Déjenme que les cuente una historia, que es muy corta, ya verán. Se colocó el matador la taleguilla, aprovechó para acariciarse sutilmente sus partes, orgulloso de su firmeza, agarró la muleta y dejó lentamente atrás el burladero. Enmudeció la plaza viéndole avanzar hacia el centro del albero. Detuvo su avance un instante, se volvió hacia la cuadrilla y gritó para lo que lo escuchara el público entero: "¡Dejadme solo!" Y entonces los peones, y las otras cuadrillas, y los espectadores se fueron hacia las puertas y dejaron la plaza desierta.
Solo estaba el matador, mirando hacia abajo, la mano de nuevo en la taleguilla, cuando el toro se arrancó, decidido y fiero, y lo embistió con fuerza dejándolo para el arrastre. Tituló así su crónica el diario de sesiones (digo de provincias): "Gritó ¡dejadme solo! y todos lo abandonaron".
Es de ley admitir que el mejor resumen de la lidia de ayer lo hizo una española aficionada al castigo y a recrearse en la suerte de nombre Miriam Nogueras. Considerado el debate como una cuestión de confianza, ya que el presidente se niega a permitir que el Congreso la vote, Sánchez volvió a perderla. Por gallito, como el pasodoble, que se paseara por el Hemiciclo. Por jaleado que fuera por los suyos; sólo ya por los muy suyos, o sea el PSOE y Bildu, ay Bildu, empatado ya en sanchismo con los socialistas, hay cheerleaders que resultan tóxicas, Miren.
Escuchaba el presidente a su fiel costalera, la señora de Bildu, con el pinganillo de la traducción simultánea en la oreja, como si la señora estuviera hablando euskera y no un apreciable castellano (buen castellano, por cierto, para un discurso bien malo).
Lo intentó el presidente, hacer faena. Presentándose como el maestro didáctico que le explica al público -queridos niños, que diría Oscar Puente- la diferencia entre una condena, una imputación y un juicio; la diferencia entre un ex ministro, un hermano, una esposa y un Zapatero; la diferencia, en fin, entre un hecho probado y una insidia, una sentencia y una presunción de inocencia.
Encomiable ejercicio de disección jurídica, si no fuera porque a reglón seguido él mismo lo mezcló todo, sembró la cámara de insidias, sesgó investigaciones con sentencias y atropelló la presunción de inocencia arrastrado por su obsesión con Ayuso, y el hermano de Ayuso, y el novio de Ayuso y la corrupción de Ayuso que el pedagógico jurista da por hecha cuando ni la Agencia Tributaria (que del PP no es), ni la fiscalía de Asuntos Económicos (que tampoco depende del PP, precisamente) han señalado nunca a Ayuso como beneficiaria o artífice de corrupción alguna.
Volvió a cornearse el matador a sí mismo. Le habían escrito un discurso aseado sus escribientes sobre la rectitud, el rigor, la precisión, los datos y lo arruinó todo en cuanto tiró millas por su cuenta con Ayuso y con Marcial Dorado. Qué rigor puedes exigir a los demás si tú lo atropellas a diario. Respuestas no llevaba consigo el compareciente. Él siempre ha sido más de hacerse y responderse él mismo las preguntas.
En el mundo feliz del presidente sin mayoría y sin presupuestos, las preguntas las elige él. Con razón tiene de presidente de su club de fans a José Félix Tezanos. Otra pregunta que se hizo él a sí mismo, mira, Miren.
Tanto citar la Constitución para no sabérsela. Los ciudadanos no elegimos gobierno con nuestros votos. Elegimos, presidente, un Parlamento. Quien lo puso a usted a gobernar fue el Parlamento cuya mayoría confió en usted y ahora ya no confía. Quien le puso a gobernar, aun habiendo perdido las elecciones, fueron los grupos que le invistieron, o sea, Puigdemont. Engañarse uno mismo es mal camino. Engañar a la sociedad es una falta de respeto.
Podía haber dicho el presidente, escuchada la mayoría del Congreso, lo de Paco Rabal en Juncal. Tomo nota. Pero escogió profetizar, a lo Aramís Fuster, que un gobierno que no presidiera él sería un gobierno corrupto.
¿El regreso de la corrupción? ¿Cómo va a regresar lo que nunca se fue? Si ahora sabemos que en el otoño de 2018, cuando no llevaban gobernando ni un trimestre, ya estaban Ábalos y Koldo haciendo manitas con Aldama y Cerdán engrasando la maquinaria Servinabar.
El regreso, dice. Claro que la derecha perdió el gobierno en 2018 por incurrir en corrupción (antigua, como dice Sánchez de la de ahora, antigua porque era de 2009), claro que Rajoy se puso de perfil y pagó por ello, y claro que la oposición de entonces se esforzó en generar la sensación de que la corrupción era presenta y era una plaga. Pero nada de eso quita que el presidente de ahora se haya metido en el burladero del yo nunca supe nada. Y que la oposición afile la guadaña convencida de que en cuanto haya urnas el gobierno de coalición será suyo.
Feijóo y su mozo de espadas Abascal torean ya juntos hechos ambos a la idea de que el año que viene estarán gobernando también juntos. El vicepresidente a caballo de la derechita cobarde, así se escribe (o se escribirá, calculan ellos, la historia).
Este Sánchez declinante que se autopromociona como antídoto a las derechas corruptas y liberticidas, que se celebra a sí mismo por su extraordinaria gestión económica y sus extraordinarios resultados se niega, sin embargo, a permitir no ya que los españoles le manifiesten explícitamente su aplauso en las urnas sino que los diputados puedan manifestarle explícitamente su respaldo en el Hemiciclo.
Un gobernante tan seguro de sí mismo y de lo mucho que la sociedad le debe no tendría problema en preguntarle a los diputados si le siguen queriendo de presidente. No lo ha hecho. No lo hace. No va a hacerlo. Ni confianza ni urnas. El gobierno es suyo y no lo suelta. Es legal, por supuesto.
El gobierno es suyo y no lo suelta
Tan legal como revelador de hasta qué punto es sabedor el presidente de que este Parlamento ya no le quiere; hasta qué punto es sabedor de que no tiene mayoría social que lo respalde; hasta qué punto, sabiendo lo que hay, se agarra al sillón y no lo suelta -la poltrona, como rehén de quien se sienta en ella- mientras proclama, con fingida humildad, que él jamás ha tenido apego al poder ni hoy lo tiene. Quién lo diría.
No es de unos cuantos jueces de quien depende que un gobernante lo siga siendo. No es de los medios o de las redes. Depende del Parlamento y de los ciudadanos a los que el Parlamento representa. Y son esas dos entidades, el pueblo y su representación parlamentaria, a las que Sánchez sustrae la posibilidad de pronunciarse. Si esto es amor por la voluntad popular y por la democracia parlamentaria que venga dios y lo vea. O que vuelva a venir el papa, que es lo más cercano a dios en lo que Sánchez cree.

