El hilo conductor de esta travesía por la localidad es 'La Mochila', el libro de Ander Izagirre que reconstruye la historia de Alberto Muñagorri, el niño de diez años al que le explotó una bomba de ETA en 1982. La obra permite regresar a una época que muchos de los habitantes actuales de Rentería apenas conocen y recordar que el final de los atentados no borró las secuelas físicas, psicológicas y sociales de la violencia.
Alsina comienza el recorrido junto al río Oyarzun, que atraviesa el valle y discurre hacia Pasaia. En la orilla izquierda, las calles adoquinadas del casco antiguo dibujan una ciudad de plazas tranquilas, pequeños comercios, fachadas estrechas, balcones de hierro y macetas. La calle Magdalena, donde arranca la caminata, es uno de los escenarios centrales de la mañana. También aparecen las calles María de Lezo y Morrón Villeta, que desemboca en la pequeña plaza Aralar.
La Rentería que describe el periodista, con vecinos paseando o tomando café, parece muy distinta de la ciudad que conocieron quienes hoy rondan o superan los cincuenta años. En los años ochenta y noventa, la violencia formaba parte de la vida cotidiana. Había disturbios, cargas policiales, barricadas, autobuses incendiados, explosiones y ataques contra policías y militares. También hubo detenciones arbitrarias y torturas, así como personas corrientes heridas en enfrentamientos callejeros.
Pero existía otra violencia menos visible, la que empujaba a mirar hacia otro lado, a callar y a evitar cualquier gesto que pudiera interpretarse como una toma de posición. Alsina recuerda las ocasiones en las que una institución podía condenar un crimen sin nombrar a sus autores y la crueldad añadida de decirle a la madre de un niño mutilado por una bomba que, al fin y al cabo, había recibido una indemnización y no debía quejarse.
El miedo estaba incorporado a las rutinas. En aquellos años, subirse a un autobús municipal significaba saber que podía ser asaltado por encapuchados y quemado. En las viviendas, las familias aprendían a bajar las persianas en cuanto comenzaba el alboroto, anticipándose a los cristales rotos, los cócteles molotov, el olor a gasolina y el humo.
En ese paisaje se inscribe la historia de Alberto. Al leer el libro de Izagirre, Alsina encuentra escenas que hoy parecen casi increíbles: un niño que descubre bajo las sábanas del hospital que, aunque siente la pierna, lo que tiene es un muñón; una madre que sale de la habitación de su hijo y teme que se le esté apagando; un hermano mayor que, conmocionado por haberlo visto ensangrentado en la calle, llega a interpretar lo sucedido como un daño colateral de un supuesto conflicto.
La familia tuvo que aprender a vivir entre viajes al hospital, infecciones, curas, consultas de ortopedia y recursos limitados. Alberto era conocido por todo el pueblo, pero, con el paso del tiempo, muy pocos se interesaban de verdad por su situación. Entre la explosión de 1982 y el anuncio de ETA de 2011 transcurrieron casi treinta años de mochilas bomba, asesinatos de concejales, funerales y personas obligadas a llevar escolta. También fueron años de resistencia cívica, lazos azules y manos blancas.
Ander Izagirre y el nombre que se convirtió en advertencia
El autor de 'La Mochila' Ander Izagirre, nació en 1976 en San Sebastián. Cuando era pequeño, el nombre de Alberto Muñagorri quedó grabado en su memoria como una advertencia. A los niños se les decía que no tocaran las mochilas ni las bolsas abandonadas en la calle, que no les dieran patadas y que recordaran lo que le había sucedido al chaval de Rentería.
Izagirre explica que durante años Alberto fue para él una imagen en blanco y negro, una historia incompleta que necesitaba conocer. Mucho tiempo después comenzó a preguntar por él y terminó encontrando una historia que iba mucho más allá del atentado.
Alsina agradece al periodista y a Alberto que hayan compartido el relato de aquellos hechos y de todo lo que vino después. También reconoce que él mismo había conservado una idea equivocada: como tantas otras personas, recordaba a Alberto como el niño que había dado una patada a una mochila.
El periodista saluda al protagonista del libro, Alberto Muñagorri, que explica que, después de ocho años compartiendo muchas horas con Izagirre, ambos han construido una amistad duradera. Bromea con que el escritor probablemente conoce más detalles de su vida que su propia familia.
