Monólogo de Alsina

Alsina evidencia la intervención de Feijóo en las negociaciones de Extremadura: "No sé si se entiende, Guardiola, es una orden"

El director de Más de uno ha destacado en su monólogo el 155 que le ha aplicado la dirección de Génova a María Guardióla para asegurase un pacto con Vox en Extremadura.

Carlos Alsina

Madrid |

Monólogo de Alsina, en Más de uno

Déjenme que les cuente una historia, que es muy corta, ya verán. Ocurrió un 24 de febrero, como hoy. Era 2022. Muy de mañana habían sonado las sirenas en Kiev alertando a la población del riesgo de ataque aéreo. Stepan Tarabalka, veintinueve años, piloto de la fuerza aérea ucraniana, subió a la cabina de su viejo Mig-29, avión de patente rusa, se puso la mascarilla de oxígeno, activó el motor y despegó al encuentro con el enemigo.

En las siguiente veinte horas, incansable, tomando tierra sólo para repostar, el mayor Tarabalka sorteó los misiles rusos, localizó sus aviones bombarderos y derribó, certero, al menos diez de ellos. Qué digo diez, puede que fueran veinte. O más, quizá cuarenta. Pronto su historia se extendió entre los habitantes amenazados de Kiev.

Primero, como un rumor; alguien conocía a alguien que le había contado de la portentosa hazaña. Después, como una noticia viralizada: el heroico aviador que había puesto en su sitio a los rusos. Se repetía, multiplicada, su hazaña. Él sólo había repelido a toda la fuerza aérea rusa. Pero nadie conocía su nombre. Era el héroe anónimo. O mejor, un fantasma. El fantasma de Kiev, orgullo y moral de los ucranianos.

Pasaron varios días antes de que alguien publicara una foto de Stepan con su novia. Y luego, un vídeo de su Mig-29 en acción, surcando el aire de Ucrania. Y pasaron algunas semanas antes de que el Ejército informara de la caída en combate del mayor Tarabalka, medalla al honor a título póstumo, e informara también de que él no era el famoso fantasma de Kiev porque el fantasma en cuestión, en efecto, siempre fue eso: una sombra, una figura irreal, una suerte de leyenda construida sobre historias de aviadores heroicos de otras guerras y de decenas de militares ucranianos que, sin llegar a derribar cuarenta aviones en un solo día, sí habían sido capaces de arruinarle a Putin su sueño de conquistar Ucrania en una mañana.

El fantasma de Kiev fue la inyección de moral que la ciudad de Kiev abrazó aquel 24 de febrero en que parecía cuestión de horas que sus calles fueran tomadas, sus instituciones secuestradas y su presidente, Zelenski, asesinado. El paseo militar que Putin había diseñado con su estado mayor, al cabo de meses de amontonar tropas en la frontera, contando con la complicidad del bielorruso Lukashenko y justificando la invasión en la necesidad de socorrer a la población rusa del Donbás y de liberar a los hermanos ucranianos de un régimen nazi, el paseo militar se convirtió en una anexión fallida y una guerra de desgaste que dura ya cuatro años.

El último, con Donald Trump en la Casa Blanca de nuevo, pìnchando en hueso con su cofrade Putin, presionando a Zelenski para que acepte la renuncia a una parte de su territorio y desairando a los gobiernos de la Unión Europea por la alianza económica y militar que, desde el primer día, han forjado con el gobierno de Ucrania; en la idea de que si Ucrania cae del lado ruso, las siguientes piezas en ser apetecidas por el imperio Putin serían bálticas.

Dos semanas después de aquel 24 de febrero pusieron pie en España las primeras mujeres ucranianas que, protegiendo a sus hijos y huyendo de la guerra, se llegaron hasta aquí con las pocas pertenencias que caben en un coche o en dos maletas. Emitimos este programa desde el centro de acogida de Pozuelo.

Mujeres con niños que apenas entendían nuestro idioma y confiaban en poder regresar a su casa pronto. Niños que hoy tienen cuatro años más que entonces y mujeres que han ido haciendo su vida aquí mientras sus maridos, y sus hermanos, y sus padres combatían al invasor allí, o morían en el frente; o alcanzados por un dron que pilota, escondido, un ser humano; o sufrían la carencia de gasóleo, la falta de electricidad, los dieciocho grados bajo cero.

Las familias rusas también lloran a sus muertos y sus heridos, lo hacen sin que el reclutamiento obligado tenga fecha de caducidad y sin que aquella tímida reacción que provocó la primera movilización decretada por Putin llegara a fraguar en movimiento social que pudiera poner en apuros al caudillo.

