Esta noche soñé……que despertaba.
Porque se me había subido a la cama una señora. Y me pisaba. Tanteando, di con el interruptor de la luz y, al encenderla, casi me da un pasmo. Era Pilar Rahola bailándome encima una sardana. ‘Arriba, españolazo, arriba’, me decía, ‘que ya no sabes ni en qué diada vives’.
Me incorporé tratando de no desestabilizarla y casi me da en la boca con la punta de la alpargata. Le objeté educadamente que para la sardana hace falta más de una persona. Y entonces se llevó dos dedos a la boca, silbó como si estuviera abroncando a un árbitro y se me empezó a llenar la casa de gente. Reconocí a Artur Mas, Sor Lucía Caram, Laura Borrás, Clara Ponsatí, Toni Comín, los Jordis, Joaquim Torra y Mikimoto.
El comisario Trapero había traído la guitarra. ‘Ahora sí’, les dije, ‘dancen, dancen con toda libertad’. ‘Un momento’, dijo Rahola, ‘guardemos antes un minuto de silencio en recuerdo de Carles Puigdemont’. ‘¿De quién?’ preguntó Marta Rovira (porque es verdad que ya no se acuerda casi nadie de él y absolutamente nadie de ella). Pero entonces, se presentaba Puigdemont por sorpresa ayudado por un mosso de esquadra. Me costó reconocerle porque no tenía pelo. Se había rapado la cabeza y parecía tan skin como, en realidad, ha sido siempre.
Miré el calendario y ahora sí que me llevé un pasmo. Era 11 de septiembre de 2030 y Rafa contaba en la radio que era la primera diada de la nueva República Catalana. La independencia se había consumado un año antes fruto del acuerdo de investidura entre Feijoo y Alianza Catalana. Silvia Orriols, primera presidenta del Estado Ultra Catalán, había anunciado la construcción de un muro antiextranjeros que iba a empezar en Vielha y terminaría en Alcanar pasando por Fraga.
Junqueras se había hecho monárquico a ver si así le nombraban rey de los catalanes. O en su defecto, Papa. Y Salvador Illa cumplía pena de cárcel en el barco-prisión Uruguay por decir siempre Lérida en lugar de Lleida. Él alegó, en su defensa, que cuando era crío en su casa se hablaba español, lo que le valió cinco años más de condena. El nuevo escudo nacional, diseñado por la presidenta, era una urna mortuoria. Y el nuevo himno de los catalanes lo había compuesto Lluis Llach y tenía un efecto narcotizante que admiraba a medio mundo.
Cuando sonaba el tercer compás no quedaba ya un catalán consciente. El propio autor sucumbió la primera vez que la interpretó y hubo de ser trasladado a un lecho en Montserrat en la confianza de que alguna vez pudiera salir de su letargo.
Ocurrió que, en la víspera de la diada, se difundió en redes sociales una convocatoria para cruzar a nado el Ebro huyendo de la ultraderecha. Cien mil catalanes, liderados por Gabriel Rufián, alcanzaron Zaragoza buscando una vida mejor en España.
El CNI, esta vez, tampoco se enteró. Montó en cólera Santiago Abascal, no porque cien mil catalanes quisieran ser españoles sino porque no quisieran ser de extrema derecha. En su primera decisión como vicepresidente español, ordenó enviar a todos los menores catalanes a Canarias.
Feijoo, para poder ser investido, había aceptado ser sin capacidad ejecutiva. Pactó con Abascal convertirse en un muñeco y trasladar su residencia oficial al museo de Cera. Como es hombre de palabra, lo hizo la mañana misma de su toma de posesión. Juró el cargo, se subió a un carro de mudanza y se dejó llevar a la plaza de Colón, explanada madrileña recién declarada patrimonio de la Humanidad por haber sido allí donde vino al mundo la alianza de las derechas.
Éstas dominaban ya toda la Península Ibérica. El PP había conseguido, por fin, gobernar incluso el País Vasco modificando la ley para que sólo pudieran votar los descendientes de españoles que fueran claramente de derechas. La reforma, conocida como ley de los nietos buenos, obligaba a concentrar el voto exterior en aquellas comunidades autónomas donde el PP anduviera más flojo. Setenta mil cubanos con familia en Miami pudieron, así, votar en las municipales de Guetaria dándole la vuelta al Ayuntamiento. De lendakari pusieron a Borja Thyssen porque Sémper no quiso y les hacía ilusión tener a un lendakari Borja.
La comunidad de Madrid la gobernaba el novio de Ayuso en coalición con Miguel Ángel Rodríguez. Ayuso ejercía de ministra de Exteriores de Abascal y le había declarado la guerra a México. Y a Marruecos. Y a Venezuela. Y a Brasil. El Reino Unido se libró porque, de tanto dar tumbos, ya nadie sabía quién gobernaba aquello. En televisión emitían La hora Morante, que no era de humor sino de toros. Y en lugar de Mañaneros emitían en bucle un latido fetal.
Escuché un grito en mi cama y regresé corriendo. La Ponsatí le había pisado un juanet-te a Puigdemont y este pobre rabiaba. Turra sana, turra sana, le susurraba Rahola, si no retornas hoy retornarás mañana.