El recorrido comienza precisamente frente a la casa de la calle Magdalena donde Alberto creció con su madre. Se marchó de casa cuando tenía alrededor de dieciocho o diecinueve años. Desde allí, Alsina propone caminar hasta el lugar de la explosión y después visitar la vivienda de su abuela, reconstruyendo el itinerario de aquel día.
Antes de avanzar, le pregunta por el ambiente que se respira actualmente en Rentería y por las muestras de exaltación de ETA que todavía pueden resultar dolorosas para las víctimas. En el libro se relata que, junto al balcón de la casa familiar, hubo pancartas de exaltación de miembros de la organización.
También se recuerda cómo la madre de Alberto, al regresar del hospital sin saber si su hijo sobreviviría, se encontró con una manifestación en la que se gritaba "Gora ETA!".
Alberto reconoce que la situación ha mejorado enormemente. Rentería ya no tiene nada que ver con la ciudad que vivió aquellos años. Los homenajes a miembros de ETA han ido desapareciendo, pero siguen existiendo pintadas y pancartas en el espacio público que hacen referencia a presos y miembros de la organización, incluso a personas que murieron cuando manipulaban bombas que pretendían colocar.
Para él, esas expresiones todavía hacen daño y deben desaparecer. No obstante, se declara optimista: se ha avanzado mucho, aunque todavía queda trabajo para construir la convivencia que desea para el futuro.
El 26 de junio de 1982: un niño sale a jugar al fútbol
La caminata continúa hacia la plaza Aralar. La distancia entre la casa familiar y el lugar donde explotó la mochila es corta. Desde la vivienda, la madre de Alberto escuchó la detonación, sin imaginar que su hijo era el niño gravemente herido.
Alberto recuerda que había salido de casa aproximadamente un cuarto de hora antes. El plan inicial de la familia era ir a la playa, como habían previsto el día anterior, pero el cielo nublado hizo que cada uno organizara la jornada por su cuenta. Su hermano decidió salir con el perro; su madre y su hermana quedaron con otros planes, y él se marchó a jugar al fútbol con sus amigos.
Era el 26 de junio de 1982. Un día corriente que terminó dividiendo su vida en un antes y un después.
Alsina plantea las preguntas que inevitablemente acompañan a una tragedia así: qué habría sucedido si la familia hubiera ido a la playa o si Alberto hubiera tardado cinco minutos más. La bomba explotó alrededor del mediodía, aunque, según se reconstruye durante el programa, probablemente estaba preparada para detonar a medianoche.
Izagirre explica que la mochila llevaba allí desde la noche anterior. La Policía Municipal detectó el objeto y acordonó la zona, alertando a la Policía Nacional. Hubo confusión entre los agentes: unos creían que el artefacto ya había sido revisado y no contenía explosivos; otros sostenían que no se había confirmado tal cosa. Finalmente, alrededor de las seis de la mañana se levantó el cordón policial y la mochila quedó en la calle.
Además, el objeto no permaneció exactamente en el punto en el que había sido colocado. Un trabajador de Iberduero, la compañía eléctrica contra la que se dirigía el atentado, encontró la mochila y la desplazó. Otras personas también pudieron moverla. La bomba acabó explotando al paso de Alberto.
La historia de la supuesta patada adquiere entonces una importancia especial. Durante décadas se atribuyó al niño haber golpeado la mochila, como si su comportamiento hubiera tenido alguna responsabilidad en lo sucedido. Izagirre explica que la ubicación cambiante del artefacto y las circunstancias de la explosión permiten entender por qué esa versión no se sostiene.
Alsina subraya que la culpabilidad debe recaer en quien colocó la bomba. Recuerda que, en otros atentados, también se ha intentado desviar la responsabilidad hacia quienes no evitaron la explosión o hacia quienes no evacuaron a tiempo una zona. En el caso de Alberto, el argumento utilizado fue que no debería haber tocado la mochila.
El protagonista explica que la primera vez que le preguntaron por ello fue cuando estaba ingresado en el hospital. Un periodista de Televisión Española le preguntó si había dado una patada al objeto. Alberto respondió que no, y volvió a negarlo cuando insistieron.
A pesar de aquella respuesta, la versión se extendió. Durante su infancia y adolescencia, cuando alguien le reprochaba que no le habría pasado nada si no hubiera golpeado la mochila, se quedaba callado. Con los años aprendió a responder. Ahora pide a quien repite esa acusación que se tome unos segundos para reconsiderar lo que está diciendo.
