La aceptación por parte del presidente Donald Trump de una propuesta pakistaní para un alto el fuego de dos semanas en la guerra con Irán ha supuesto un suspiro de alivio para la comunidad internacional.
Apenas unas horas antes, muchos se habían alarmado ante las amenazas de Trump de bombardear a Irán hasta devolverlo a “la edad de piedra” y destruir su “civilización”.
El alto el fuego ofrece un respiro para negociar un “acuerdo definitivo sobre la paz a largo plazo con Irán y la paz en Oriente Medio”, según Trump. Sin embargo, el camino hacia un acuerdo definitivo será complejo y accidentado, aunque no insuperable.
Subestimar al enemigo
Tras seis semanas de escalada bélica y retórica, que comenzaron con los ataques conjuntos de EE. UU. e Israel contra Irán y la contundente respuesta de este último, los tres combatientes no solo se han infligido graves golpes mutuamente. La región y el mundo también han sufrido una crisis masiva del petróleo, el gas licuado y la inflación, ya que Teherán cerró el estrecho de Ormuz.
Esto no entraba en las previsiones de Trump. Inicialmente, anticipó que el poderío militar combinado de EE. UU. e Israel se impondría rápidamente. Esto obligaría a Teherán, que había reprimido las protestas públicas generalizadas a principios de año, a capitular y, de este modo, abriría el camino a un cambio de régimen favorable.
Pero el Gobierno iraní demostró ser más resistente y capaz de lo previsto. Actuó de forma estratégica al atacar activos estadounidenses en todo el golfo Pérsico e Israel, además de cerrar el estrecho.
Mientras tanto, Trump no pudo solicitar el apoyo activo de los aliados de EE. UU. para sus esfuerzos bélicos conjuntos con el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu. Netanyahu está acusado por la Corte Penal Internacional de crímenes de guerra en Gaza.
No se consultó a los aliados, y estos no consideraron que participar en una guerra contraria al derecho internacional y a la Carta de las Naciones Unidas redundara en beneficio de sus intereses nacionales.
Un coste de miles de millones
Además, los adversarios globales de Estados Unidos, Rusia y China –ambos con acuerdos de cooperación estratégica con Irán–, se opusieron vehementemente a la guerra. Se unieron a decenas de otros países de todo el mundo para pedir una desescalada y medidas para evitar más repercusiones económicas.
El conflicto se amplió. Israel desató una campaña para ocupar el sur del Líbano en respuesta a los ataques del grupo paramilitar libanés Hezbolá, alineado con Irán.
Los costes de la guerra se dispararon entonces para todas las partes. Solo para EE. UU., ascendió a al menos 1 000 millones de dólares cada día. Esto aumentó sustancialmente la deuda federal, que se acercaba a los 40 billones de dólares.
La situación se convirtió en una carrera entre misiles ofensivos y misiles interceptores; solo sería cuestión de quién se quedara sin munición primero.
Recientemente, los medios informaron de que a Israel se le estaban agotando los interceptores y que las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) se enfrentaban a una escasez de efectivos.
Impopular en EE. UU.
Por otro lado, a pesar de la decapitación de su liderazgo por parte de EE. UU. e Israel, la supremacía aérea y el bombardeo de miles de objetivos militares y no militares, el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica mantuvo una capacidad de represalia sostenida. Consiguió lanzar docenas de misiles y drones a diario contra objetivos en el Golfo e Israel.
Y lo que es más importante, la guerra resultó cada vez más impopular en Estados Unidos. A medida que la población sentía sus efectos en el aumento del coste de la vida y en las gasolineras, alrededor del 61 % de los ciudadanos se opuso al conflicto. La popularidad de Trump se desplomó en las encuestas de opinión.
En vista de estas variables, Trump no podía cumplir su promesa de intensificar la Operación Furia Épica hasta el punto de borrar del mapa un país tan grande como Irán.
Las características culturales y patrióticas iraníes, así como la devoción de muchos ciudadanos del país por el rama chií del islam, actuaron como un freno frente a la agresión exterior, al igual que en ocasiones anteriores de su historia.
Un largo camino por delante
Esto no quiere decir que negociar y alcanzar un acuerdo integral para una paz duradera entre EE. UU. e Irán vaya a ser fácil.
Pero una parte crucial de la aceptación del alto el fuego por parte de Trump, que nos da una idea de su forma de pensar, es la siguiente:
Hemos recibido una propuesta de 10 puntos de Irán (en respuesta a la propuesta de 15 puntos de EE. UU.), y creemos que es una base viable sobre la que negociar. Casi todos los diversos puntos de desacuerdo del pasado han sido acordados entre Estados Unidos e Irán, pero un periodo de dos semanas permitirá que el acuerdo se finalice y se consuma.
Los diez puntos incluyen el cese de las hostilidades en todos los frentes, incluido el Líbano, si bien Israel ha afirmado desde entonces que el Líbano no está incluido en el alto el fuego.
Algunos de los otros elementos clave son:
Estados Unidos debe comprometerse fundamentalmente a garantizar la no agresión.
Irán seguirá controlando el estrecho de Ormuz.
Se retirarán las sanciones primarias y secundarias contra Irán.
Y se aceptará derecho de Irán a enriquecer uranio para su programa nuclear (con fines pacíficos).
Ahora le corresponde a Trump meter en vereda a Netanyahu, quien ha trabajado arduamente durante mucho tiempo no solo para destruir al Gobierno iraní, sino también para reducir el papel del Teherán como actor regional.
Si esto ocurre y todas las partes negocian de buena fe, hay motivos para el optimismo. Podríamos asistir al amanecer de un orden regional de posguerra basado más en un acuerdo de seguridad colectiva que en la supremacía regional de un actor sobre otro.
Amin Saikal, Emeritus Professor of Middle Eastern Studies, Australian National University; The University of Western Australia; Victoria University
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

