Déjenme que les cuente una historia, que es muy corta, ya verán. Era el más alto de la clase. El más rubio. El más hablador. El más arrogante. Era el que se creía más gracioso. El que hacía las bromas. El que ponía los motes, crueles, por supuesto. Motes que le reían los integrantes de su séquito con la esperanza vana de librarse, así, ellos del escarnio. Se equivocaban. El mote, el desdén, la humillación que también le acababan riendo.
Era el chulo de la clase. El abusón en el recreo. El que ponía el balón y amenazaba con llevárselo. El que respondía a balonazos cuando alguien destacaba por encima de él y su apellido. Era el sobrao que presumía de tener bebiendo los vientos por él a todas las chicas.
El que chorreaba comentarios machistas sobre el aspecto físico de todas, las que le ponían y las otras, las marimachos, las bolleras, las mosquitas muertas. Era el matón que acosaba. El que las metía mano. El niño de papá que se creía más listo que nadie. Se creía con derecho a todo. Porque era el más echao p’alante, el que dictaba cada día las normas y se pasaba por el arco del triunfo las que ya había.
Hicieron una kedada treinta años después de dejar el colegio. A todos les había ido más o menos bien en sus carreras. A él, más. Él presidía el mayor conglomerado de poder del país. Fue el último en confirmar su asistencia. Al llegar les dijo: "Agradecedme que haya venido, soy un hombre ocupado". y También: "Menos mal que estoy yo, si no esto sería una convención de losers".
Hizo las bromas hirientes de costumbre. Se metió con cada uno de ellos, seres limitados e incapaces, y celebró que cada una de ellas siguiera enamorada de él -"voy a tener que pedir órdenes de alejamiento", dijo-. La chica que menos hablaba en el colegio, ahora mujer emancipada, fue la primera en soltarse.
"Eres un gañán", le dijo, "lo eras entonces y no vas a cambiar". "¿Cambiar?", respondió él, ¿con lo bien que me ha ido?" Se fueron sumando los demás. "Eres un arrogante". "Eres un zafio". "Un machista". "Un petulante". "Eres un abusón". "Un matón". "Eres un camorrista". "Un acosador". "Un peligro público".
Él encajó la letanía sin despeinarse, porque el poco pelo que le quedaba lo llevaba cardado y bañado en laca. La mujer que había hablado primero fue también quien pronunció las palabras últimas. "Lo que intentamos decirte", le soltó, "es que eres un imbécil". Él, entonces, cogió el balón (que, en efecto, era suyo) y se fue para casa a buscar un espejo de cuerpo entero, o sea, un público más receptivo a su lenguaje de patio de colegio, su mundo maniqueo y sus soflamas.
Kedada en Ankara
Donald Trump llega hoy a Ankara habiendo metido a medio mundo en una crisis de precios de la energía por su decisión de bombadear Teherán el último día de febrero sin más plan conocido que seguir bombardeando hasta que el régimen cayera y la oposición se hiciera con el poder en Irán. Por supuesto, no es eso lo que pasó.
El régimen, descabezado y todo, le aguantó el pulso, estranguló Ormuz y forzó al líder que se cree el más audaz y resuelto del mundo a transigir con un acuerdo de paz que, en esencia, dice que todo vuelva a estar como antes de los bombardeos pero con trescientos mil millones de dólares de inversión para reconstruir Irán y sin sanciones económicas que incomoden a los nuevos ayatolas dictatoriales, tan semejantes a los que había antes.
Donald Trump llega hoy a la cumbre anual de la OTAN habiendo acreditado su capacidad para actuar primero y planificar después, su talento para dilapidar miles de millones de dólares de los estadounidenses en una guerra tan caprichosa como inútil, su impericia como estratega militar, su adicción a la palabrería y las bravatas, su fervor patológico por el auto elogio y su sangrante frivolidad que lo convierte, en efecto, en un peligro público.
Trump llega hoy a la cumbre anual de la OTAN habiendo acreditado su capacidad para actuar primero y planificar después
Donald Trump llega hoy, en fin, a Turquía habiendo irritado a Enmanuel Macron, a la esposa de Macron; a Starmer (el británico) y el partido de Starmer; a Scholz, el ex primer ministro alemán, y a Merz, que es el primer ministro de ahora; a Donald Tusk (el polaco), a quien ya irritó cuando era presidente fijo de la Unión Europea; a Giorgia Meloni (la italiana), con la que no deja pasar ocasión de exhibir su machismo más zafio; y, naturalmente, a Pedro Sánchez, a quien Trump retrata como jeta y aprovechao que quiere que Estados Unidos proteja militarmente a España pero sin apoquinar lo que le toca en inversión en Defensa. Y eso que Sánchez lleva años aumentando el gasto en Defensa por la puerta de atrás, sin Presupuestos, por la vía del decreto y con la complicidad de la mansa Sumar de Yolanda Díaz.