Su razonamiento es sencillo: aunque hubiera dado una patada a la mochila, ¿Qué responsabilidad tendría un niño de diez años por tocar un objeto abandonado en la calle? La responsabilidad principal, insiste, pertenece a quien decidió colocar allí un explosivo.
Alberto había pasado cientos o miles de veces por aquel lugar sin que le ocurriera nada. Todo cambió el día en que alguien dejó una mochila cargada con explosivos y se despreocupó de ella.
Una bomba contra Iberduero y el contexto de la lucha antinuclear
La conversación se detiene en el contexto político del atentado. En aquellos años, Iberduero impulsaba el proyecto de la central nuclear de Lemóniz, que despertó una importante movilización social contraria a su construcción. ETA se apropió de esa causa y utilizó la violencia como instrumento para presentarse como protagonista de la lucha.
Izagirre recuerda que la organización secuestró y asesinó al ingeniero José María Ryan en 1981. El método, explica, anticipaba el que años después se vería en el caso de Miguel Ángel Blanco: secuestro, ultimátum, cuenta atrás y asesinato. En el contexto de la central nuclear también fueron asesinados el director de obras y varios trabajadores; Izagirre cifra en cinco las víctimas mortales de ETA relacionadas con aquel conflicto.
El autor insiste en que el rechazo a los proyectos nucleares no fue una causa que necesitara la violencia terrorista para movilizar a la sociedad. En otras zonas de la costa vizcaína se frenaron proyectos de centrales nucleares mediante movilizaciones civiles pacíficas y multitudinarias. ETA, sin embargo, se apropió de una bandera social con amplio respaldo y entró en ella mediante bombas y asesinatos.
La mochila colocada en Rentería iba dirigida contra una oficina-almacén de Iberduero. El objetivo era atacar las instalaciones de la compañía, y el plan parecía concebido para que el artefacto explotara sin causar víctimas, presumiblemente durante la noche. Sin embargo, el movimiento de la mochila y la confusión policial hicieron que terminara explotando en plena calle, hiriendo gravemente a un niño.
Alsina recuerda que la Policía Municipal sospechó del objeto porque estaba junto a una oficina que ya había sido blanco de otros atentados. No se trataba, por tanto, de un lugar ajeno a la amenaza terrorista, sino de una zona que había sufrido ataques previos.
El despertar en la UCI y una infancia entre curas
Alberto permanece inconsciente tras la explosión. Malherido y desangrado, es trasladado en ambulancia a San Sebastián. Su primer recuerdo es el despertar en la unidad de cuidados intensivos, donde distingue dos manchas verdes que resultan ser sus padres, vestidos con la ropa especial que se utiliza para entrar en la UCI.
Su madre se acerca para tranquilizarlo y decirle que está allí. Alberto permanece sedado, conectado a tubos y con las manos sujetas para evitar que se toque las heridas de la cara. No entiende qué le ha ocurrido. Durante un tiempo llega a pensar que está ingresado por haberse empachado de caramelos, porque recuerda haber utilizado las veinticinco pesetas que le daban para comprar unas golosinas.
Su madre intenta protegerlo de la magnitud de lo sucedido. Le ofrece explicaciones con mucho cuidado, consciente de que tiene delante a un niño de diez años que debe afrontar unas curas dolorosas y repetidas para extraerle los fragmentos de metralla que tiene en el cuerpo.
Las curas se convierten en uno de los recuerdos más duros de su estancia hospitalaria. Alberto recuerda que, cuando veía llegar el carro con los instrumentos, sabía que tendría que soportar otra sesión de dolor.
Alsina subraya que las consecuencias de una amputación no terminan cuando el paciente sale del hospital o recibe una prótesis. La vida de Alberto ha seguido ligada a las consultas, las revisiones, las operaciones y la necesidad de adaptar o corregir el muñón para poder utilizar una pierna ortopédica.
Las lesiones tampoco se limitaron a la pierna. Alberto sufrió daños en un ojo y perforaciones en los tímpanos, que durante años le provocaron infecciones. En 2022, casi cuatro décadas después del atentado, le apareció un bulto en el ojo que tuvo que ser extirpado. La posibilidad de perder la visión que conserva hace que cada nuevo problema médico tenga un peso especial.
"Lo duro empieza después", viene a explicar Alberto: no hay que reducir toda la experiencia al 27 de junio de 1982 ni pensar que la recuperación se limita a superar los primeros días. Las secuelas físicas continúan y pueden agravarse con la edad.
