Cuando Juan Atarés se despidió de su mujer aquel mediodía del 23 de diciembre de 1985 y salió a caminar por la Vuelta del Castillo, en Pamplona, nada en su aspecto delataba que avanzaba hacia una muerte anunciada. Tenía 67 años, llevaba años en la reserva y solo pretendía acercarse a la Comandancia de la Guardia Civil para felicitar las Pascuas a antiguos compañeros. Era un paseo habitual, casi doméstico. Sin embargo, sobre él pesaba desde hacía tiempo una amenaza silenciosa: ETA lo había señalado.
Militar de carrera, testigo de la Guerra Civil, protagonista de tensiones durante la Transición y superviviente de los años de plomo, Atarés había visto caer a muchos amigos asesinados y sabía que su nombre figuraba en la lista negra de la banda, aunque siempre repitiera que, si lo mataban, no quería que nadie más saliera perjudicado.
El asesinato cerraba un círculo trágico: uno de los responsables de planificar el crimen, Santiago Arróspide Sarasola, había sido años atrás uno de los etarras que el propio Atarés trató con humanidad durante la fuga de la cárcel de Segovia, cuando ordenó que se diera comida a los fugitivos desorientados.
Aquel gesto no evitó que, años después, la violencia alcanzara al general en uno de los paseos más cotidianos de su vida, convirtiendo su muerte en una pieza más del relato más oscuro de la historia reciente de España.
Hoy hablamos con su hija María Elena Atarés.
Un día, que no se olvida: "De ese día el recuerdo me queda entero porque estaba trabajando y desde el momento en que recibí una llamada anónima diciéndome que había habido un atentado. Salí disparada. Sólo iba rezando Dios mío, Dios mío, que no lo hayan matado. Y llegué y ahí estaba mi madre, y en el suelo mi padre tapado por una manta. Grité de desesperación, de impotencia, de tristeza infinita. No se pueden imaginar el dolor de ese momento. Es algo que sigo teniendo muy presente."
Un atentado que dejó algo: Soledad: "Nos sentimos muy solos. Menos el grupo pequeño de amigos leales y estupendos que hemos tenido, siempre nos sentimos solos. Mira, de los 43 vecinos que tenemos, uno fue el único capaz de venir a decirnos que lo sentía. Nuestros amigos, nuestros conocidos, se cruzaban de acera para no saludarnos. Había mucho miedo en Pamplona. No eran gente mala. Estaban aterrorizados, como nos pasaba a todos. Eran los años de plomo."
Un perdón que llegó a través de la fe: "Mi madre es que era una católica impresionante. Eso nos dejó a toda la familia paralizados. O sea, era algo especial. En mi ánimo estaba perdonar. Pero estuve muchos años rezando un Padre Nuestro cojo. Me sentía incapaz. Al final, ya te digo, fui capaz de borrar de mi memoria las caras y los nombres de esas personas. Y entonces, bueno, esa es la suerte que tuve."
