23F empieza por la mañana en Valencia, o sea, con Milans, cómo se hace público por la tarde con el asalto al Congreso y cómo fracasan los tres, Milans, Tejero y Armada porque el rey no se deja arrastrar, porque neutraliza la rebelión haciéndose valer ante cada una de las capitanías generales, porque mantiene el sometimiento de las Fuerzas Armadas al poder civil -sigue habiendo un gobierno, aunque el Congreso haya sido secuestrado- y porque embrida a Milans, desbarata el plan de Armada y convierte a Tejero en reo de carnavaladas.
O en palabras de golpistas fracasados que comentaron la jugada a posteriori, y cuya sesuda reflexión fue ayer desclasificada, que el error fue dejar libre al Borbón creyendo que imitaría a su abuelo cuando, estando en San Sebastián, le intervino el país Primo de Rivera.
Quienes hasta ayer mismo sostenían que el gobierno desclasificaba papeles para terminar de hundir la imagen de Juan Carlos I habrán de admitir hoy su error de juicio, o su prejuicio. Hoy la opinión general es que el Borbón sale de la luz y taquígrafos muy bien parado.
Hoy la opinión general es que el Borbón sale de la luz y taquígrafos muy bien parado
Pero vuelvo a aquel 17 de marzo del 81, con el Congreso reunido en pleno secreto y escuchando a un ministro contar todo lo que, en realidad, ya tenía publicado la prensa. Más de ciento cuarenta personas habían sido investigadas para entonces.
Se había tomado declaración a trescientos guardias civiles. Más de veinte oficiales del Ejército habían sido detenidos. Armada llevaba arrestado desde el jueves siguiente al golpe, que fue un lunes. Ya se habían escuchado las grabaciones telefónicas de las líneas que fueron intervenidas aquel día, las del Congreso y las del domicilio de Tejero --su mujer diciendo pobre desgraciao-.
Ya se había procesado a García Carrés, el civil que jaleaba golpistas. Y se investigaba la avería del circuito de televisión del Congreso. La expresión elefante blanco aún no se había popularizado como gran interrogante sin despejar: quién era el elefante blanco, la autoridad competente, militar, por supuesto, a la que Tejero esperaba en el Congreso. Para el ministro Oliart el elefante siempre tuvo un nombre: la única autoridad que Tejero reconocía, Milans del Bosch.
El pleno, en efecto, fue tan secreto que los periódicos publicaron al día siguiente pelos y señales del informe del gobierno. Había incluso una grabación de la intervención del ministro, quizá alguien todavía la tenga. El ABC se preguntaba, hace cuarenta y cinco años, qué sentido tenía declarar secreta una comparecencia en la que todo lo que se dijo ya había sido publicado.
El País publicó un editorial: 'Responsabilidad y secreto', se tituló. Creo que sigue vigente hoy. Decía: "Como no se pueden poner puertas al campo, era evidente que la opinión pública acabaría enterada de todo. ¿A qué mente o autoritaria o ingenua se le ocurrió que los representantes de los ciudadanos iban a guardar secreto sobre el asunto de mayor interés para los ciudadanos? ¿Cómo iban a aceptar los periódicos presiones para no publicar lo que supieran? ¿Qué hace el departamento de prensa del ministerio de Defensa instando a los periodistas a no difundir lo que tienen grabado? Al poder hay que recordarle hoy que periodistas responsables son los que publican noticias, no los que callan. El silencio ante un acto criminal slo nos hace a todos más inermes e inseguros".
Y este párrafo que es mi favorito, dios bendiga a quien lo escribió hace cuarenta y cinco años: "El peligro de declarar secreto lo que no debe serlo es que incremente la cosecha de intoxicaciones, rumores, bulos y fantasías en medio de la cual crece la cizaña que siembran quienes se proponen llenar de zozobra, inquietud y derrotismo la moral de los ciudadanos libres en un régimen democrático".