La mochila invisible: una depresión que llegó décadas después
El programa entra después en una dimensión menos visible de las consecuencias del atentado: el daño psicológico. Alberto siempre ha sido una persona optimista, con voluntad de salir adelante y sin presentarse como víctima. Sin embargo, eso no significa que el dolor haya desaparecido.
Poco antes de la pandemia, y en un periodo que coincidió con su divorcio, atravesó una depresión muy grave. La separación fue dolorosa, aunque mantuvo una buena relación con su expareja. Lo que no lograba comprender era por qué se había hundido de aquella manera.
Se miraba al espejo y se preguntaba cómo podía haber superado una bomba y, sin embargo, no ser capaz de afrontar aquella crisis personal. Con el tiempo comprendió que no estaba reaccionando únicamente a lo que ocurría en el presente. Habían empezado a aflorar emociones y traumas que llevaba décadas acumulando.
En 1982 apenas existía la atención psicológica que hoy se considera necesaria en situaciones de esta naturaleza. Alberto recuerda que su principal apoyo fue su madre y que tuvo que seguir adelante como pudo. La rabia, la incomprensión y otras emociones que no sabía cómo gestionar fueron quedándose dentro de él.
La metáfora del libro cobra entonces todo su sentido: aquella mochila no solo contenía explosivos. También representa el peso emocional que Alberto había llevado durante años, hasta que un día empezó a hacerse insoportable.
Alsina recuerda otro episodio narrado en la obra. Alberto aceptó reunirse en la cárcel de Logroño con Ismael, un antiguo miembro de ETA que cumplía condena por otros hechos y había revisado su pasado. A pesar de haber contado su historia muchísimas veces, Alberto se echó a llorar nada más comenzar a hablar con él. No podía parar. Durante veinte o veinticinco minutos llegó a plantearse interrumpir el encuentro, pero decidió continuar.
No quería utilizar aquella conversación para recriminarle nada personalmente. Quería que comprendiera el sufrimiento que había causado a él y a otras muchas personas, y que tomara conciencia de que aquello no podía volver a ocurrir.
El encuentro le dejó una sensación de esperanza. Alberto comprobó que una persona podía cambiar, reconocer el daño causado y asumir otra posición ante su pasado. Para él, esa experiencia demuestra que hay que ofrecer segundas oportunidades cuando existe un proceso real de toma de conciencia.
Reconocer el daño no basta: la responsabilidad debe expresarse en público
La conversación aborda entonces una de las cuestiones más delicadas de la convivencia después de ETA: Qué significa arrepentirse y qué pasos deben dar quienes participaron en la violencia.
Alsina plantea que reconocer el dolor causado es importante, pero puede resultar insuficiente si no va acompañado de una renuncia clara a la idea de que la violencia estuvo justificada en algún momento. En su opinión, todavía hay personas que condenan el sufrimiento provocado, pero no llegan a reconocer que recurrir al terrorismo fue innecesario e inmoral.
El periodista recuerda que las posiciones políticas que se defienden hoy, incluidas las independentistas, podían defenderse por vías democráticas. La Constitución, el Estatuto de Autonomía y los cauces electorales ya existían. Por ello, considera fundamental reconocer que no era necesario recurrir a la violencia para perseguir objetivos políticos.
Izagirre aporta lo que ha conocido a través de los encuentros de Alberto con antiguos miembros de ETA. Algunos han expresado públicamente que la violencia fue injusta e innecesaria; otros reconocen esas mismas ideas en privado, pero no se atreven a pronunciarlas en público.
Según explica el escritor, persiste una presión social dentro de determinados entornos que dificulta ese paso. Algunas personas temen que sus familias sufran rechazo o que se les haga el vacío si expresan abiertamente su cambio de posición. Para Alberto, sería especialmente valioso que aquello que algunos reconocen en conversaciones privadas pudiera decirse también públicamente.
El recorrido llega finalmente a la plaza Aralar, el lugar de la explosión. Alberto señala dónde estaba la oficina de Iberduero, dónde había un pequeño muro con una valla y dónde se encontraba inicialmente la mochila. Explica que el artefacto fue desplazado y que la acera era entonces más estrecha. Él pasó por allí, se quedó mirando la mochila y, de pronto, todo cambió.
La explosión no transformó únicamente mi vida. También alteró para siempre la de mi madre, mis hermanos y del resto de la familia.
Por qué Alberto nunca quiso abandonar Rentería
Alsina le pregunta por qué decidió quedarse en el pueblo. Alberto responde que allí están sus raíces y su familia. Reconoce que no es necesariamente el lugar más bonito de Guipúzcoa, pero sigue siendo su casa.
