Tras permanecer un tiempo prolongado sumergido en el agua, especialmente durante los meses de verano, cuando es habitual pasar horas en la piscina o en la playa, se puede observar cómo la piel de las manos y los pies se arruga. Pero, ¿por qué ocurre este fenómeno?
Aunque pueda parecer que la piel se daña o que las arrugas aparecen porque absorbe agua y se hincha, esta explicación es incorrecta. Durante mucho tiempo se creyó que el agua penetraba en la piel, provocando su expansión y la formación de los pliegues. Sin embargo, la ciencia ha demostrado que no es así.
Respuesta científica
Según explica National Geographic España, las arrugas de los dedos no son una simple consecuencia del contacto con el agua, sino una adaptación del organismo. "Se trata de una técnica evolutiva que, en algún momento de la historia, pudo significar la diferencia entre sobrevivir o no", señala la publicación.
La explicación se encuentra en el sistema nervioso simpático, encargado de controlar funciones automáticas del cuerpo como la dilatación de las pupilas, la sudoración o el ritmo cardíaco.
Cuando los dedos permanecen sumergidos bajo el agua mucho tiempo, los nervios envían señales para que los vasos sanguíneos de la yema de los dedos se contraigan. Esa vasoconstricción reduce el volumen del tejido bajo la piel y hace que esta se pliegue hacia el interior y aparezcan las características arrugas. Por tanto, se trata de un proceso programado y controlado por el organismo.
El motivo por el que se arrugan los dedos
El cuerpo activa este mecanismo para mejorar el agarre sobre superficies mojadas o resbaladizas. Según National Geographic España, los pliegues de la piel actúan de forma similar a los surcos de la suela del zapato, canalizan el agua y aumentan el contacto entre los dedos para sujetar el objeto que se desea.
Esta teoría fue respaldada por un estudio realizado por científicos de la Universidad de Newcastle (Reino Unido). En el experimento participaron 20 personas, a las que se les pidió recoger canicas secas y mojadas. Los resultados mostraron que quienes tenían las yemas de los dedos arrugadas manipulaban los objetos mojados con mayor rapidez que quienes no las tenían arrugadas. Esto demuestra que la forma que adoptan los dedos mejora la capacidad de sujetar objetos en condiciones húmedas.
Desde el punto de vista evolutivo, este mecanismo también tiene sentido. Un mejor agarre habría permitido a los humanos primitivos trepar árboles, recolectar fruta y desplazarse por superficies húmedas con menor riesgo de resbalar o sufrir lesiones, aumentando así sus posibilidades de supervivencia.

