Hay carreras que duran dos minutos y dejan una huella para toda una vida. La de Mireia Belmonte en aquella noche de Río de Janeiro fue una de ellas. Diez años después, la nadadora todavía recuerda con una precisión casi intacta las horas previas, la tensión antes de lanzarse al agua, la remontada en los últimos metros y, sobre todo, aquel instante en el que tuvo que mirar primero el marcador de su rival para saber si había ganado.
El 10 de agosto de 2016, Belmonte se convirtió en campeona olímpica de los 200 mariposa. Llegaba a aquella final con una misión que llevaba años persiguiendo: conseguir el oro que le faltaba después de las dos platas conquistadas en Londres. Lo consiguió por apenas tres centésimas.
Una década después, en una entrevista con Raúl Granado en Radioestadio Noche, la nadadora ha regresado a aquella noche y a todo lo que vino después. Y su recuerdo no habla únicamente de una medalla. Habla de presión, soledad, sufrimiento, euforia y de la sensación de haber alcanzado aquello que había perseguido desde que tenía diez años.
"Desde que me subí al bus ya estaba en modo competición"
Las horas anteriores a una final olímpica pueden parecer interminables. Para Belmonte, sin embargo, fueron todo lo contrario: una sucesión de rutinas destinadas a pensar lo menos posible. La nadadora explica que intentaba concentrarse únicamente en aquello que estaba bajo su control: la comida, el descanso, el calentamiento y cada uno de los pasos previos a la carrera.
"Te centras exclusivamente en lo que está en tu mano, en lo que puedes hacer y hacerlo de la mejor manera posible", recuerda.
Aquella mañana había entrenado en otra piscina para evitar desplazamientos innecesarios y preservar energías. Incluso la lluvia que cayó sobre Río aquel día se convirtió en un elemento más que había que gestionar. Desde que subió al autobús camino de la competición, todo cambió.
"Desde que me subí al bus para ir a la piscina ya era como que estaba en modo competición", explica. No había espacio para improvisar. La estrategia era mantener las rutinas y llegar a la final sin modificar nada de lo que había funcionado durante años.
La soledad antes de los dos minutos que podían cambiarlo todo
La natación es un deporte colectivo durante buena parte del proceso, pero profundamente individual cuando llega el momento decisivo. Belmonte conoce bien esa contradicción. Se entrena con un equipo, se comparte el día a día con entrenadores, fisioterapeutas y compañeros, pero cuando llega la hora de colocarse en el poyete de salida desaparece cualquier posibilidad de esconderse detrás de otra persona.
"Es un deporte donde entrenas en equipo, entrenas acompañado, pero después cuando tienes que estar en el pódium de salida, estás tú solo", resume.
El momento más complicado, según cuenta, llegaba aproximadamente veinte minutos antes de la carrera. Era entonces cuando el entrenador la dejaba sola y comenzaba una cuenta atrás en la que los pensamientos podían convertirse en otro rival.
"Ahí también se puede ganar o perder una carrera", asegura. La solución era conocida: concentrarse en una misma y reducir al mínimo todo aquello que pudiera distraerla.
De una sala en silencio a una piscina con 20.000 espectadores
El contraste era brutal. Antes de competir, las rivales permanecían en una sala donde, aquella noche, reinaba el silencio. Después, la puerta se abría y aparecía ante ellas una piscina rodeada por miles de espectadores.
Belmonte compara aquel momento con el túnel de los gladiadores. Pasar de una habitación con dos contrincantes a un escenario con 20.000 personas era una experiencia que podía impresionar, pero la campeona olímpica había aprendido a aislarse del ruido.
"Yo en ese momento intenté centrarme simplemente en la piscina, no mirar alrededor", cuenta.
La estrategia estaba por encima del espectáculo. En una final olímpica no había tiempo para pensar en las banderas, en el público o en la magnitud del escenario.
La australiana se puso por delante, pero Belmonte no cambia el plan
La carrera tampoco comenzó como un camino sencillo hacia el oro. Madeline Groves tomó la iniciativa y marcó el ritmo durante los primeros metros. Belmonte, sin embargo, sabía que aquello entraba dentro de su estrategia. En los 200 mariposa, su fortaleza aparecía especialmente en la segunda mitad de la prueba.
La propia nadadora recuerda que en mariposa la visión es muy limitada y apenas existen referencias de las rivales. Por eso no podía saber exactamente a qué distancia estaba Groves, aunque intuía que permanecía cerca.
"Para mí era normal, estaba controlado, no aceleré más ni perdí la estrategia", explica.
Cuando llegó el ecuador de la prueba comenzó la remontada. Era el momento para el que había trabajado. Los últimos metros fueron, como sucede en una final de máxima exigencia, una batalla contra el propio cuerpo.
Belmonte reconoce que en mariposa el esfuerzo resulta especialmente extremo. Los hombros están agotados y la zona abdominal acumula el cansancio de la patada. En ese momento, la prioridad pasa por mantener la técnica hasta alcanzar la pared.
"Todo. La verdad es que sí", responde cuando Granado le pregunta si duele todo en esos metros finales. Pero el dolor no podía alterar la ejecución.
"Lo único que piensas es en no perder la técnica", señala. Y entonces llegó el momento que cambió su carrera para siempre.
