Lola no quiere que la llamen barrera. Prefiere definirse como un puente, como ese primer enlace que encuentran los jóvenes migrantes cuando llegan a un país cuyo idioma todavía desconocen. Durante el último curso, esta profesora gaditana de Lengua Castellana y Literatura ha acompañado en un instituto de Jimena de la Frontera a varios alumnos procedentes de Gambia, Senegal y Marruecos. Los jóvenes habían alcanzado las costas españolas en patera después de afrontar travesías que se prolongaron durante horas e incluso días. Algunos le contaron que el cansancio, el hambre y la desesperación llegaron a provocarles alucinaciones en mitad del mar. Historias difíciles de escuchar que, sin embargo, contrastaban con la ilusión con la que entraban cada mañana en clase.
“Yo no me definiría como una barrera, sino como un puente, un enlace”, ha explicado la profesora en una entrevista en Más de Uno Bahía de Cádiz. Al principio apenas podían comunicarse en español y ella trataba de acercarse con su inglés, entre bromas sobre sus intentos por mejorarlo con una aplicación. Poco a poco, las palabras fueron llegando y el aula comenzó a convertirse en un espacio compartido. La llegada a Jimena tampoco había sido sencilla para la propia docente. Para ocupar su plaza tuvo que alejarse de Cádiz, de sus hijos y de su padre, una persona octogenaria de la que es hija única. Lo que inicialmente vivió como una separación dolorosa acabó convirtiéndose en una de las experiencias más enriquecedoras de su carrera.
“Llegaron los que para mí resultaron ser la alegría de mis clases”, ha recordado. Conocer el sacrificio de aquellos adolescentes le permitió mirar sus propias preocupaciones desde otra perspectiva y comprender la enorme dimensión de abandonar una casa, una familia y un país para emprender una travesía en la que no todos consiguen sobrevivir. La profesora tuvo que adaptar las clases para que los nuevos alumnos adquirieran las bases del español sin que el resto del grupo perdiera el ritmo académico. Era un proceso lento y exigente, pero también profundamente gratificante: cada palabra aprendida, cada conversación y cada pequeño avance se convertían en una conquista.
Una comunidad educativa que no dejó a nadie atrás
El cariño no procedió únicamente del profesorado. Lola recuerda con especial emoción la respuesta de los compañeros, las familias y toda la comunidad educativa de Jimena. Cuando llegó el momento de celebrar la graduación de cuarto de Secundaria, las familias se volcaron para que los jóvenes migrantes participaran en el acto y pudieran asistir también a la cena. Incluso quienes apenas habían coincidido con ellos en clase colaboraron para que no les faltara nada.
“Lo que me encontré en Jimena de la Frontera fue extraordinario”, ha afirmado. Aquella graduación, cotidiana para muchos estudiantes, era para estos alumnos una experiencia que nunca habían imaginado vivir.
El orgullo de ver graduarse a Collie
Entre todos los recuerdos del curso hay uno que Lola guarda de una manera especial: la graduación de uno de ellos, Collie. Cuando llegó al instituto apenas hablaba español, pero terminó obteniendo el título de Educación Secundaria Obligatoria. Al final del curso ya podía mantener una conversación en castellano y explicar conceptos sintácticos complejos, como la diferencia entre un complemento circunstancial de lugar, un complemento locativo y uno de régimen.
Para la profesora, comprobar aquella evolución fue una de las mayores satisfacciones de su vida profesional. “No os podéis imaginar lo que significa para un profesor”, ha confesado al recordar el camino recorrido por un alumno que, meses antes, apenas podía comunicarse con ella.
Más allá de las clases, Lola y sus compañeros se convirtieron en figuras de confianza. Los jóvenes les contaron sus viajes, sus miedos y las vivencias que habían dejado atrás. También compartieron sus costumbres, el Ramadán, las bromas cotidianas y esa alegría que aparece cuando, por fin, alguien comprende una frase y consigue responder en un idioma nuevo.
La experiencia dejó una huella profunda, pero también una enseñanza: detrás de cada llegada hay una historia, una familia y una persona que ha dejado todo cuanto conocía para intentar construir un futuro. En Jimena de la Frontera, durante un curso, un aula consiguió que ese futuro comenzara a parecer un poco más cercano.
