Monólogo de Alsina

Alsina analiza la estrategia política de Feijóo con Junts: "Hace tiempo que el guante es de seda"

El director de Más de uno se ha detenido en la visita del presidente del Gobierno y el líder de la oposición al Cercle de Economía Catalán, marcadas por la invitación del PP a Junts para que apoye una moción de censura contra Sánchez.

Carlos Alsina

Madrid |

Déjenme que les cuente una historia, que es muy corta, ya verán. Es una versión apócrifa del cuento de Caperucita: cuando la pequeña niña estaba ya lista para ir donde su abuela con su caperuza y su canesú, le dijo la madre: "Espera un momento, Caperucita". "Dime, madre". "Ven, vamos a hacer una cosa; vamos a dejar la mitad de los huevos en esta cesta pero la otra mitad la vamos a poner en esta otra, no vaya a ser que te asalte el sinvergüenza del lobo y arrample toda la comida, ¿tú me entiendes, verdad?"

"Claro, madre, en estos cuentos hay que ser precavida". "Eso es, niña, como el lobo sólo puede agarrar una cesta con esa bocaza que tiene el bandido, repartiéndolos te salvo los huevos… para que puedas dar de cenar a la abuelita, que con la excusa de que está fastidiada no hace ni el huevo la jodía".

Fue así como nació, en versión tan falsa como la que da el chatGPT, la expresión popular "no pongas todos los huevos en la misma cesta", que viene a significar, en jerga financiera, diversificar riesgos; y en jerga del Círculo de Economía Catalán, invitar lo mismo a Feijóo que a Sánchez y hacerles saber en la alta estima que los tienes no vaya a ser que el uno llegue, de verdad, al gobierno o el otro, contra pronóstico, se perpetúe. Es tradición del empresariado y los ejecutivos de grandes compañías ponerle una vela a dios y otra al diablo, a sabiendas de que, como diría Ónega, ni dios es siempre virtuoso ni el diablo es del todo malo.

Cada año, por estas fechas, los más finos analistas diseccionan el trato que el Cercle ha dispensado primero a Feijóo, que fue ayer, y luego a Sánchez, que va hoy, en el afán de detectar si los empresarios ven irreversible el ascenso de Feijoo a la Moncloa o sospechan que aún hay Sánchez para rato.

A su vez, es tradición que tanto quien gobierna como quien aspira a hacerlo acudan agradecidos (y casi emocionados, esto lo diría Lina Morgan) al foro económico catalán a agradar a los allí presentes por si tiene a bien echar una mano a sus proyectos políticos respectivos.

Hasta ahora, bien lo sabe el PP, el favor cayó del lado de Sánchez, a quien las patronales catalanas celebran por haber pacificado el solar calcinado que dejó el procés, haber indultado a Junqueras, haber amnistiado a Puigdemont y haber diseñado un modelo de financiación autonómica al gusto de las reivindicaciones catalanas (a costa de no negociarlo primero con el resto de los gobiernos autonómicos, claro, que es el pecado original de este modelo de Junqueras que ha hecho suyo Salvador Illa).

Al presidente catalán también lo celebra el Círculo y también le pone deberes, siempre van ambas cosas juntas. Lo celebra con mayor esperanza con la que algunos empresarios prominentes celebraron en su día al gobierno independentista (que de todo hubo) y lo celebran algunos de sus interlocutores con la misma convicción con la que hacen saber a Feijóo que es hora del cambio político en España.

¿Se puede ir a la vez con Illa, apóstol de San Pedro Sánchez que ha elevado al presidente a la condición de referente moral, e ir a la vez con Feijoo, líder del antisanchismo que considera al presidente el jefe de una banda criminal? Créeme que sí, se puede. No es cuestión de ideología, es cuestión de huevos. De repartirlos, quiero decir, entre varias cestas. No fue Cervantes quien inventó lo de las cestas y los huevos. Pero sí quien hace decir a Sancho que "mientras se gana algo no se pierde nada".