Primero miró el marcador de la australiana
El desenlace tiene un detalle que resume perfectamente la incertidumbre de aquella carrera. Belmonte tocó la pared sin saber con certeza en qué posición había terminado. Lo primero que hizo fue buscar el poyete de la calle de la australiana. Ella estaba en la calle cinco y Groves en la cuatro. Como durante la carrera apenas había podido tener referencias visuales, necesitaba comprobar dónde había terminado su rival.
"Vi dos luces y dije: vale, segunda no me he quedado", recuerda entre risas. Solo después miró el marcador y confirmó lo que había ido a buscar a Río: el primer puesto.
La explosión de alegría fue inmediata. En cuestión de segundos había pasado de no saber su posición a convertirse en campeona olímpica.
"Nunca has sentido tanta euforia en un momento", explica. Para Belmonte, aquel instante fue imposible de anticipar incluso después de haberlo imaginado durante años. La emoción terminó imponiéndose a cualquier guion.
Una euforia que tuvo que contener al día siguiente
El oro no significó el final de los Juegos para Belmonte. Al día siguiente tenía que volver a competir en los 800 metros libres. La celebración, por tanto, tuvo límites. La final de los 200 mariposa había terminado casi a las once de la noche y después llegaron la ceremonia, la rueda de prensa, el nado suave, el regreso a la Villa, la cena y el masaje.
Se acostó alrededor de las cuatro de la mañana y apenas unas horas después tenía que levantarse para disputar la eliminatoria.
Por eso tuvo que controlar la euforia. El objetivo era disfrutar del momento sin perder el ritmo competitivo.
Y, pese al esfuerzo que había detrás, Belmonte asegura que todo había merecido la pena.
"Sí, totalmente", afirma.
La razón estaba en la sensación de haber conseguido algo extraordinario después de años de sacrificio. En aquel momento, cuenta, no pensaba en las lesiones ni en los entrenamientos más duros. Solo existía la alegría de haberlo conseguido.
Diez años después, no hay vacío
Una de las cuestiones más interesantes de la conversación aparece cuando Granado le pregunta por una sensación habitual entre algunos deportistas después de alcanzar el gran objetivo de sus carreras: el vacío posterior.
La respuesta de Belmonte es tajante. En su caso ocurrió exactamente lo contrario.
"No, yo totalmente lo contrario", responde.
Para ella, el oro significó una recompensa plena después de una carrera construida desde la infancia. No sintió que hubiera alcanzado el final de un camino y se hubiera quedado sin rumbo.
"Ya tenía lo que quería, lo que es mío, de mi vida desde que tenía diez años", explica.
Y añade una frase que resume cómo vivió aquel momento: "En ningún momento he sentido ese vacío, sino todo lo contrario, que estaba más llena que nunca".
El cuerpo pide una pausa, pero el deporte sigue presente
Diez años después, Belmonte atraviesa una etapa diferente. Sus hombros están muy castigados después de tantos años de natación y reconoce que se encuentra en un momento de desconexión, intentando descubrir hacia dónde dirigir su camino. No significa, sin embargo, alejarse completamente del deporte.
Sigue entrenando, aunque ya no con la intensidad de antes. Aquellas nueve horas de entrenamiento que formaban parte de su rutina ya no son posibles.
"Mis hombros no pueden", explica.
La competición ha dejado paso a otra relación con el deporte, aunque la nadadora deja claro que continúa ligada a él.
Una carrera llena de decepciones, pero también de aprendizaje
El camino hacia el éxito tampoco estuvo libre de derrotas. Belmonte admite que ha vivido decepciones porque en el deporte no existe una fórmula matemática que garantice que el esfuerzo vaya a traducirse en resultados.
"Por muchas veces que inviertes, no te salen las cosas", reconoce.
Pero el balance que hace de su trayectoria es positivo. El deporte le ha enseñado disciplina, sacrificio y constancia, pero también a trabajar con otras personas pese a competir individualmente.
Le ha permitido viajar, conocer culturas y competir en algunas de las piscinas más importantes del mundo.
"El deporte ha sido mi vida y es mi vida", sentencia.
De la piscina de Río al legado olímpico
La conversación también viaja hasta la piscina donde Belmonte conquistó el oro. Granado le cuenta que aquella instalación fue desmontada después de los Juegos y que, desde diciembre de 2025, se encuentra instalada en un barrio de Río de Janeiro donde se ofrecen clases gratuitas de natación y aquagym.
Para Belmonte, esa transformación representa precisamente uno de los valores del movimiento olímpico.
La campeona defiende que las instalaciones construidas para unos Juegos no deberían terminar convertidas en estructuras gigantescas sin uso. Al contrario, considera que deben quedar al servicio de la población y permitir que el deporte llegue a personas que antes no tenían acceso a él.
"Es mejor que la gente la utilice, que la que más necesita y que el deporte pueda llegar a muchos de los rincones que a lo mejor antes de los Juegos no podía llegar", explica.
Diez años después de aquella carrera, la piscina ya no es únicamente el escenario de un oro olímpico. También puede ser un lugar donde otros aprendan a nadar y quizá comiencen a construir sus propios sueños deportivos.
