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OPINIÓN

Monólogo de Alsina: "Maduro es un elemento desintegrador, divisor e incapaz de sentir la menor empatía"

Nicolás Maduro no es Venezuela. Nicolás Maduro es el chavismo que tiene el poder en Venezuela.

Carlos Alsina | @carlos__alsina |  Madrid |  04/02/2019

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Por más que Maduro hable como si no hubiera más país que él, por más que se envuelva en la bandera, por más que alimente en cada declaración (y cada entrevista) el victimismo éste del pobre revolucionario perseguido, Maduro sólo puede hablar en nombre del chavismo. Incluso cuando ganó las elecciones presidenciales, las de verdad —año 2013—, no la pamema del año pasado, Maduro obtuvo el 51 % del voto por el 49 % de Capriles. Aquellas sí las ganó, pero quedando en evidencia que la mitad del pueblo venezolano nunca ha estado con Maduro. El pueblo le dio mayoría en el Parlamento a la oposición —un millón de votos más que el chavismo— en 2015, y desde entonces este Maduro ha utilizado todos los recursos del poder para maniatar a la oposición, ocupar las instituciones, dinamitar los mecanismos de control y aferrarse él a la poltrona sostenido por el ejército.

A Maduro le interesa alimentar esta idea de que todo lo que le pasa es porque no se pliega a los intereses del imperio. El malvado imperio yankee que le ha puesto precio a su cabeza y su petróleo. Por eso lo más revelador de su entrevista en La Sexta es que Évole le preguntara por Gadafi y por Sadam Hussein y a Maduro la comparación no le chirriase.

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Cómo le iba a chirriar, si su modelo de gobierno es ése. Un Gadafi, un Sadam Hussein. Un Fidel Castro, por supuesto.

Al discurso de Maduro le pasa lo que a su canal de televisión favorito: Venezolana de televisión, el canal oficial de la República. Allí la oposición no sale nunca. Y la mitad de la población que votó a la oposición en 2015, tampoco. De lo que hace la oposición, y el pueblo que la apoya, sólo se sabe lo que dicen de ella los palmeros chavistas que inundan la programación desde que empieza hasta que termina.

A Maduro le ocurre lo mismo. La entrevista de anoche está ahí, para quien quiera verla y comprobarlo. No existen los venezolanos que no son de su cuerda. No existen sus demandas, sus problemas, sus legítimas aspiraciones de pluralidad política. Son todos golpistas. Millones y millones de golpistas al servicio de Donald Trump. Y de Trudeau. Y de Pedro Sánchez.

Es verdad que Trump quiere acabar con Maduro. Y es verdad que en la oposición venezolana hay de todo. Demócratas convencidos y aspirantes a sustituir el chavismo por otro autoritarismo de signo distinto.

• Pero no es Trump quien preside la Asamblea Nacional, es Juan Guaidó.

• No es Trump quien tiene detrás a los partidos que obtuvieron el 56 % del voto. Es Juan Guaidó.

• No es Trump quien se ha manifestado en la calle este sábado. Son los venezolanos que Maduro se esfuerza en fingir que no existen.

• No es Trump quien está expatriado por razones económicas o políticas. Son los venezolanos del exilio.

En La Sexta, con Évole, Nicolás Maduro se exhibió como lo que es: un bruto. Un dinamitero. Un frívolo. Un tipo curtido en la marrullería, la manipulación, el abuso de poder y el juego sucio. Un elemento desintegrador, divisor, incapaz de sentir la menor empatía no ya por los venezolanos que nunca le han votado, sino incluso por aquellos que habiendo sido chavistas hasta las cachas admiten que con este gobernante el país se desmorona, se empobrece y se queda cada vez más aislado.

Y naturalmente, la amenaza de que si la tensión va a más, puede haber un baño de sangre. No agiten Venezuela que acabará como Iraq, o como Libia. No conviertan Venezuela en Vietnam (esto que, según Maduro, le dice Zapatero: son vietnamitas curtidos en la resistencia).

En Antena3 le preguntaron anoche a Juan Guaidó por el baño de sangre. Y miren lo que dijo.

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La oposición venezolana ha pasado por muchas manos, varias etapas y mensajes distintos. Hoy ha conseguido agruparse en torno a un líder imprevisto, Guaidó, que pertenece a una generación nueva y está haciendo el discurso más potente, más integrador y más tolerante que se ha escuchado en los últimos tiempos en Venezuela. Y está apelando a las necesidades básicas: abastecimiento, productos en las tiendas, fármacos en las farmacias.

Hoy España da el paso al que se ha resistido desde hace doce días. El 23 de enero juró Guaidó el cargo de presidente. Ese mismo día lo reconocieron Estados Unidos, Colombia, Brasil, Argentina, Chile y Canadá. Luego han llegado otras veinte naciones. Sánchez lo hará hoy. Si hace nueve días compareció el presidente de manera solemne a decir aquello del ultimátum, se espera que hoy vuelva a comparecer para anunciar, de manera aún más solemne, la ruptura de toda relación con Nicolás Maduro.

Hay que entender que Sánchez, por muy presidente que sea, no estaba este fin de semana para ocuparse de Venezuela. Su prioridad dominguera era ejercer de lo otro: comandante en jefe de su partido y jefe de campaña de su nuevo ahijado político (los colecciona el presidente), Pepu Hernández. El nuevo favorito. No de las encuestas pero sí de Sánchez.

Cuando llegó al gobierno, cabalgando la moción de censura, este presidente sorprendió al personal fichando para su gabinete a figuras muy conocidas de otros ámbitos: Grande Marlaska, Pedro Duque, Màxim Huerta. La formación de su primer gobierno fue el momento más dulce que ha tenido Sánchez. Su capacidad de seducción: echaba la red y reclutaba apóstoles. Ocho meses después, se esfuerza en creer (o hacer creer) que ahora puede ser lo mismo. Ha fichado a Pepu y, como le ha fichado él, tiene que ser mejor que todos los candidatos que hubo antes.

Nunca fue tan potente el tícket madrileño del PSOE, señora. Nunca los dos candidatos prefirieron no ser militantes del partido. Pepu, aunque se llame Pepu y se apellide Hernández, en realidad es Pepu Sánchez. El escogido, el apadrinado, la encarnación del líder en los madriles. Que lo sepan los veteranos del PSOE madrileño que andan urdiendo una revuelta. Ha dicho Pedro que tiene que ser Pepu y no se acoge de buen grado la disidencia.

La militancia está para ratificar lo que la dirección, en su infinita sabiduría, ha escogido ya por ella. Qué pronto se le ha olvidado a Sánchez lo que él y su gente decía cuando la gestora del PSOE hacía campaña por Susana Díaz, la neutralidad obligada, la lucha contra el aparato y todo aquello. Hoy el aparato es Pepu y a quien no le guste está invitado a marcharse.