"Pensamos que era un simulacro de incendio porque lo único que se oía por megafonía era: hay que desalojar, hay que desalojar", relata José Ramón (Jochi) Jiménez, abogado madrileño, que entonces trabajaba para un despacho americano. Su oficina se encontraba a ocho kilómetros, en el Midtown, pero el 11S había debía impartir una conferencia en la Torre 7 del World Trade Center y allí estaba cuando dieron la voz de alerta. En mitad de la confusión, bajó a pie más de 40 pisos y, ya en la calle, presenció una de esas escenas dantescas que cuesta olvidar. "Me doy cuenta de que algo está pasando. Gordo. Porque veías a la gente saltar de la torre y nadie se tira desde una altura de 100 pisos pensando que va a sobrevivir.
A partir de ahí, todo lo que recuerda es caos y descoordinación: "los americanos estaban totalmente en estado de shock. La gente se ponía de rodillas. La gente iba como un zombi. Porque no sabían muy bien qué hacer. Al fallar las telecomunicaciones, no podían activar los protocolos. En los días siguientes, Manhattan quedó aislada, con puentes y túneles cerrados y solo entraba era la Guardia Nacional. Durante unos días Manhattan fue total y absoluta zona de guerra. El americano vivía en una burbuja y las Torres Gemelas la pincharon", sentencia.
El americano vivía en una burbuja y las Torres Gemelas la pincharon
A diferencia de otros supervivientes, Jochi, no sufrió pérdidas personales, por puro azar. Como apenas acababan de llegar a la ciudad, le había propuesto a su mujer que llevara a sus dos hijos, entonces pequeños, a visitar el World Trade Center, pero no hubo manera. "Perdí la pelea y gracias a Dios siguen vivos. Eso sí que me hubiera cambiado la vida". Afortunadamente, no fue el caso y, en el año que todavía permanecieron en Nueva York, sus rutinas no variaron. "El día 12 ya estaba en la oficina trabajando", relata, aunque para los neoyorquinos, puntualiza, sí "fueron unos meses de shock", pegados a radio y a la televisión pensando qué podría pasar a partir de entonces.
Él no volvió a la zona cero hasta muchos años después, con sus hijos ya adolescentes. "La mayor debía de tener 15 ó 16 años...y el pequeño, 13 ó 14. Volví con mis hijos en Nueva York a ver la casa donde vivíamos, a ver el parque donde jugaban. Y me dijo mi hija: Oye, ¡vamos a verlo! Y yo: ¿hace falta? Y la verdad es que sí que me conmovió mucho el verlo" reconoce, porque el "monumento está muy bien hecho: esos agujeros con la cascada, los nombres, como el vacío que queda después de toda la gente que murió y para sus familiares".
Una ciudad volcada con las víctimas
Lo más emotivo de toda aquella experiencia, recuerda, fueron los intentos de reactivar la economía de la ciudad cuantos antes y la solidaridad con los afectados. En su propio despacho, relata, habilitaron cuatro de las diez plantas para acoger a abogados de otros despachos y que pudieran trabajar.
Y lo mismo ocurrió en otros puntos de la ciudad, como si el afán de ayudar fuese también un bálsamo para el trauma. La psicóloga Laura Rojas, criada en Nueva York y residente aún entonces en la ciudad, narra cómo "se formaban colas en los hospitales para donar sangre, de personas deseosas y con la necesidad, exigiendo dar una parte de ellos para poder aportar su granito de arena en una tragedia tan terrible. Ella misma colaboró en varios proyectos de asistencia psicológica a las víctimas mientras lidiaba con sus propios duelos. "Para los que lo vivimos más de cerca o perdimos a seres queridos, ha dejado una huella en la memoria emocional".
Confiesa que, a veces, aún cuesta trabajo contarlo. Porque a ella el 11S la pilló visitando a unos amigos en Miami y volver a casa fue toda una odisea, por no hablar del sufrimiento y la incertidumbre durante las horas sin noticas de los seres queridos. "No tuve noticias de mi padre hasta las 22:30 de la noche". Su padre es el psiquiatra Luis Rojas Marcos, entonces director de los red de hospitales públicos de Nueva York. "No sabía si había sobrevivido, si había fallecido". Por eso, para ella, aún hoy, el 11S sigue siendo sinónimo de angustia: "es uno de los peores días de mi vida y creo que no lo olvidaré nunca", a pesar del tiempo que ha pasado y de que, superado el estrés postraumático, "las investigaciones han demostrado", concluye, que la gran mayoría de quienes vivieron aquello hemos podido, diría, volver a la normalidad, superarlo sin olvidarlo".
La memoria en las nuevas generaciones
Marcos López, es hijo de españoles, que nació y ha vivido la mayor parte de su vida en Nueva York. Aquel día tenía 12 años y conserva un recuerdo "un poco raro porque a esa edad no se entiende la gravedad de la situación". En el colegio, les separaron en grupos y les llevaron al gimnasio. Allí, el profesor de Matemáticas les explicó lo que había pasado y la de Ciencias se echó a llorar. Ya en casa, Marcos conserva la imagen de su madre viendo las noticias muy emocionada. "Si he aprendido algo", reflexiona, "diría que es la fuerza de los neoyorquinos para seguir adelante y para aceptar la diversidad". Y pone como ejemplo el hecho de que hoy la ciudad tenga un alcalde musulmán y de su misma generación, Zohran Mamdani.
