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OPINIÓN

Monólogo de Alsina: "Oneto, cuando quería, era el más ácido y más corrosivo, de los comentaristas"

Oneto me habría matado. Por volver a hablar de él esta mañana. Y por ponernos serios tanto rato.

Carlos Alsina
  Madrid | 08/10/2019

El peor pecado, para Oneto, era aburrir. Y también, ponerse campanudo porque sí. Y darse ínfulas. No conocí contertulio más peleado con la solemnidad y la arrogancia que Pepe.

Así que habré de encomendarme a la generosidad que siempre tuvo conmigo y apelar a su comprensión de periodista. Las malas noticias, bien lo sabía él, son más noticia que las buenas. Y no hay peor noticia que la muerte de una de nuestras voces más conocidas, más singulares y más queridas. Oneto se hacía querer incluso por aquellos a quienes arreaba con su verbo ácido. Porque Oneto, cuando quería, era el más ácido, el más corrosivo, de los comentaristas. Ésta es otra cosa que aprendimos de él: nada irrita más a quien se siente poderoso que tomárselo a broma. Y la broma, en Oneto, era marca de la casa.

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Tan marca de la casa como aborrecer las etiquetas. No iba con él el periodismo partidista, la soflama de trinchera, la obediencia debida a quien consiga colocarte en una tertulia. Pepe siempre dijo lo que le salió de las narices. Se divertía rompiéndole el juego al conductor del programa saliendo por donde éste (que soy yo) menos se lo esperaba. Salpicando el análisis de sucedidos, de anécdotas y de guasas.

Cuando muere uno de los nuestros, temo que a todos nos sale hablar no de él sino de nosotros mismos. De lo que compartimos con él, lo que nos sucedió estando él, lo que vivimos juntos. Que en esta radio fueron horas y horas de conversación. Desde que fondeó aquí con aquel trasatlántico que pilotaba Luis del Olmo hasta su última aparición en este programa. Y te digo que a mí siempre me trató igual. Cuando era un pipiolo que aparecía en el estudio a leer cuatro cosas y cuando tuve que ponerme a conducir una tertulia de periodistas a los que yo admiraba.

No sé cuántas Brújulas pudimos hacer por los pueblos de España entre el 2005 y el 2015. A casi todas se apuntó Oneto. Y en todas comprobé que el más popular de toda la trouppé era él. En los aeropuertos se acercaba la gente al reconocerle a él. ¿Es usted Pepe Oneto, verdad? Y los demás le decíamos que a ver, con esas camisas de cuello distinto al resto de la tela, con esas chaquetas pintonas que se me ponía, con ese flequillo rubio al que nunca renunció, ¿a quién iban a identificar primero si no a él? Que llevaba saliendo en la radio y la televisión desde la época de Íñigo.

Con cuarenta años ya tenía el Premio Nacional de Periodismo. Con setenta, en aquella Brújula que hicimos en San Fernando, tenía el fervor de sus paisanos y de su público.

Oneto es, con Ónega, con Casado, con Cernuda, con todo el grupo Crónica, con Del Olmo, con García, con Iñaki, con Balbín, la generación periodística a la que cabe atribuir la paternidad de la transición, de la transición de nuestro oficio. Ellos inventaron en España el periodismo en libertad y el periodismo crítico. Y una vez que lo tuvieron inventado, fueron capaces de seguir ejerciéndolo cuarenta años más. Hoy siguen. Llorando la desaparición de Oneto, pero vivos.

No ha habido dos como Oneto y no hay otro Oneto a la vista. Por su talante, por la información que manejaba, por la historia que él mismo atesoraba, por la cantidad de gente de pelaje diverso a la que trató y, naturalmente, por su gracia.

Y como nunca aprendió a conducir, siempre que le vimos a él en este estudio vimos también a su mujer. A la que hoy, desde su radio, enviamos un abrazo sin más palabras.

La memoria histórica de la España reciente pasa por esta fecha de hoy, ocho de octubre, de hace dos años. El día en que la Via Laietana de Barcelona se cubrió de manifestantes en defensa de la Constitución y en contra del rodillo independentista y su empeño en atribuirse el derecho a imponer su voluntad al resto de los catalanes y a todos los españoles.

Dos años de aquel día en que resurgió como líder político José Borrell, con su bandeta estrellada (la de Europa) y su discurso vehemente, vibrante, combativo contra los populismos y los nacionalismos.

Aquel Borrell de Vía Laietana se convirtió, a la vuelta de unos meses, en el ministro de Exteriores del gobierno de España. En la bestia negra del independentismo encarnado en Gabriel Rufián. En el ideólogo del discurso que viene haciendo Sánchez identificando las mentiras que condujeron al desastre del Bréxit en el Reino Unido con las mentiras que condujeron al desastre del golpe a la legalidad en Cataluña. Nacionalismo más populismo, el cóctel nocivo y disgregador.

El independentismo catalán tiene una punta de lanza en el Parlamento Europeo, donde ha conseguido embarcar a grupos (o grupúsculos) de otros países en su campaña contra España. Ayer se examinó Borrell en ese Parlamento como aspirante al cargo de ministro de Exteriores europeo. Y cuando el PP le preguntó por Cataluña y sus planes en caso de salir elegido decepcionó Borrell a quienes esperaban escuchar al de la Vía Laietana.

La cuestión de política interna llamada Cataluña ofreció ayer otro fenómeno extraño: una moción de censura presentada por el primer grupo parlamentario de la cámara contra el presidente autonómico acabó siendo una pelea de barro entre Ciudadanos y el PSC para solaz de Torra y los suyos. La candidata de Ciudadanos, Roldán, poniendo en duda la moralidad de los socialistas y el líder del PSC, Iceta, tratándola como si fuera una niña pequeña.

Sobre la moción de censura a Torra le pidió anoche opinión Vicente Vallés a un especialista en mociones de censura, Pedro Sánchez.

Hay muchos motivos para censurar a Torra, dice el presidente que le dio oxígeno en Pedralbes, pero Ciudadanos ha planteado mal el asunto. Hace meses que Sánchez no ve nada positivo en nada de lo que haga Sánchez y viceversa. Formalmente ya ninguno veta al otro pero en la práctica, siguen sin poder verse. O al menos ése es el mensaje que vamos a recibir los votantes hasta el 10 de noviembre por la noche.

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