Su experiencia fue distinta de la de otras víctimas que sufrieron amenazas, insultos o nuevas agresiones después del atentado. Él no recuerda haber padecido ese tipo de ataques directos. Lo que sí experimentó fue algo persistente: el silencio.
Durante mucho tiempo, el silencio formó parte del ambiente cotidiano de Rentería. Alberto lo percibió tanto en la calle como en algunos ámbitos familiares. Había personas que sabían lo que le había ocurrido y, aun así, nunca se acercaron a preguntarle cómo estaba o a decirle que sentían lo sucedido.
Alsina señala que el silencio podía nacer del temor a significarse políticamente o de la falta de sensibilidad hacia quienes habían sufrido la violencia. La tragedia de Alberto resultaba especialmente incómoda porque no era un policía, un militar, un guardia civil o un concejal al que alguien pudiera intentar presentar como representante del Estado o de un partido político. Era un niño que iba caminando por la calle cuando le explotó una bomba.
El periodista recuerda cómo, en ocasiones, se intentó desplazar la responsabilidad hacia el propio Alberto, por la supuesta patada, o hacia la actuación policial. Ambas explicaciones apartaban la mirada de quien había colocado el explosivo.
Antes de cerrar la primera parte del recorrido, Alsina anuncia que el programa continuará desde la Biblioteca Municipal. Allí se reunirán con lectores de "La Mochila", entre ellos jóvenes de apenas quince años, para conocer qué impresión les ha causado descubrir una historia de su propio pueblo que muchos desconocían.
Ocho años para escribir una historia que no podía terminar pronto
Tras la pausa publicitaria, el programa se traslada a la Biblioteca Municipal. Alsina explica que la idea de trabajar en el libro se remonta a 2018, cuando Alberto propuso caminar por Rentería y reconstruir los lugares de su historia. Alberto, que también había sentido la necesidad de contar su experiencia, encontró en Izagirre a alguien interesado en escucharla y escribirla.
El libro estaba previsto para publicarse en torno a 2020, pero la vida de Alberto se complicó. La depresión que sufrió y las circunstancias personales que atravesó hicieron que necesitara parar. Lo que inicialmente parecía una pausa de un par de meses terminó convirtiéndose en seis años.
Izagirre cuenta que, durante ese tiempo, Alberto reinterpretó episodios de su juventud y participó en experiencias que enriquecieron el relato, como los encuentros restaurativos con antiguos miembros de ETA y otras víctimas. El escritor cree que la perspectiva adquirida durante esos años ha dado al libro una profundidad que quizá no habría tenido si se hubiera publicado antes.
La demora también confirma una idea central de la obra: la vida de una víctima no se detiene cuando termina el atentado ni cuando cicatrizan las heridas. Las consecuencias pueden reaparecer décadas después.
Alsina explica cómo surgió la idea de organizar un club de lectura. Izagirre había paseado por Rentería con sus sobrinos, de once y catorce años, que habían leído una entrevista sobre Alberto. Les parecía casi imposible que ETA dejara bombas en la calle capaces de explotar al paso de cualquier persona. Aquella reacción llevó a pensar que era necesario escuchar a lectores de distintas edades y comprobar qué descubren al acercarse a esa historia.
En la biblioteca se encuentra también Jara, responsable de la librería Panofsky, que ha colaborado en la organización del encuentro. Alsina invita a los asistentes a preguntar al autor y a Alberto, sin necesidad de limitarse a comentarios amables: también pueden señalar lo que les haya sorprendido, lo que no entiendan o incluso los pasajes que crean que podrían estar mejor escritos.
Los lectores descubren una Rentería que parecía ficción
La primera intervención es la de Vanessa, una mujer colombiana que lleva aproximadamente cinco años viviendo en Rentería. Explica que el libro le ha ofrecido una perspectiva que nunca habría imaginado y que, al comenzar a leerlo, le parecía estar ante una historia de ciencia ficción.
Vanessa vive en un lugar que hoy le transmite tranquilidad. Pasea por la plaza Aralar con su hija y no consigue imaginar que allí pudiera ocurrir una tragedia como la de Alberto. Procede de México, un país que describe como violento, aunque afirma que, por fortuna, nunca había vivido directamente un acto violento de esa naturaleza.
