A principios de febrero la borrasca Leonardo descargó casi 600 mm sobre Grazalema (Cádiz) en apenas 24 horas. Un evento extremo e histórico. Entonces, Aemet fue capaz de anticipar esas cifras con bastante precisión. ¿Por qué el 29 de octubre de 2024 sus avisos para la provincia de Valencia hablaban de “un mínimo de 180 mm“ cuando en Turís terminaron cayendo 771 mm? ¿Acaso la tecnología se queda corta ante los nuevos extremos climáticos?
En conversación con Mario Viciosa, Rubén del Campo explica que "las lluvias en Grazalema, con ese río atmosférico que cruzaba desde el Atlántico desde el Caribe, es una situación muy bien vista por los modelos de predicción del tiempo". Un río atmosférico es una banda estrecha y alargada de vapor de agua que recorre miles de kilómetros y que, al chocar con una cadena montañosa como la sierra de Grazalema, descarga de forma masiva y sostenida. Esa estructura es grande, estable y fácilmente detectable por los modelos numéricos con días de antelación.
"La situación de la DANA no tanto", añade el portavoz. "Una DANA es una situación atmosférica muy favorable para que se formen tormentas muy violentas pero muy locales, que prácticamente se forman in situ, sobre la zona donde va a descargar esa gran cantidad de lluvia o muy cerca. Y ahí los modelos de predicción no son capaces de verlo con tanta precisión", explica a Mario Viciosa en 'Esto no ha pasado'.
Del Campo aclara que los avisos de Aemet funcionan con umbrales mínimos que se espera que se superen, no con 'cifras techo'. En el caso de la DANA de Valencia, el primer aviso rojo ya incluía un comentario técnico en el que se advertía de que los 180 litros por metro cuadrado podrían alcanzarse en apenas dos o tres horas. Aun así, reconoce que la DANA genera una incertidumbre estructural muy superior a la de un temporal atlántico como el de la borrasca Leonardo, donde el recorrido del vapor de agua desde el trópico hasta la Península es trazable y cuantificable.
El cambio climático intensificó el potencial de la DANA de 2024
La comparación entre ambos episodios llega en una semana en la que un estudio publicado en Nature Communications aporta nuevas evidencias de que el cambio climático pudo haber amplificado muy notablemente los mecanismos que provocaron las inundaciones de Valencia.
El trabajo, liderado por Carlos Calvo-Sancho (Universidad de Valladolid) junto a investigadores del CSIC, el CIDE y el CNR italiano, simuló el episodio bajo condiciones actuales y preindustriales. Las condiciones climáticas presentes se asociaron con un incremento del 21% en la tasa de precipitación en seis horas y un aumento del 56% en el área afectada por lluvias superiores a 180 mm, en comparación con los tiempos anteriores al calentamiento global. Según los autores, la mayor temperatura superficial del Mediterráneo y el Atlántico Norte incrementó el vapor de agua disponible en la atmósfera, lo que a su vez habría alterado la dinámica de la tormenta, haciéndola más intensa y extensa.
Del Campo, por su parte, apunta en la misma dirección desde su experiencia operativa: "Un océano más caliente y una atmósfera también más caliente favorecen que haya mucho más vapor de agua. Cuando esos ríos atmosféricos se encuentran con una cadena montañosa que hace de parapeto y exprime esa masa de aire como si fuera una esponja, las lluvias son descomunales".

