Esta noche soñé……que despertaba. Y Sánchez seguía hablando.
Aquí, claro, en el edificio de Atresmedia. El programa de Cristina terminó tarde y para qué me iba a volver a casa si tenía que estar aquí a segunda hora. Yo había traído el saco de dormir acolchado que conservo de cuando hice las oposiciones escolares a boy scout, pero Cristina, siempre atenta, me ofreció habilitar un catre en el pabellón de convalecientes, que es un ala poco conocida de la última planta donde se recuperan quienes sufren del mal de altura.
El mal es un efecto secundario de la fama televisiva y lo padece uno de cada cinco monstruos televisivos. ‘Al que ya venía tonto de casa la cámara lo hace aún más tonto’, me explicó Máximo Huerta mientras Iván Redondo le regalaba un alfil de felpa y Pepe Navarro cabalgaba un pelícano.
El pabellón en el que yo dormía lo había encargado construir en secreto Martín Ferrand para que se alojaran sus estrellas cuando Antena 3 Televisión empezaba y llegar hasta San Sebastián de los Reyes requería de un viaje de varios días. Me despertó, de hecho, el fantasma de las televisiones pasadas. ‘Uuuuuu’, decía, intentando sonar a corriente de viento mete-miedo.
El aire se le escapaba por un lateral de la boca y lo único que metía era pena. Empaticé con él porque fantasmas en algún momento hemos sido todos y me estuvo contando. Añoraba, de sus años en activo, la lentitud televisiva de antes. Aquellos programas
en que todo el mundo hablaba despacio y con siete frases llenaban siete horas.
En los informativos las crónicas duraban diez o doce minutos de media. Y a los ministros les sacaban declaraciones de hasta tres o cuatro subordinadas. Pensé que ahora, sin embargo, no hay quien le saque ni media frase buena a Marlaska. Los realizadores, evocaba el fantasma melancólico, pinchaban un vídeo y se bajaban a la cafetería a recoger la cena. Subían, plano, contraplano, otro video y bajaban de nuevo a por una copa.
Ahora en la televisión nadie bebe. Y en pantalla, pensé, todo es tan trepidante que es natural que a los espectadores su vida, luego, les resulte una lata. Toda en plano secuencia y sin poder darle al avance rápido.
‘¿Cómo ha ido el programa?’, me preguntó el fantasma. Y yo: ‘Bien, Cristina es muy buena’. Y ha venido Vallés, que es nuestro Cronkite. ¿Nuestro qué? Nuestra brújula. Bueno, no, nuestra brújula es Marta pero Vicente es como Walter. Que también se jubiló algún día.
En el sueño, Vicente me contaba que el gobierno había hecho un llamamiento en las redes sociales por si alguien tuviera por ahí algún otro informe oficial sobre Ceuta que se le hubiera pasado por alto. El llamamiento, respondido de inmediato, hizo que afloraran de golpe doscientos quince informes con doscientas quince versiones.
Los informes y el Gobierno
Uno lo encontró el personal de limpieza de la Moncloa, hecho trizas, debajo de la cama del presidente. Se en un comunicado de que él nunca había llegado a verlo porque se lo había comido la perra. Rafa dice que el gobierno miente siempre, pero yo creo que la perra, leal a su amo, eligió indigestarse para eliminar huellas. ‘¿De qué raza eres?’, le preguntaba yo a la perra. ‘Sabuesa’, respondía un poco altiva. Porque los
amos acaban pareciéndose a sus perros.
Fueron tantos los informes oficiales desconocidos que aparecieron que el presidente nombró un mando único que se ocupara de leerlos un poco por encima. El elegido fue Patxi López que por supuesto no se leyó una página. En una reacción implacable a la injerencia de Marruecos, prohibió pronunciar la palabra Ceuta en las tertulias.
Hacían malabares los presentadores: ‘La ciudad que no es Melilla’, decían, la que empieza por ‘C’ y termina en ‘euta’.
Puigdemont había organizado una flotilla para liberar la ciudad de las garras españolas. Se había rapado la cabeza pero se le reconocía porque no sabía situar ni una sola ciudad española en el mapa.
Cristina me arropó en el catre y me deseó felices sueños. Sueña, dijo, pero no lo cuentes mañana que si no parece que estás cucú. Tras tras, asentí, tras tras. Igual va a ser eso, que estoy de lulu. O que he vuelto a soñar poco porque el programa terminó tarde y aún estoy recogiendo La Mesa.