La lectura también la llevó a investigar la historia de Colombia en 1982, un periodo marcado por el conflicto armado y por iniciativas relacionadas con los acuerdos de paz y la amnistía. La experiencia le hizo reflexionar sobre la importancia de conocer el pasado para evitar que se repita. Considera que el libro puede ayudar a romper silencios que todavía persisten en Rentería.
A continuación, Alsina pregunta a los asistentes que han nacido en la zona si conocían la historia de Alberto. Uno de ellos explica que sabía quién era y lo conocía de vista porque vivían cerca. En su familia se hablaba de lo ocurrido, pero siempre con mucho cuidado. Sabía que Rentería había sido un lugar conflictivo, que muchas personas habían sufrido y que vecinos que antes se trataban habían dejado de hablarse. Sin embargo, no conocía con precisión los lugares ni las historias personales que estaban detrás de aquella memoria colectiva.
La lectura del libro y la participación en el programa Ética, del Consejo de la Juventud de Euskadi, le han permitido situar los hechos en calles y esquinas concretas. El proyecto aborda cuestiones de memoria y convivencia en Euskadi y las compara con el caso de Irlanda del Norte, aunque sus participantes reconocen que se trata de experiencias diferentes.
Alberto agradece el interés de los jóvenes. Le parece importante que dediquen tiempo a escuchar a las víctimas y a conocer una historia que, en muchos casos, no se les ha explicado con detalle.
La conversación vuelve entonces al silencio que acompañó durante años a su familia. Alsina recuerda que la madre de Alberto iba a hacer la compra y nadie se acercaba a preguntarle cómo estaba, pese a que todo el mundo sabía que su hijo había perdido una pierna en un atentado de ETA.
Alberto confirma que esa falta de acercamiento se mantuvo durante mucho tiempo, incluso entre algunos familiares. Nunca le dijeron que sentían lo ocurrido ni se interesaron por su sufrimiento. No obstante, intenta comprender que a veces las personas no saben cómo acercarse a alguien que ha sufrido una tragedia por miedo a hacerle más daño.
Para él, un gesto sencillo puede ser suficiente: una mirada, un apretón de manos, un abrazo. No hace falta encontrar palabras perfectas. Lo que faltó durante años fue precisamente esa cercanía humana.
Un adolescente de catorce años escucha una historia que no vivió
Entre los asistentes está un chico de catorce años que ha vivido toda su vida en Rentería. Cuenta que las primeras páginas del libro le causaron mucha pena. Le resulta difícil imaginar que algo así pudiera ocurrirle a él, que disfruta caminando y corriendo por la calle. Piensa que una experiencia semejante podría condicionarle para siempre.
Alsina le pregunta qué sabía del terrorismo antes de leer el libro. El joven explica que conocía algunos datos generales: que ETA había dejado de matar en 2011, que su historia se remontaba al franquismo y que había cometido atentados como el que acabó con la vida de Luis Carrero Blanco. También sabía que en Rentería las explosiones y los ataques habían sido habituales, pero no conocía en profundidad los hechos concretos.
Otra lectora, que conocía la historia de otros atentados ocurridos en el municipio, reconoce que la de Alberto le ha causado un impacto especial. Había vivido cerca de aquellas calles y conserva recuerdos de concentraciones y de una época que recuerda de manera fragmentaria, pero no conocía la historia personal de Alberto con ese detalle.
Izagirre pregunta a los asistentes si sus familias les advertían de que no tocaran las bolsas o mochilas abandonadas en la calle, como sucedía con los niños de los años ochenta. Una de las participantes explica que no recibió esa advertencia concreta, pero sí recuerda otra norma: cuando había concentraciones, había que apartar la mirada, no señalar, no hablar y seguir caminando.
Alsina utiliza ese recuerdo para volver a la idea de la presión ambiental. No significarse públicamente podía ser una forma de protegerse, mientras que otros sectores se expresaban con orgullo a favor de quienes justificaban la violencia. Esa diferencia ayuda a comprender el clima de miedo y silencio que rodeó a muchas víctimas.
Maite pregunta al autor por el coste emocional del libro
Tras una breve pausa, el programa retoma la conversación con Maite, nacida en 2011, el mismo año en que ETA anunció el final de la actividad terrorista. Ella considera una suerte no haber vivido aquella época, aunque su madre conserva recuerdos de ella.
Su pregunta se dirige a Izagirre: ¿Cómo le ha afectado escribir el libro durante tantos años?
