opinión

La impunidad y la mentira

Por el profesor y escritor Javier Arias Artacho

Luis Méndez

La Ribera |

Javier Arias Artacho

En la antigüedad clásica, la verdad era una virtud fundamental, un deber ético. Es más, en sociedades donde no existían sistemas complejos de control como sucede hoy, la verdad era clave para la convivencia. Así, la honestidad construía la confianza entre vecinos, comerciantes y familias. La palabra alcanzaba tal gran peso que era suficiente para cerrar un trato. Y sin ir demasiado lejos, podemos recordar el valor que tenía el honor en nuestros antepasados, la importancia de la disciplina y el cumplimiento del deber. Sin embargo, hoy la mentira se ha convertido en una cortina de humo con leves consecuencias, dependiendo de lo que interese. En la cultura japonesa faltar al honor podría costarnos la vida. En la España de 2026, la ausencia de honorabilidad ni siquiera sonroja a los afectados.

Me cuesta comprender cómo se puede mentir con descaro, más allá de los autos judiciales, las investigaciones de la UCO y de la Unidad de Delincuencia Económica y Fiscal de la Policía Nacional. Me cuesta comprender cómo se puede negarlo todo hasta que la mentira es tan evidente que los encausados no pueden evitar la cárcel y entonces quienes negaban, con el mismo descaro, acaban sosteniendo que no tenían nada que ver con ellos, por más que fuesen secretarios de organización elegidos por ti mismo. Me cuesta comprender cómo se puede lanzar a una fontanera política para amenazar y amendrentar a miembros de la UCO que investigaban al círculo del presidente y negarlo como si no la hubiesen conocido, a pesar de las grabaciones públicas y de las flagrantes pruebas que pululan, no solo en los juzgados, sino en los medios de comunicación. Me cuesta comprender cómo se puede negar que le han dado un cargo a tu hermano a dedo, cuando el mismo acusado afirma sin rubor que desconocía su lugar de trabajo. Me cuesta comprender cómo pueden condenar a un Fiscal General del Estado y mantener con obstinación que ni siquiera la justicia tiene razón, sino él, ellos, diría yo. Me cuesta comprender cómo es posible que José Luis Rodríguez Zapatero se haya erigido en el adalid de una honestidad que, al parecer, tenía el precio de la corrupción y el sometimiento del pueblo venezolano. Esa misma corrupción por la que fulminaron al anterior gobierno y hoy simplemente se convierte en una pequeña mancha más, una de las cientos que tiene el gobierno, para seguir mintiendo y defender a España de un posible nuevo gobierno que nunca, jamás, de ninguna manera, llegará a ser mejor que ellos.

Mienten porque pueden, mienten porque les dejan. Mienten porque el valor de la mentira en nuestra sociedad se ha denigrado de tal manera que antes coges a un cojo que a un mentiroso. Mienten porque saben que tienen a una legión de fanáticos que los eximen, hagan lo que hagan. A ellos no les mueve la razón, solo se trata de una religión, de una sinrazón que también se aprovecha de algunos tontos útiles. Fanáticos e interesados, y de esos hay muchos, de los que comen de la sopa boba y solo es verdad aquello que les favorece. Mienten porque creen que todos son así, pero no. No todos lo son, aunque haya muchos. Creen que en la piscina hay mucha agua, pero cuando se atrevan a saltar se darán cuenta de que hay más agua de la que debiera, pero no la suficiente, porque hay muchos que todavía tienen dignidad, los que no están a sueldo y aquellos a los que les jode la oposición, sí, pero que no están dispuestos a blanquear el valor de la impunidad y de la mentira.

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