¿Se puede ir a la vez con Illa, apóstol de San Pedro Sánchez y con Feijoo líder del antisanchismo?

Hoy Sánchez predicará en el Círculo, si no hay sorpresa, que Cataluña va como un cohete gracias a que él sigue en la Moncloa. Y que por eso tiene que seguir, por los siglos de los siglos y con ayuda de Esquerra y de Puigdemont. Las elecciones, ya se sabe, son un engorro porque paralizan un país y generan incertidumbre sobre quién saldrá después investido. Manda huevos, que diría Trillo.

Feijóo le antecedió en la prédica ayer, en su caso para hacer saber que él va a llega a la Moncloa con ayuda o sin ella -sutil forma de sugerir la conveniencia de que le ayuden quienes aspiren a ser luego reconocidos- y también, que no está buscando atajos, aunque lleve su partido una semana mareando con lo de la moción de censura instrumental para poner urnas.

Observan los analistas hoy en la prensa que Feijóo estuvo firme en el ademán, como si por una vez no buscara la aprobación del legendario empresariado catalán ni se sintiera obligado a proponer, qué te digo yo, un modelo de financiación alternativo al de Sánchez-Illa-Junqueras o promesas de rebajas fiscales tan bien recibidas siempre en ese foro.

Un Feijóo que agradece los consejos que recibe -muchos, es verdad, porque todo el mundo parece saber más que él de estrategia y de política- pero que se declara emancipado: ni tutelas ni tutías -esto era de Fraga-. Y un Feijóo, en fin, que ha elegido ya bandera para la campaña electoral que está en marcha y que durará un año: la bandera es la regeneración de las instituciones -mira, como Sánchez en 2018-, y la higiene frente a un gobierno en decadencia y al que ve (y sobre todo, quiere ver) herido de muerte por la corrupción.

Es verdad que cuando presumió de que en los gobiernos autonómicos del PP y los tres mil ayuntamientos donde gobierna no se ve un solo caso parecido a estos que afectan al gobierno central se saltó las diputaciones, una en concreto: aquella en cuyo gobierno anidó la versión local (almeriense) del caso mascarillas.

No rehuyó, dijo, el elefante en la habitación, que era la moción sin emoción: cómo iba a eludirlo si fue él mismo quien la mañana anterior dio alas a la posibilidad de entenderse con los puigdemones para promover esta versión torcida de la moción de censura que es la moción instrumental, dícese de aquella que se presenta no para gobernar sino para convocar elecciones. Que es una broma pesada, vino a decir, que Puigdemont le rete a visitarle en Waterloo para negociar el descabalgamiento de Sánchez.

Las bromas las carga el diablo y Sánchez no necesitó ir nunca a Waterloo para que el prófugo le hiciera presidente. Sólo necesitó, claro, amnistiarle. Feijóo tiene prometido derogar la ley de amnistía, aunque de esto hace tiempo que no habla. Del peligroso populismo indepe que encarna Junts, tampoco, hace tiempo que el guante es de seda. Y del catalán en la escuela -aquí lo llamó apartheid- aún habla menos porque uno va escarmentando de decir todo el tiempo lo primero que piensa.

Feijóo tiene prometido derogar la ley de amnistía, aunque de esto hace tiempo que no habla

Digamos, volviendo a las cestas y los huevos, que a quienes le reprochan que haga camino demasiado lento, o sea, pisando huevos, a quienes le urgen al grito de "échale huevos, Alberto", les responde que cuando haya de ponerlos los pondrá, encima de la mesa. O en palabras de Sancho Panza, que bien sabe a estas alturas que "no hay camino tan llano que no tenga algún barranco" y "que no se toman truchas a bragas enjutas", es decir, que quien quiere peces tarde o temprano tiene que mojarse el culo.

Monólogo de Alsina, en Más de uno