El periodista explica que, aunque se considera una persona capaz de mantener cierta distancia cuando trabaja, esta vez ha experimentado algo distinto. En otros proyectos, incluidos trabajos sobre historias de sufrimiento en Bolivia, había conseguido conservar una separación emocional. Sin embargo, el relato de Alberto y el contacto con otras víctimas, como Naiara Zamarra, le provocaron nerviosismo e incluso pesadillas.
Izagirre nació en 1976 y creció en un entorno en el que aquella violencia estaba presente. Creía conocerla, pero escuchar a alguien narrar en primera persona lo que había sufrido convierte la historia en una experiencia nueva. La cercanía con Alberto durante tantos años le permitió vivir el relato desde dentro y le hizo sentir el peso de la historia de una manera que no había experimentado en sus tres décadas de trabajo.
Por eso considera que 'La Mochila' es un libro especialmente importante para él.
Joaquín Costa recuerda los ataques contra la Casa del Pueblo
La siguiente intervención es la de Joaquín Costa, que saluda a Alsina y cuenta que lleva más de treinta años escuchándolo. Él y un compañero acumulan cincuenta años de militancia en el Partido Socialista y han vivido numerosos ataques contra la Casa del Pueblo de Rentería: recuerda veintisiete asaltos.
El primero coincidió con la época del asesinato del senador Enrique Casas. Joaquín relata que, cuando se produjo el atentado contra Alberto, el comité nacional del partido estaba reunido en Bilbao. Chiqui Benegas interrumpió la reunión para comunicar la noticia: una bomba había destrozado a un niño de diez años. El recuerdo de aquel anuncio, y del silencio que se produjo, sigue vivo.
Pocos días después, Joaquín visitó a Alberto en su casa, donde lo encontró convaleciente, demacrado y acompañado por su madre. También recuerda una entrevista con el periodista José Antonio Gurruchaga, que había sufrido un atentado y le regaló a Alberto un libro titulado "La Bomba". Aquel periodista le transmitió una idea que ayudó al niño a imaginar su futuro: también se podía llevar una vida feliz con una sola pierna.
Joaquín aprovecha para felicitar a Alberto por haber logrado normalizar su vida y por la capacidad de seguir adelante.
La intervención lleva a Alsina a reflexionar sobre el compromiso de quienes continuaron en política pese a las amenazas. Recuerda a concejales que sabían que, después del asesinato de un compañero, podían convertirse en el siguiente objetivo y, aun así, aceptaban ocupar su puesto. Pone como ejemplo el caso de José Luis Caso, concejal del Partido Popular asesinado después de que otros cargos públicos fueran amenazados o asesinados, y saluda a las familias que han tenido que soportar las consecuencias de aquella violencia.
Alberto responde que también quiere reconocer el papel de las personas que, pese a sufrir ataques y asesinatos de compañeros, siguieron trabajando por la paz, la convivencia y la no repetición. Para él, la resistencia cívica no fue obra de una sola persona, sino de muchas que se esforzaron por mantener abiertas las posibilidades de entendimiento.
Cuando Alsina le pregunta, en tono distendido, si volverá a presentarse a las elecciones, Alberto responde entre risas que quizá alguien tendrá que decidirlo.
Llevar el testimonio a las escuelas para evitar la repetición
Iker, otro de los participantes, agradece a Alberto y a Mónica, del proyecto Ética, la oportunidad de asistir al encuentro. Él ha participado en varias iniciativas testimoniales con víctimas y con antiguos miembros de ETA que han abandonado la organización, como Kepa Pikabea.
Su pregunta es si Alberto estaría dispuesto a participar en un programa educativo de testimonios en los institutos de Rentería, donde, según explica, esa experiencia todavía no se ha desarrollado. Le gustaría que los jóvenes pudieran escuchar tanto a víctimas como a antiguos miembros de ETA que hayan reconocido el daño y hayan cambiado de posición.
Alberto responde afirmativamente. Señala que los programas de este tipo no llegan a todos los centros educativos y que hace falta trabajar más en la enseñanza pública. Estaría encantado de acudir a un instituto de Rentería junto a otras víctimas.
También considera importante que, junto a los testimonios de las víctimas, puedan intervenir antiguos miembros de ETA que hayan realizado un proceso serio de reflexión, reconozcan el daño y estén comprometidos con la no repetición. En su opinión, esas personas pueden explicar a los jóvenes cómo se produce el proceso de radicalización y advertirles de las consecuencias de determinados ambientes, discursos, lecturas o referentes.
