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DESDE EL CONGRESO

Monólogo de Alsina a las 7: "Rajoy, saliendo por sorpresa a rebatir a la portavoz Montero, le rompió el juego a Pablo Iglesias"

Hoy no es San Cristiano, por más que haya algunos aficionados a los que les ciegan los colores y quieran ver un mártir en Cristiano Ronaldo. Por este nuevo horizonte que tiene a la vista como futuro procesado por delito fiscal. Aún no ha llegado ese momento, el del banquillo, pero una vez que la fiscalía ha asumido el criterio de Hacienda y acusa por fraude fiscal superior a los 120.000 euros por ejercicio —-muy superior, son casi 15 millones de euros en cuatro años— lo previsible es que acabe como Leo Messi, juzgado por delinquir y condenado por haberlo hecho a sabiendas.

Carlos Alsina |  Madrid |  Actualizado el 14/06/2017 a las 07:23 horas

Veremos. Naturalmente el problema argumental lo tienen ahora quienes sostuvieron, cuando lo de Messi, que la fiscalía era merengue, que el Estado era blanco, que el Madrid era el equipo del régimen y todas esas zarandajas, y que por eso se actuaba contra el argentino pero no contra el portugués. Vidas paralelas, procedimientos gemelos para tributar menos por los derechos de imagen y futuro penal también, y por tanto, muy parecido. Los balones de oro no son incompatibles con las condenas.

Bueno, aquí seguimos. En el Congreso de los Diputados. Veinticuatro horas después. Menos mal que nos vinimos ayer con el saco de dormir y la muda. Y menos mal que el personal de esta casa es comprensivo y nos ha permitido instalar la tienda de campaña en el patio.

Un día después, el debate interminable se va a reanudar a las nueve de la mañana. Si ayer, a estas horas, les avisaba de que ni Pablo Iglesias ni Irene Montero tenían límite de tiempo para hablar cuanto quisieran —estaban ustedes a-vi-sa-dos—, hoy pongo en su conocimiento de que sigue sin haber límite y que Iglesias viene revitalizado con el baño de elogios que le preparó anoche Monedero. El coacher (el entrenador personal) exaltando la agudeza de su rey de su reina.

Si ustedes siguieron (un poco) el debate de ayer, quizá estén de acuerdo conmigo en que fue de más a menos. Empezó con Irene Montero haciendo de conductora de autocar, entró con el tramabús en el Hemiciclo y lo aparcó en medio del pleno. Dos horas dedicadas a denunciar —a base de hechos probados, verdades, medias verdades, sospechas y conjetruras interesadas— el fenómeno que más erosiona el respaldo popular al PP: la corrupción.

La actuación de la telonera (o sobreactuación, de acuerdo, pero eficaz para el público al que va dirigida) pecó de reiteración y de extensión indigerible (dos horas sin pausa es un trago hasta para los muy cafeteros) pero puso en suerte el debate. No era la investidura frustrada de su compañero Pablo. Era el pleno monográfico sobre la corrupción que el PP no permitió en la anterior legislatura y que Podemos ha sacado adelante ahora camuflándose en la moción de censura. Corrupción y corrupción y más corrupción. Podemos tiene bien diagnosticado, como Ciudadanos, que éste es el punto débil de Rajoy. No tanto como para que deje de ganar las elecciones —confundir la indignación general con el estado de emergencia ciudadano es una distorsión fruto del interés partidista, no de los datos— pero sí lo bastante como para que su apoyo mengüe y emborrone el resto de su gestión como presidente.

Cargar la suerte, casi en exclusiva, en la corrupción no deja de ser una forma de admitir que los otros flancos de crítica (la economía, la educación, las llamadas políticas sociales) los tiene mejor cubiertos el gobernante.

Ya comentamos ayer que Rajoy, saliendo por sorpresa a rebatir a la portavoz Montero, le rompió el juego a Pablo Iglesias. Que sumó este revés (no contaba con ello) con el buen sabor de boca que el ardor Montero había dejado en sus filas. Tanto que la vehemencia de ella, incluso su afán en vocear como si no se hubieran inventado los micrófonos, le puso en apuros a él, que subió a la tribuna con un tocho de folios descorazonador y se pasó las siguientes tres horas tratando de encontrar el tono, la línea argumental y el sitio…sin lograrlo. No se vio por ningún lado al aspirante a presidir el gobierno de España, resignado Iglesias a estirar su minuto de gloria como líder de la oposición a Rajoy en esta especie de debate largo sobre el estado de la nación.

Funcionó el antagonismo, sobreactuado también, de Pablo y de Mariano. Las dos caras de una moneda que juega a este bipartidismo de nuevo cuño para achicar espacios a Ciudadanos —nada más del gusto de Rajoy que empequeñecer a Rivera— y sobre todo, del PSOE —nada más del gusto de Iglesias que aprovechar la convalecencia socialista para presentarse como el segundo grupo de la cámara, aunque sea el tercero—.

Y ahí se quedó el debate. En una repetición de lo que ya teníamos visto. Rajoy es el presidente y no va a dejar de serlo. Iglesias es su antagonista parlamentario y eso es todo a lo que, de momento, aspira.

El resto fueron flecos reveladores, si acaso, del talante de Pablo cuando son los otros portavoces parlamentarios los que le cuelgan adjetivos: mesiánico, teatrero, faltón, machista, centralista.

Y el colofón fue la cuestión catalana. El PDeCAT emplazando a Iglesias a que arrope a Puigdemont el día que convoque su referendum ilegal.