Por irritar, Donald Trump ha conseguido irritar incluso a la UEFA, exhibiéndose como amigo de Infantino y capaz de reescribir las normas del fútbol aprovechando que tiene en casa un mundial. Quitando a Viktor Orban, por quien hizo campaña y a quien tumbaron las urnas, y quitando a Mark felpudo Rutte, el holandés que gestiona la OTAN como delegado de Trump en Bruselas, cabe concluir que el actual presidente de los Estados Unidos es el hombre más detestado, hoy, por los gobernantes europeos que, a su vez, forman parte de la OTAN. Y, a la vez, cabe prever que todos ellos fingirán hoy cordialidad y saludarán al abusón que viene de Washington con la cara de oveja de quien le disculpa porque es quien es y porque no conviene provocar más a la bestia.
El actual presidente de los Estados Unidos es el hombre más detestado, hoy, por los gobernantes europeos
En lenguaje diplomático, porque el pragmatismo gobierna las relaciones entre países, más aún cuando Pichi, el chulo que castiga, es quien más viruta afloja para que la OTAN siga siendo la OTAN. De modo que habrá toda la tensión que quiera Trump, y que busque Trump, y todo el bienquedismo que quieran exhibir los gobernantes europeos.
Incluido Sánchez, que cuando está en España predica contra Trump y los trumpistas sin mencionar su nombre y cuando le tiene delante se nos arruga y le ríe las gracias como se vio, momento bochorno, en Sharm el Sheij, Egipto, hace sólo ocho meses. No está previsto que nadie le diga a Trump abiertamente lo que todos (casi todos) piensan de él, de sus políticas, de su incapacidad para analizar problemas complejos y de la forma en que los trata. Pragmatismo, en la política de altos vuelos, significa a menudo dejarse humillar por el abusón del patio del colegio.
Pragmatismo, en la política de altos vuelos, significa a menudo dejarse humillar por el abusón del patio del colegio
La opinión sobre los jueces
José Félix Tezanos, delegado de Sánchez para el uso y abuso del CIS, no se ha animado aún a preguntar a los españoles qué piensan de él, o sea, de la forma en que actúa el CIS. Sí ha preguntado por lo que él llama el sistema judicial, para saber si a los encuestados les parece que en las causas que afectan a partidos políticos los jueces son imparciales.
Y la respuesta abrumadora es que no. Tan abrumadora como que la justicia no te trata igual si eres político que si eres ciudadano corriente -adivina a quién creen los ciudadanos que se trata mejor-. La coincidencia de esta pregunta CIS con las dos encuestas sobre el mismo asunto que publicaron ayer El País y La Vanguardia -los jueces son vistos por la mayoría como parciales- llevó al ministro López, especialista en emitir sentencias saltándose la presunción de inocencia y lo que haga falta, a recomendar autocrítica a los jueces.
Razón tiene el ministro en que algunos jueces deberían darle una vuelta a la impresión que causan con sus decisiones. Singularmente uno, Peinado, que le retiró el pasaporte a Begoña Gómez y ahora que tenía que decidir si se lo devolvía un rato para ir a Turquía se ha ido de vacaciones.
El suplente ha dictaminado que a Turquía no puede ir no vaya a ser que se fugue, aprovechando la cumbre de la OTAN y Erdogan no nos la devuelva. A Londres, sin embargo, sí le permiten ir porque si se fuga navegando por el Támesis, por ejemplo, seguro que los jueces de allí le echan el guante y nos la mandan.
Ahora, el ministro López podía aplicarse el cuento él. Porque el gobierno central al que pertenece merece bastante menos confianza a los españoles encuestados que los jueces. Esto también lo dice el CIS y es interesante: que así como los tribunales obtienen de nota media un 4,7 sobre diez, el gobierno saca un 3,8.
Que así como los gobiernos autonómicos, casi todos del PP, obtienen un 4,7 de media, el gobierno central no llega al cuatro. Y que así como los medios de comunicación son puntuados con un 4,3, los partidos políticos (el del ministro, por ejemplo), no pasa de un 2,9. Los partidos políticos y el gobierno central son las instituciones que menos confianza merecen a los españoles. Dice el ministro que los jueces se lo tienen que hacer mirar. Consejos vendo que para mí no tengo.

