Otra vez el país como loco, acelerando los relojes para que sean las 21.00 h para que asomemos por el estadio de Dallas con el rictus de lo trascendente, sin que se note que sobre los hombros cargan los chicos con unos cincuenta millones de paisanos, sin contar regulaciones, claro.
En la memoria colectiva de país, hasta hoy, Dallas es JR con sonrisa diabólica y sombrero tejano, Bobby como el buenorro honrado y Sue Ellen como esa sufrida esposa tan esbelta como sedienta. Desde esta noche, deseamos que un partido redondo de los nuestros que nos pose en cuartos haga compartir espacio de recuerdo en futuras evocaciones.
El míster se afana en transmitirnos sin euforias que cada vez estamos más preparados, que la concentración no desgasta, sino que nutre y que regenera. Diario, sigo pensando de manera inocentona que una de nuestras principales bazas es la ilusión que se aviva con cada paso. Los chicos creen que merecen gloria y por eso actúan sin reserva en todo lo que hacen el trabajo cotidiano, las rutinas, la convivencia, la atención a los medios. Ya sabemos que luego la pelotita elige sus caminos, pero de esta guisa merece mucho la pena afrontar los grandes retos.
La Roja motiva el brillo de mis ojos somnolientos, aunque el ceño a esta hora ya se me contrae al tiempo que la indignación se me dispara. Qué vergüenza de FIFA, de Infantino, de Trump y de los podridos que en sus organismos auspiciaron el atropello de ayer. Balogun no quería retorcer salvajemente el tobillo de Muharemovic, pero lo hizo y el reglamento castiga la inconsciencia. Quitarle la sanción y ponerla en pausa no tiene precedentes, salvo que el trumpismo sea ya una pandemia imparable que infesta a quien lo trabaja, lo tolera y lo alienta.
Menos mal, querido diario, que todavía aguanto mascarillas y de las buenas y de las legales, que tengas un lunes estupendo, por el bien de todos.