Un artículo 155 para Guardiola

Durante cuarenta años, el artículo 155 de nuestra Constitución apenas fue conocido por la opinión pública. Se sabía que había ahí un instrumento que los políticos más versados llamaban el botón nuclear, porque servía para sofocar por las bravas cualquier intento de rebeldía o insurrección de una comunidad autónoma.

Se citaba como una suerte de último recurso, a la desesperada, que nadie creía que llegara alguna vez a aplicarse porque sus consecuencias serían inciertas, quién sabe si hasta provocar el desmoronamiento del estado autonómico cuyo diseño (exhumado de la II República) fue piedra angular de la restauración democrática en España.

Luego pasó lo que pasó. Se aplicó el 155 para sofocar la insurrección de los Puigdemont, los Junqueras, las Forcadell, las Rovira, los Rufián, las instituciones catalanas se salvaron, el Estado democrático siguió su camino y el 155 se convirtió en lugar común para describir intervenciones del poder central en el poder autonómico.

No hace ni dos semanas dijo la ministra de Vivienda que de buena gana ella le aplicaría el 155 a Ayuso. Que, en realidad, ya se lo aplicó Illa cuando le declaró la alarma en la pandemia. Aplicarle el 155 a alguien hoy en sinónimo de apartarle para asumir sus competencias.

Y visto así, nada tiene de extraño que se hable, desde ayer, de Feijóo como el líder nacional que desde Madrid le ha aplicado el 155 a María Guardiola. Y a Jorge Azcón, aunque a éste un poco menos porque él es, más bien, coartada para diluir el desembarco de la armada genovesa en Mérida. Feijoo interviene la negociación (o lo que fuera) de Guardiola con Vox y Vox con Guardiola en vista de que la pareja de hecho no acaba de consumar y el gobierno de coalición no llega.

Ahora es Génova quien aprieta para que el encamamiento se produzca cuanto antes y para toda la legislatura. Qué menos que cuatro años de fraternal convivencia después de haber predicado que en soledad se gobierna mucho mejor que acompañado. Es sabido que el nuevo estribillo del PP es que los electores le han dado un mandato. El mandato de repartirse el gobierno con Abascal. Por eso Génova ha alumbrado un documento al que le ha puesto un título bien preciso: 'Documento marco para ordenar acuerdos'. No sé si se entiende, Guardiola, es una orden.

Ahora es Génova quien aprieta para que el encamamiento se produzca cuanto antes y para toda la legislatura

Ahí se recogen los temas que más interesan a Vox, política climática, agraria, inmigración vinculada a inseguridad, okupas. Y lo más interesante, que ya avanzó Feijoo hace días, la proporcionalidad en el reparto de sillones. Si el PP tiene el doble de escaños que Vox, tendrá el doble de consejerás. O… de ministerios. No va a reclamarle Feijóo a sus barones territoriales lo que no se reclama a sí mismo. Pro-por-cio-na-li-dad. Con las encuestas de hoy, el gobierno de coalición Feijóo-Abascal tendría dos ministros del PP por cada ministro de Vox. Vicepresidencias incluidas.

Anoche estuvo Feijóo en La Brújula y se felicitó de haber hablado con Abascal una hora y haber puesto orden en sus acuerdos que ya están maduros.

El PP pasa del exquisito respeto a la autonomía de sus barones a la tutela no ya de sus decisiones sino de sus coqueteos. En Vox no necesitan pasar de una postura a otra porque en Vox siempre han sido muy enemigos de las autonomías en general y de la autonomía de sus barones en particular, hasta el punto de que carecen de barones: en todas partes el barón tiene el mismo nombre, Santiago Abascal. Eso, 'Obescal', según Trump. El líder del Vox Party, que en boca de Trump suena parecido a Bad Bunny.

Ortega Smith se queda sin papeles

'Santiago Obescal', bajo cuya bota no crecen ni la hierba ni los Espinosa de los Monteros, las Olonas, o los Ortega Smith. El último depurado en el partido-camarilla es nada menos que quien fue su secretario general y portavoz adjunto del partido, hoy relegado a la condición de paria concejal.

Se duele Ortega Smith de que su antiguo camarada, líder entre los líderes, adorado Obescal cuya firmeza y determinación, clarividente, él mismo celebraba le haya dejado sin papel en Vox, o sin papeles, y quiera quitarle ahora su condición de madrileño. Al menos, ahora sabe Ortega cómo se siente un sin papeles cuando se le señala como obstáculo para la convivencia, por no integrarse, y a quien se le quiere negar la residencia. Siempre puede Smith, con esta nueva experiencia que ha adquirido, apuntarse a una asociación de defensa de los inmigrantes.