Como ignoro el estado de sus creencias religiosas, me voy por la interpretación laica y digo que el presidente quiso hacer en 20 minutos lo que está haciendo en toda la campaña: una exhibición de moderación.
Si tiene que aplicar el 155, lo hará con moderación. Si tiene que hacer críticas, las hace a la derecha, pero también al independentismo. Quiere seguir la vía del autogobierno y hacerlo más amplio, aunque no diga o no sepa cómo se puede ir más lejos. Se propuso instalarse en el centro, cosa que ya había advertido al aceptar los principios liberales. Para decir, como Indalecio Prieto, “soy socialista a fuer de liberal”. Y no es explosivo en la condena de la violencia de los últimos días.
En resumen, Sánchez tiene una estrategia muy calculada: no irritar, no provocar, no meterse en charcos, tener buenas palabras para todo lo que salga en la conversación, porque en todos hay votantes. Frente a la tensión ambiente, se ha propuesto ser el bueno de la película, el líder del sí frente a tantos que se han propuesto ser los líderes del no. Y todo sin perder la sonrisa. Quiere ser el Suárez vendedor de ilusiones. Tiene un mérito: consigue reunir en tres conceptos sus objetivos: Estado de Derecho, igualdad social y convivencia. En economía le salen las cuentas. La duda es que también le salían a Zapatero y recuerden cómo acabó.