Nadie, sostiene, se convierte en terrorista de un día para otro. Hay una cadena de influencias y decisiones que puede terminar llevando a una persona a una organización terrorista, con consecuencias devastadoras para las víctimas, para quienes ejercen la violencia y para sus propias familias.
Por eso cree que esos testimonios pueden servir para prevenir que las nuevas generaciones repitan los errores del pasado.
La pregunta final: ¿de dónde sacó Alberto la fuerza para seguir adelante?
La última intervención llega de otro participante procedente de México. Cuenta que, aunque su país no es especialmente seguro, solo ha vivido una experiencia de violencia directa: cuando viajaba en autobús con su padre y su hermano, un hombre se acercó para asaltarlos de una forma que describió como aparentemente pacífica, ofreciéndoles unas paletas a un precio muy superior al real. El episodio se le quedó grabado porque fue la primera vez que sufrió algo parecido.
Al leer el libro y caminar por Rentería, le ha sorprendido el contraste entre aquella experiencia y la tranquilidad que hoy se respira en las calles. Le llama la atención que las personas puedan pasear y llevar a sus hijos al colegio sin el miedo que acompañó a quienes vivieron los años de ETA. Su pregunta a Alberto es cómo encontró la fuerza para salir adelante, más allá del apoyo de su madre y de su familia.
La respuesta de Alberto vuelve precisamente a su madre. De ella aprendió una consigna que ha permanecido en su memoria: "No odiar y ser feliz". Esas palabras, repetidas durante años, se convirtieron en una referencia para afrontar lo que le había ocurrido.
Alberto explica que la empatía y la capacidad de escuchar a los demás no aparecieron automáticamente por haber sido víctima de un atentado. Ha tenido que trabajarlas. Pero cree en la convivencia, en la paz y en la necesidad de impedir que vuelva a repetirse lo ocurrido.
Su propósito con el libro es aportar algo útil y transformar el sufrimiento en una contribución a la sociedad. Quiere que las personas miren al pasado, comprendan lo que sucedió y aprendan qué cosas no deben repetirse. No pretende que su vida quede definida exclusivamente por el atentado, sino poder ser feliz, cumplir sus objetivos y llevar una vida lo más normal posible.
Una carta dirigida a quien dejó la mochila
En el cierre del programa, Alsina revela el final del libro. 'La Mochila' termina con una carta escrita por Alberto Muñoz Gorri a la persona que dejó la bomba en la plaza Aralar en 1982.
El periodista anima a los lectores a detenerse en esa carta y leerla, si es posible, varias veces. En ella, Alberto invita a quien colocó el explosivo —una persona cuya identidad continúa sin esclarecerse y que quizá todavía viva en Rentería— a dar un paso adelante y aceptar una conversación.
No se conoce la autoría concreta del atentado. A ETA le costó reconocer que la bomba había sido colocada por la organización, y Alberto sigue sin saber quién fue responsable directo de lo que le ocurrió. Si algún día pudiera hablar con esa persona, querría conocer los detalles de aquella noche y saber si, al comprobar que la bomba no había explotado a la hora prevista, se planteó avisar para evitar una tragedia.
También estaría dispuesto a escuchar una explicación, siempre que no se utilizara para justificar la violencia con el argumento de que eran otros tiempos o de que había una causa política que defender. Alberto quiere escuchar a alguien que haya asumido su responsabilidad y que esté dispuesto a contribuir a la convivencia.
La carta representa la posibilidad de convertir el recuerdo en algo fértil, sin borrar lo sucedido ni renunciar a la verdad. Es una invitación a hablar, pero también una exigencia de responsabilidad.
Así concluye el recorrido de Más de uno por Rentería, en el decimoquinto aniversario del anuncio del final de ETA. Entre la plaza Aralar, la biblioteca y los testimonios de quienes han leído el libro, la mañana ha reconstruido una historia individual que también pertenece a la memoria colectiva.
La Rentería de hoy se parece poco a la ciudad en la que Alberto creció. Sin embargo, siguen pendientes la desaparición de las expresiones públicas de exaltación del terrorismo, el reconocimiento del sufrimiento de las víctimas y la ruptura de los silencios que durante años las dejaron solas.
Alberto no pide vivir anclado en el dolor. Quiere que su experiencia sirva para que otros comprendan lo ocurrido, que quienes participaron en la violencia asuman sus responsabilidades y que los jóvenes puedan aprender de una historia que no vivieron. Su objetivo es sencillo y exigente al mismo tiempo: no odiar, ser feliz y contribuir a que aquello no vuelva a suceder.

